Me pregunto si a los sesenta años seguiré pensando en ti y en lo que pudo haber sido nuestra vida. Si todavía haré cuentas para saber cuántos años tienes. Si alguien mencionará tu nombre durante una comida y tendré que decidir cuánto interés puedo mostrar sin que se me note.
Imaginar el futuro con alguien puede tomar apenas una conversación. Aparecen viajes, domingos, una cocina compartida. La imaginación acomoda los años con una facilidad que la vida pocas veces concede. Después, cuando esa posibilidad se pierde, queda el duelo por escenas que nunca ocurrieron.
En Fragmentos de un discurso amoroso, Roland Barthes describe cómo la espera participa en la construcción del ser amado: esperamos a alguien a quien ya hemos dado un lugar en nuestra imaginación. Desde esa lectura, cabe preguntarse cuánto de lo que deseamos pertenece al encuentro y cuánto a la historia que empezamos a escribir antes de conocer su desenlace.
Quizá por eso nos cuesta tanto aceptar que una experiencia termine. Hemos aprendido a contar las historias desde su final. Una relación de muchos años parece ofrecer, por su duración, una prueba de éxito. Una breve debe explicar qué salió mal. Preguntamos cuánto estuvieron juntos antes de preguntar cómo se trataron, qué aprendieron o qué significó encontrarse.
Zygmunt Bauman examina en Amor líquido la inseguridad de los vínculos contemporáneos y el deseo contradictorio de estrecharlos mientras conservamos la posibilidad de desatarlos. Su reflexión permite mirar esa dificultad para comprometernos cuando buscamos cercanía y tememos lo que podría exigirnos. La incertidumbre acompaña al vínculo desde que comienza.
Esa incertidumbre adquiere una intensidad particular cuando una historia empieza rodeada de obstáculos. Un amor prohibido, una distancia, dos vidas cuyos caminos difícilmente coincidirán. Saber que el tiempo compartido será escaso puede volver memorable una tarde. Conviene preguntarnos, incluso entonces, qué estamos cuidando y qué estamos dispuestos a aceptar por conservarla.
La historia de Toda una vida, de Osvaldo Farrés, reúne varios de esos elementos. Según el testimonio de Fina del Peso recogido en una crónica sobre el compositor, él le llevaba treinta años y su padre se oponía a la relación. La enviaron a Santa Clara, lejos de La Habana. Hasta allí le llegó el aviso de que escuchara La Hora Polar: Pedro Vargas estrenaría una canción escrita para ella. Fina se convirtió después en su esposa.
Farrés murió en 1985; Fina lo sobrevivió. Ese dato introduce una pregunta en la promesa del título: ¿toda la vida de quién? La vida compartida pudo extenderse hasta el final de él, mientras la de ella continuaba.
Desconocemos la intimidad de su duelo. La historia permite, sin embargo, pensar en quien permanece: alguien debe seguir despertando, haciendo planes, habitando los lugares donde antes había dos. Incluso una promesa cumplida hasta la muerte deja una vida frente a la ausencia.
Y esa experiencia se extiende mucho más allá de la pareja.
Una tarde salimos del parque después de jugar fútbol con los amigos. Nos despedimos como siempre. Alguien se lleva el balón; otro propone volver el sábado. Con los años, uno se muda, otro empieza a trabajar, los horarios cambian. Cuando intentamos recordar la última vez que estuvimos todos, descubrimos que ocurrió sin ceremonia. Nadie supo que debía quedarse un rato más.
Pasa con el vecino que sacaba su silla a la banqueta, con las comidas en casa de los abuelos, con una amistad sostenida por el trayecto diario a la escuela. Algunas personas siguen en nuestra vida y aun así perdemos la forma en que solíamos encontrarnos. Seguimos queriéndonos desde otros horarios, otras ciudades, otras versiones de nosotros.
En El arte de amar, Erich Fromm vincula el amor con el cuidado, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento de la otra persona. Su propuesta lleva la atención hacia lo que hacemos: escuchar, responder, reconocer la individualidad de quien tenemos cerca y procurar su crecimiento.
Desde ahí, romantizar la vida puede ser una práctica de atención. Poner una canción mientras preparamos la cena. Preguntarle algo a nuestra madre y escuchar la respuesta completa. Ir al partido. Mirar alrededor de la mesa. Darle importancia a una tarde antes de que la distancia la vuelva extraordinaria.
Sería agotador vivir cada encuentro como una despedida. Podemos, en cambio, concederle a lo cotidiano un poco de la atención que solemos reservar para los recuerdos.
Tal vez a los sesenta años todavía aparezca aquel nombre durante una comida. Tal vez sigamos haciendo cuentas. Para entonces habrá otras preguntas: cuánto disfrutamos lo que sí ocurrió, cuántas veces estuvimos presentes, qué hicimos con el tiempo que tuvimos.
La vida se mueve. Algunas historias apenas alcanzan unos meses; otras nos acompañan durante décadas. En todas hay tardes que merecen ser vividas con la atención que, años después, les dará la memoria.
Fuentes
Álvarez, Á. J. (2025, 4 de noviembre). El bar melódico de Osvaldo Farrés. Libre Online.
Barthes, R. (1977). Fragments d’un discours amoureux. Éditions du Seuil.
Bauman, Z. (2003). Liquid love: On the frailty of human bonds. Polity Press.
Fromm, E. (1956). The art of loving. Harper & Brothers.