Insectos por Gabriela Cano

Hace unos días me pico un insecto en el pie. Imagino que puede ser una araña de esas que peligrosamente se azotan en la ventana de la habitación donde duermo. No he querido hacer escándalo y, sin embargo, estoy escribiendo al respecto porque una protuberancia se ha alojado a lo largo de mi tobillo produciendo  una coloración roja y una comezón difícil de olvidar. Siempre me he sentido inferior a los insectos. El día que las hormigas invadieron el patio sentí el despejo de ese pequeño territorio pero fui incapaz de iniciar una batalla por él. Al contrario, me puse a mirar el paso obsesivo con el que los animalitos sacaban tierra del pavimento para construir su nueva morada. Tres montecitos  de arena como de quince centímetros cada uno aparecieron de la nada en la entrada de la casa. Creo que sus comportamientos reflejan nuestra falta de voluntad: hacen caminos en las paredes aún en contra de la gravedad o aún en lo imposible que resultan sus trayectos. Las películas donde invaden los hogares en olas de patas hacen de sus cualidades el terror de nuestras cabezas. Me gustaría saber si, ante sus ojos, somos débiles criaturas. Si se burlan cada vez que nos oyen gritar con sus inesperadas apariciones o si saben que nos han enseñado que existe una gran divergencia entre lo que percibimos que somos y la imagen que los demás tienen de nosotros.

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