Hubo un tiempo

Hubo un tiempo en que el poder en México no se elegía: se administraba.

En la Unión Soviética le llamaban nomenklatura. En México no hizo falta traducirlo. Aquí se volvió otra cosa: una red invisible que decidía quién subía, quién se quedaba… y quién desaparecía del mapa político.

No era democracia. Tampoco dictadura en el sentido clásico. Era algo más sofisticado: un sistema donde el acceso al poder dependía menos del voto y más de pertenecer al círculo correcto.

 

El PRI perfeccionó ese modelo.

No con ideología, sino con práctica. Con territorio. Con tiempo. Aquí no importaba lo que sabías, sino a quién movías. Cuánta gente podías convocar. Cuántos favores debías… y cuántos te debían.

 

La política era cuerpo, no discurso.

“Suela, sudor y saliva”. Así se construía poder en los márgenes, en los ejidos, en las colonias donde el Estado no existía… pero el partido sí. Ahí nacían los operadores reales. No en universidades, sino en campañas que olían a polvo, a calor, a desgaste.

Y si algo mantenía vivo ese sistema era una regla no escrita: disciplina.

La segunda: silencio.

No había contratos, pero había consecuencias. Traicionar no significaba perder una elección. Significaba dejar de existir políticamente. Nadie te expulsaba. Simplemente dejabas de ser relevante.

Así funcionaba.

Durante décadas.

Con personajes que entendían el juego mejor que nadie. Fidel Velázquez no necesitaba gritar para controlar. Administraba el conflicto obrero como quien regula una válvula de presión. Su frase —“El que se mueve no sale en la foto”— era más que un consejo: era una amenaza elegante.

Carlos Hank González jugaba en otra liga. Poder político y poder económico mezclados sin culpa. “Un político pobre es un pobre político”, decía. Y no lo decía como crítica. Lo decía como manual.

Fernando Gutiérrez Barrios operaba en la sombra. Sabía que el poder real no siempre se ve. Información era control. Control era estabilidad.

Todo estaba calculado.

Hasta que dejó de estarlo.

En los ochenta, algo empezó a romperse. No desde fuera, sino desde dentro. Llegaron los tecnócratas. Gente formada en Harvard, Yale, el MIT. Gente que hablaba de mercados, de eficiencia, de globalización.

Gente que no sabía leer una asamblea ejidal.

Ahí empezó el choque.

De un lado, la vieja guardia: operadores que entendían el poder como negociación constante. Del otro, los nuevos: convencidos de que el país debía funcionar como un sistema optimizado, no como una red de favores.

Uno sabía cómo ganar elecciones.

El otro sabía cómo cuadrar cifras.

Y ninguno entendía completamente al otro.

Para los de antes, los tecnócratas eran fríos, desconectados, peligrosamente ingenuos. Para los nuevos, la nomenklatura era un lastre: un sistema diseñado para perpetuarse, no para cambiar.

Tenían razón los dos.

Y por eso no podían convivir.

El sistema empezó a tensarse. A cerrarse. A defenderse. En 1996, el PRI levantó “candados”: filtros internos para evitar que cualquiera llegara a la candidatura presidencial sin haber pasado por el ritual completo del poder.

No era modernización.

Era supervivencia.

Pero mientras el sistema se blindaba, el país ya iba en otra dirección.

Y entonces pasó lo que no debía pasar.

El 23 de marzo de 1994, Luis Donaldo Colosio fue asesinado. Un candidato que, días antes, había insinuado que el sistema necesitaba abrirse. No romperse, pero sí cambiar.

No alcanzó.

Su muerte no solo fue un crimen. Fue un mensaje: hay límites.

Seis años después, el PRI perdió la presidencia.

Setenta años de control político no se cayeron en una elección. Se desgastaron desde adentro. Se oxidaron. Se volvieron rígidos en un país que ya no lo era.

La nomenklatura había sido brillante para sostener el poder.

Pero inútil para soltarlo.

Y ahí está la lección incómoda:

En México, el problema nunca fue la falta de inteligencia política.

Fue el exceso de control.

Porque cuando un sistema se vuelve demasiado bueno para sobrevivir… también se vuelve incapaz de cambiar.

Y en política, eso siempre se paga.

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