G. P. -Parte Dos- por P. R.

PARTE 2

Avanzó la noche y comenzaron a llegar más personas a la casa que, a pesar de ya ser pequeña, parecía encogerse más y más. Intercambiamos miradas y sonrisas pero no nos atrevimos a hablarnos hasta que llegó el momento de irme. Mis compañeros estaban cansados y tenían que viajar al siguiente día, y yo volvería a mi rutina diaria. Aún no sé si fue casualidad encontrármelo en el cuarto donde guardé mis cosas; estaba solo, buscando tranquilamente algo en su mochila cuando me vio entrar, me preguntó si era de esta ciudad y al responderle fríamente sobre mi larga estancia me observó por unos momentos y comenzó a reírse, diciendo que no entendía cómo podía actuar tan apática ante una ciudad tan hermosa. Pude ver en sus ojos un auténtico amor por Guanajuato, a pesar de que era la segunda vez que venía, pero no le di mucha importancia. Conversamos por un instante y al percatarme de que los demás me estaban buscando me despedí con la promesa de encontrarnos nuevamente, escribí mi número en su celular como me lo pidió y me acerqué a darle un beso en la mejilla. Pudo ser otra cuestión de la casualidad, pero nuestros movimientos se coordinaron y el beso que planeaba plantar en su mejilla terminó sellando sus labios con los míos. Reí nerviosamente, pero no me disculpé, lo abracé y salí del lugar sin voltear atrás.

Caminé con mis amigos por las calles que ya conocía de memoria. Cuando llegamos a las escalinatas de la universidad recibí un mensaje, era un número desconocido pero al leerlo supe exactamente de quien se trataba. Tecleé una respuesta, le informé a mis acompañantes que iba a esperar a alguien ahí y que los alcanzaba más tarde en casa. Parecieron sorprendidos pero accedieron y continuaron su camino. Pasaron un par de minutos hasta que finalmente lo vi llegar, tenía esa sonrisa tan cálida y segura con la que iba a soñar cada noche a partir de ese momento y en las manos, una chamarra negra que me pareció conocida. Se sentó a mi lado y me la dio diciendo que no sabía cómo podía andar tan tranquila en una noche así de fría. Lo miré y pude sentir esa brisa nocturna nuevamente, aquella a la que ya me había acostumbrado desde hace años. Caminamos sin rumbo durante varias horas, observándolo sorprendida cuando con emoción señalaba una estructura vieja, una fuente o las luces de la ciudad que se podían ver desde el callejón que sin darnos cuenta nos conducía a mi casa. Me dejó en la puerta y aseguró que sabía el camino de regreso, besó mi frente y me envolvió en un largo abrazo, con una voz suave prometió que volvería pronto y lo vi alejarse por el callejón iluminado. Esa noche no me fue fácil dormir, pues aún mirando fijamente el techo podía ver sus ojos, y en ellos, el reflejo de una ciudad que yo estaba segura de conocer a la perfección.

A la mañana siguiente desperté con la misma indiferencia y cansancio de siempre, me arreglé y al salir de casa sentí el viento frío en mi cara y por primera vez en tantos años lo disfruté. El camino a la escuela me pareció completamente nuevo, la pequeña e improvisada casa debajo del puente, los edificios, las casonas y las plazas tenían un nuevo encanto, al pasar las escalinatas no pude evitar verlas detenidamente y sonreír.

Esa mañana supe que tal vez no había abierto los ojos ante una ciudad que siempre había sido hermosa, si no que la veía de manera distinta, porque ahora en cada rincón, callejón y fachada vieja estaba él.

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