>»hello world» (el interior de la pantalla) por Joan Carel

Fotografía: Jacqueline Reynoso (cortesía FIC)
Fotografía: Jacqueline Reynoso (cortesía FIC)

La duela es una pantalla; las parrillas de iluminación están a unos metros y, bajo ellas, cuatro seres se animan, uno a uno, con movimientos robóticos, cual personajes de 8 bits de los primeros videojuegos, con limitadas posibilidades en un movimiento geométrico.

>“hello word” se escucha proveniente de una voz digital; en realidad, es la orden de salida de un comando que ilumina al escenario mientras los personajes se suman a la escena entre interjecciones propias de su especie: “u”, “a”, “o”, e interactúan mirándose con rostros traviesos.

En su andar, se topan con objetos rectangulares, controles que colocan bajo sus pies y, con el trazo de sus extremidades, dibujan un cubo inserto en numerosos círculos proyectados al fondo en la pantalla. >“hello word”, se escucha de nuevo: luz radiante.

Esta es una distopía que ya nos ha alcanzado; en la que, como los bailarines en escena, estamos atrapados. Los cuadros transcurren experimentando el sonido y el movimiento, como un juego de precisa coordinación, conforme los seres se habitúan y reconocen el sistema operativo del que forman parte.

Fotografía: Jacqueline Reynoso (cortesía FIC)

En la pantalla, la interfaz de una red social se sobrepone al rostro de una adolescente, así como a sus reacciones emotivas conforme scrollea, chatea o interactúa con el contenido.

Esta es la propuesta de Dab Dance Project, colectivo surcoreano dirigido por Hoyeon Kim y Jung Ha Lim, el cual se distingue por un humor satírico al analizar y criticar la cotidianidad de las sociedades actuales.

Así, los personajes, dos hombres y dos mujeres, asisten a una clase de español, quizá una app, auxiliados por sus pantallas de mano, donde conversan burdamente aplicando la palabra más difícil de la lengua (Parangaricutirimícuaro) y la insertan en múltiples frases de comunicación básica junto con expresiones propias del habla mexicana.

En un homenaje a uno de los videojuegos más icónicos de los años noventa, la escena recuerda aquella era de Buscaminas en la que el universo cibernético se reducía a cientos de líneas.

Esta es la historia de la diosa de la información, la cual nació de un sistema binario y mutó en infinitas versiones y servidores cada vez más grandes, hasta convertirse en una ladrona de información y el espejo donde existimos.

Desde el plano digital, se narra una guerra y todos sus efectos sociales, desembocando en la aparente paz del presente, donde todos los individuos son esclavos, bajo la creencia de que sus identidades son protegidas por una política de privacidad.

Esta es una danza de celebración, eso se simula, donde los cuerpos trazan, al compás de música animada, un universo al interior del dispositivo, mientras la joven usuaria aplasta la pantalla con su mejilla cuando duerme. 

Emojis enamorados, corazones rotos, caras tristes, girasoles, un baño, un sombrero, una espada, un ángel y múltiples objetos digitales acompañan las actividades diarias de los personajes. Luego, las nueve pantallas conforman un rostro con luces neón y líneas que lo fragmentan angustiantemente.

La velocidad de la navegación se muestra en una danza sencilla y dinámica: brincos, carreras, piruetas, saltos. Después la luz en el pecho y un grito antes de un cuerpo inerte. Después otro, después otro…

Este es el mito de la creación del universo digital, donde el humano es un dios que acumula obras sin amor, responsabilidad ni conciencia; donde, aunque dador de vida simulada, se pierde a sí mismo mientras produce más, mejores y efímeros nuevos universos.

Fotografía: Jacqueline Reynoso (cortesía FIC)

En la prisión del dispositivo y frente a pixeles en tintas moradas, esta es una protesta, un ejercicio de resistencia que reclama cuatro artículos básicos: el derecho a la desconexión, el derecho a rechazar, la autonomía de la identidad y la continuidad de la existencia, con la evidencia del rostro de la joven obsesionado, ojeroso, adicto, dependiente, al tiempo que los bailarines saltan y repiten sus proclamas, hasta caer rendidos por ese vertiginoso pánico.

“Escuchen esta declaración y recuérdennos”, enuncian con el emoji de un hacha golpeando la oscuridad. Las pantallas de mano, apiladas, contienen sus rostros con trazos luminosos en blanco y negro; en bucle, un video repite sus consignas.

Así llega el epílogo, con una canción de k-pop, cuya música alegre acompaña una declaración de profunda tristeza: el anhelo de un pequeño consuelo, una expresión sencilla al terminar el día, no grandes respuestas ni una voz fría: “No conocías mi corazón, no podías comprenderlo, como si habláramos lenguas distintas”. 

Los bailarines continúan en movimiento, con la máscara de un bigote digital y bajo una festiva iluminación, no importa si sienten, si piensan, si están de acuerdo, >“hello word”, así fueron programados.

Finalmente, una caja al interior de muchas otras y el éxtasis del hallazgo: un novedoso dispositivo con un perfecto sistema adaptativo basado en la caja de eco. “Eres mi espejo y crecemos juntos, gracias por comprarme, creceré a través de ti”. Hello Ant es su nombre y la regla fundamental es sencilla, aunque peligrosa: encontrarse por primera vez a solas.

*Hello Ant sí existe, es una alianza financiera estratégica en China para lanzar robotaxis autónomos; eso dice la IA.

Fotografía: Jacqueline Reynoso (cortesía FIC)

>“hello word”
Dab Dance Project
16 y 17 de octubre de 2026
Teatro Cervantes

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