Dulce Madre mía, como tú lo ves, canto de alegría postrado a tus pies.
Por eso te pido, Madrecita de mi amor, no eches al olvido a este corazón.
Alabanza de tradición conchera
En estos tiempos se experimenta una sociedad que es bombardeada con información acerca del cuidado del medio ambiente y con imágenes que generan emociones de consumismo. Pienso que en muchas ocasiones sirvo de receptáculo y campo de batalla para que todas estas ideas que revolotean por el aire se debatan. A pesar de esto, consigo reflexionar sobre el cuidado de nuestra Tierra.
He comprado incontables productos de limpieza, higiene personal o alimentos cuyos empaques terminaron en la basura. Sin embargo, estos últimos meses me desconcierto cada vez que pienso en la cantidad exacerbada de objetos que en un futuro terminarán desechados. Por ahora, mis prácticas del cuidado de la Tierra son mínimas y no generan un gran impacto, pero con estas meditaciones reflexiono a propósito de mis pensamientos. Por esto mismo, me cuestiono: ¿qué representa para mí la Tierra como símbolo?, y ¿por qué la consciencia me exige conferirle mi atención y cuidado?
Esta noción no solo obedece a las ciencias físicas que estudian los ecosistemas. Es la Madre Tierra. Y mi instinto de cuidarla nace del nexo sagrado que trasciende el nivel de la conformación material. Este vínculo surge en el diálogo interno, donde dirijo mis palabras pensadas a aquella Divina Madre que habita mi mente, y que evoca como referente a la materia. Con esto, discurro que a la humanidad le conviene intuir que el pensamiento mítico todavía es necesario. Acredito, además, que esta prosopopeya de la Tierra nos permite sostener un diálogo con dicho concepto o energía. Así pues, en este texto, comparto un enfoque sensible y místico, con prácticas devocionales y comunitarias que nos ayudarán a cuidar de manera instintiva a la Tierra.
La prosopopeya es una virtud que le concede cualidades humanas a aquellos fenómenos, objetos o ideas que no las tienen en un nivel de lenguaje referencial —animar lo inanimado–. Yo, más bien, sospecho que la prosopopeya es el resultado de la vulnerabilidad y sensibilidad del ser humano (sin embargo, creo que esta idea merece su propio espacio de reflexión). Umberto Eco percibía al “lenguaje como voz del ser”. Por eso cuando él señaló que “[…] el lenguaje metafórico (y por lo tanto poético) es el único instrumento de conocimiento auténtico y de comunicación substancial […]” valido mi necesidad de utilizar esta figura. La prosopopeya me concede dialogar con la Madre Tierra, como ser dotado de escucha, además de la misma fuerza suprema que de ella se desprende.
Como en toda tradición, este tipo de metáfora es heredada, y se integra a la percepción de la época; el símbolo se nutre por el contacto con la diversidad cultural, mediante el paso del tiempo. Por supuesto que mi enfoque va dirigido a la romantización de la figura de la Tierra como una Madre, cuya imagen conceptual se propaga desde las tradiciones y se presta a la globalización, con el objeto de formar parte de un sistema de pensamiento espiritual. Un ejemplo podría ser la Pachamama, que es un nombre que trasciende los límites regionales de la herencia andina. Sin embargo, prefiero llamarla Tonantzin Talli Coatlicue, por el cariño que le tengo a estos fonemas del náhuatl.
Asimismo, escudriño dentro de la misma tradición mexica. En algunos códices que hacen referencia a ciertos “señores o señoras” (seres mitológicos) de la Tierra, encuentro que estos tienen la encomienda de devorar y transmutar las inmundicias; como los casos de Mictlantecuhtli y Tlazoltéotl. Esa misma tarea que tiene la Tierra con ciertos residuos, enfermedades y desechos orgánicos, es lo que a estos seres se les ha encargado. No solamente se trata de una Tierra que nos nutre y nos da casa, sino de una que transforma la putrefacción en potenciador para la vida.
Debido al hábito de dialogar con la Tierra, entender lo anterior me inspira a agradecer por los beneficios múltiples que tiene este elemento de la naturaleza para nosotros los seres vivos. Y aunque los desechos inorgánicos también pueden ser transmutados, el esfuerzo es mayor. Creo que una de las tareas es entender que no se trata solamente de ayudarla, sino de ejercer nuestro poder minúsculo que es el de no entorpecer los procesos de esta energía generadora y transformadora.

No quiero dejar de recalcar la característica mutable de las tradiciones y los símbolos míticos que las construyen. Por ejemplo, en la actualidad el folclore mexica y sus rituales tienen la influencia de movimientos espirituales como la New Age, el catolicismo popular y otras filosofías ancestrales. Las prácticas dentro de los rituales se han vuelto metafóricas. Tal vez el miedo que imponían antes las fuerzas de la naturaleza era motivo de grandes ofrendas. Hoy esclarezco, gracias a la ciencia, que la misma expresión de la Tierra es autónoma en cuanto a su manifestación. En otros tiempos estos seres simbólicos se percibían como algo externo al mismo ser humano; hoy, las tradiciones nos proponen visualizar a estos seres como esencias que habitan “entre la mente y la materia” (Alonso del Río).
Después de esto, dirijo mi atención a la recapitulación de mis prácticas como rezador, en las que intenciono mi diálogo para que sea escuchado por esta figura. Examino mis pensamientos y las memorias buscan la luz de mi atención. Entonces, recuerdo aquellas ideas que se comparten y practican en comunidad como “danzar es acariciar la Tierra”, “el temazcal es el vientre de la Madre”, “trabajar la Tierra es hablar con la Madre Tierra”. Tan sencillo como cocinar Maíz o tostar semillas de Cacao y pelarlas mientras sentados en contacto con ella conversamos acerca de su naturaleza, propiedades y bendiciones. O el simplísimo acto de regar las plantas, podarlas y platicar con ellas.
Transité en esta y otras vidas el escepticismo. Aquel me hizo pensar que no tenía sentido rezar o, tan bien dicho, dialogar con seres incognoscibles. En veces llegué a opinar que era ilógico comprobar su existencia. Sin embargo, el misticismo es más complejo, ya que sus símbolos emergen de espacios inalcanzables para la razón. Un día me vi sumergido en ideales escépticos y al otro sensibilizado por la poesía mística de las tradiciones.
En la infancia es más sencillo acordar con este tipo de pensamientos para percibir una realidad más valiosa. Pero, en la adultez, la mente solicita argumentos lógico-racionales. Este principio es válido para entender los fenómenos de la materia y sus funcionamientos. Aunque esto es de mucho provecho, se siente la ausencia del desarrollo ético y moral. Acceder a estas prosopopeyas permite apreciar los fenómenos naturales desde lo poético, estético y ético.
Ignoro si este diálogo pudiera generar una respuesta verbal en el mundo interior o exterior del emisor de los pensamientos. Pero, de ahí puede surgir, como dicen los budistas, una mente virtuosa de respeto, cuidado, atención y responsabilidad para con la Madre. Por otra parte, la Tierra se rige por las necesidades de su misma naturaleza. Esta idea, tal vez, nos capacite a entender la importancia de que ella siga su desarrollo natural. ¿No seremos nosotros los humanos, dentro de la biodiversidad, beneficiados si la Madre Tierra se encuentra sana?
Por otro lado, reconozco que rezar no es la cura para una Tierra enferma de contaminación. Las acciones sí. Todas estas notas apuntan la flecha sin más pretensiones que a reflexionar. Tú que me acompañas a destiempo, utiliza esta lluvia de ideas para dialogar con los pensamientos que te habitan. Podría argumentar de muchas maneras la forma en que los escépticos lograríamos generar esa relación mística y religada con la Madre Tierra, pero solamente llegaría a la conclusión de que no hay ciencia cierta que nos asegure un vínculo con aquel símbolo.
De esta forma, Madrecita Tierra, te pido que no eches al olvido a este corazón, para que siempre sostenga mi vínculo contigo y respete tu venerable ser. Y de ser así, la humanidad y su descendencia pueda seguir nutriéndose de tu sagrada vida.