Cuando vemos una película del género terror es inevitable no percibir el escalofrío que recorre la espalda, sentir la piel de gallina y, en algunos casos, creer que hay una mirada detrás de nosotros que nos vigila. Esa mirada imaginaria espera a que nos levantemos para apagar el televisor e irnos a la cama, buscando el momento apropiado para atacar. Lastimar. Claro que todo esto ocurre cuando nos encontramos en el momento y escenario correcto: de noche (posiblemente lloviendo o durante una tranquilidad espantosa), luces apagadas, solos y una habitación con al menos dos entradas.
No obstante, los monstruos que imaginamos y vemos, esos que tienen los colmillos desproporcionados, de gran altura, peludos, poseedores de un ojo, altos o bajos; los entes y fantasmas que arrastran cadenas, de bocas grandes donde escurre saliva verde, ojos negros o risas chillonas no son reales, ni siquiera les tememos a esas apariencias tenebrosas u horribles. Lo que nos causa la sensación de miedo y terror es lo que esas criaturas puedan hacerle a nuestra persona. Tememos por nuestra vida. Es cuando el instinto de supervivencia se activa, aquel botón rojo que dice “corre, sálvate, escóndete”. Huimos como cualquier animal que le teme a la muerte, o peor, al sufrimiento.
Pero bueno, me preguntarás “¿Por qué dices que la apariencia es la que menos importa?” bueno, entonces yo te preguntaré ¿Recuerdas a Scooby- Doo? Sí, esa caricatura de tu infancia donde al final, después de pasar sustos y risas (porque la serie estaba hecha para divertir también), se descubre quien está bajo la máscara son las personas que, en muchas ocasiones, son los que le dan la mano al grupo. Esos son los verdaderos monstruos, las personas que vemos día a día o les damos la mano, las que saludan con una sonrisa y un abrazo. El miedo no es a la apariencia de las extrañas (y hasta exóticas) criaturas, es a la característica humana que se les da.
Guillermo del Toro, director mexicano y amante de estos monstruos, lo planta en sus películas El laberinto del fauno (2006) y La forma del agua (2017). Las criaturas que salen en ambas películas son caracterizadas por tener una apariencia horrible y extraña, sin embargo, los que cometen actos inhumanos (asesinar, sobretodo) son las personas. En el caso de El laberinto del fauno, Vidal, el general y padrastro de Ofelia, se presenta como un personaje despreciable de corazón frío, sin empatía (ni siquiera por el mismo) cuyo único objetivo es que su hijo lo recuerde como un hombre valiente. En cambio, el fauno es una criatura con patas de cabra, cuernos, ojos negros y grandes que vive en la oscuridad. A diferencia de Vidal, el fauno logra hacer que el espectador tenga empatía hacia él debido a al sentimiento de melancolía que tiene para regresar a su hogar, pero regresar en compañía de la princesa, Ofelia.
Dejando de lado estos ejemplos, me gustaría mencionar uno más que una vez encontré en Facebook sobre un hombre lobo que buscaba un procedimiento que le quitara su enfermedad de convertirse en “una criatura grotesca, violenta e inconsciente” hasta que encuentra a un grupo de doctores que hicieron realidad su sueño. En final del micro relato es lo que más impacta:
Al despertar del procedimiento, se sintió
satisfecho con el resultado, así que se fue
a vivir tranquilo al bosque.
Estaba feliz, nunca más volvería
A convertirse en hombre.
(Cuentos para monstruos, Santiago Pedraza, 2019)
Un final que con pocas palabras, dice mucho. Y, para concluir, es mejor poner más ejemplos y hacer comparaciones. El hombre del costal secuestra y uno de los principales problemas actuales (incluso desde mucho antes) es el secuestro de, no solo niños, sino también de mujeres y adultos mayores. La llorona está basada en la leyenda de una mujer que asesinó a sus hijos. Frankesntein fue creado con una apariencia horrible pero de corazón inocente, su final y corrupción fue por causa del hombre, de ahí que se volviera asesino. Puede haber muchas más figuras que demuestran precisamente que los miedos no son causa de los seres horripilantes que se ven en el cine o en la literatura, sino la característica (muy) humana que se ve reflejada en ellos: la violencia y el placer al causarla.