Qwerin, un hechizo libertario por Joan Carel

Fotografía: Gabriel Morales (cortesía FIC)
Fotografía: Gabriel Morales (cortesía FIC)

Cuatro de la tarde de un jueves en Plaza Allende. Al día lo acompaña un cielo despejado, mas con el indicio de que algo emocionante está por venir, pues un grupo de personas espera alineado en el perímetro, mientras otras corren para llegar y unas pocas más se acercan, intrigadas, por la concurrencia.

Avanzan los minutos; aún todo tranquilo. La gente comienza a relajarse, conversar o, simplemente, ver pasar el tiempo que, de pronto, trae a cinco personajes vestidos con collages de telas estampadas, a manera de faldas, corsets y camisolas, cada uno a su estilo, y sombreros negros enormes que les cubren el rostro, con excepción de dos muy circulares orificios donde habitan unos profundos ojos azules.

Se deslizan sutilmente entre la audiencia y los transeúntes que, de a poco, comienzan a notarlos, detienen su andar para verlos. Sin música, más que miradas expectantes, inicia la danza: giros con los brazos en escuadra generan la sensación de un flotar elegante y ligero.

El pulso de un beat emerge de unas bocinas al fondo y la energía de los juegos físicos recuerda las tiernas peripecias brujeriles en la animación británica. Se quitan los conos de la cabeza para descubrir rostros curiosos, tanto alegres como recelosos, mientras comparten su icónica prenda probándola en otros cráneos.

La franja de maquillaje negro a la altura de sus sienes es también un rasgo distinto, junto con una cofia blanca que cubre sus cabelleras. El performance se concentra en el gesto facial. Labios, cejas, nariz… las muecas y las miradas dicen tantas cosas simultáneas. Quien contempla, busca descifrar el mensaje: quiénes son, qué sienten, cuáles son sus intenciones en esa empresa que incita a la confianza; entonces se descubren cómplices de un diálogo nuevo.

Al centro de la explanada, los cinco seres lanzan su hechizo: una coreografía de danza urbana al ritmo de una banda sonora con referencia a la música tradicional galesa. En ese encantamiento, las faldas circulares se elevan con cada giro, hipnótico no por la forma ni el movimiento, sino por la libertad que emana de ellas, así como los polvos mágicos que parecen ser lanzados en el gesto de sus manos y provenir, invisibles, del interior de los sombreros. 

Fotografía: Gabriel Morales (cortesía FIC)

Diez minutos de ritual fueron suficientes para, cual flautista de cuento de hadas, atraer y convertir en danzantes a esos espectadores, incluso sin música. Tras sus pasos, la comitiva aumenta en número al arrancar el pasacalles, el cual se apropia de cada banca, marco de puerta, barda, puente, árbol y plazuela, mismos que fungen como spots para postales ultra glam y dramáticas.

Calle del Campanero, Plaza del Ropero, Sopeña. Gente de todas las ocupaciones y edades se suma al Qwerin (fusión de los vocablos queer y gwerin, términos referentes a la diversidad sexogenérica y al pueblo en la tradición folclórica británica respectivamente), pues la alegría impera con un espíritu de ligereza tan irresistible que se apodera de la mente y el cuerpo.

La danza sigue con la guía de aquellos seres de sonrisas afables, quienes, a través del cortés gesto de sus manos, interactúan con la ciudadanía hasta llegar a la escalinata del Teatro Juárez, donde la coreografía se desarrolla plenamente acompañada por las onomatopeyas propias del arte drag mientras desatan su cabello como expresión identitaria. 

Con una clase de la danza tradicional galesa y una invitación a la improvisación propia, la calle es intervenida y transformada con magia pura en tan solo 30 minutos. Cual fiesta en una campiña renacentista, a cada minuto, más y más personas se suman al redondel y añaden sus palmas al encuentro.

Aun siendo tan breve, este espectáculo, creado en 2021 por el bailarín y coreógrafo Osian Meilir, logra avivar el sentido de comunidad con un vigor y una naturalidad fascinantes. Sus cuatro funciones en el 54º Festival Internacional Cervantino, son también una de las reminiscencias del invitado de honor en la edición pasada, Reino Unido, donde una muestra de su tradición y la realidad del presente hicieron tanta falta.

Quizá sin saberlo, esta propuesta concentra las cualidades originales de la “Fiesta del espíritu”, donde bastaba con asomarse a la ventana para descubrir otros mundos y experimentar nuevas perspectivas, donde la calle era espacio de unión y activismo.

Al menos por media hora, la vida de esta ciudad cervantina se detuvo gustosamente para contemplar, ser feliz, ser libre y bailar sin el juicio y la pesadez que tanto nos separan.

Fotografía: Gabriel Morales (cortesía FIC)

Qwerin
Osian Meilir
8 y 9 de octubre de 2026
Plaza Allende – Teatro Juárez (pasacalles)

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