Decidí escribirte, decidí escribirte a ti por qué sé bien que vives ahí adentro.
Por qué te veo cada vez que le miró a los ojos.
Desde hace días, puede que incluso meses, decía cosas con la intención de llamar tu atención. No te miento, creí mucho tiempo que no existías, que lo que hubiera de ti era sólo lo que yo quería ver, lo que deseaba ver.
Tengo que preguntarte, de verdad necesito saber si él lo sabe.
Dime si tú puedes darte cuenta de mí, de lo que yo siento por ustedes.
¿Lo sabes? ¿Puedes sentirlo?
Recuerdo el momento en que esta sensación inició, y aún más todos aquellos que fueron haciéndolo fuerte.
Pensé que no volvería a amar.
Pensé que estaría bien, que podría con esto.
Vaya que es fuerte.
No me pude resistir.
Deberías saber lo mucho que me gusta su forma tan peculiar de ser,
como es que se da cuenta de todo,
se escabulle sin ninguna barrera, sin ningún límite, sin ningún daño.
Como se permite pensar en cada pequeña cosa, porque bien sabe que son las más grandes. Su forma de abarcar cada tema desde su mínimo hasta el máximo exponente que pueda tener conexión, sin importar que solo sea un aire.
Como le reprocha a la nada y lo quiere todo.
Como es que parece resistir las balas y las miserias pero se detiene al ver caer un pétalo de su rosa.
Parece tan hábil, tan ágil, y ambos sabemos que lo es.
Sabe causar impacto, sabe doler, sabe llorar.
Y no sabe llorar.
Me gusta cada rasgo que se le escapa de días pasados,
cada roce que le deleita la voz y parece delirar.
Como es que se refugia de los males con palabras que le parecen reconfortantes (pero no lo son)
Se da ese lujo de pensar demasiado que lo he visto cobijarse de preocupaciones.
Reluce su seguridad y la trasmite.
Me gusta escucharlo reír, y verlo disfrutando cada parte, cada instante, de cada momento.
Me gusta la esperanza que le pone, sin querer, a todo.
Como hace ver que nada vale mucho, pero en verdad le importa.
Cree merecer mucho y a la vez, demasiado poco.
Me gusta aprender de él, de su forma de enseñarme sobre ti.
También la forma en que le rebotan las ideas y como me hace gemir.
Tú tienes suerte de tener sus manos, su prueba más grande de cada golpe, de cada tropiezo, de cada fracaso y de esas caricias.
Su espalda, culminada por los eslabones del pasado, del presente y del futuro, asechada por manos sedientas de pasión, por las brisas frescas y frías del otoño.
Sus ojos dilatados, llenos de locura y de razón.
Su sonrisa, ¿La haz visto?
No hablo de esas sonrisas practicadas, ni de las que da a marcar con ironía.
Hablo de aquella sonrisa suave que derrocha con sus labios, aquella que no se resiste en salir, en presumirse.
No me cansaría de provocarla.
Y qué más quisiera hacerlo cada día.
El sabor tierno y agresivo de su boca.
Tal vez te parezca raro, pero me agrada el sarcasmo que le mete a la realidad.
Su manera de comprobar que todos se equivocan, principalmente él.
Me gusta las cosas que dice, y me gusta pensar que son enserio.
Me agrada creer que puedo acompañarlo algún tiempo en su camino.
Me gusta no dejarle a su dicha las promesas, sé bien que no quiere defraudarme.
Me gusta ayudarle, le admiró tanto que no puedo permitirme no hacerlo.
Admiro su miedo disfrazado de valentía.
Me gusta sentir su calor en mi espalda,
como me esconde en sus brazos y me envuelve con ironías, con protección, con compañía, con gratitud.
El encanto de sus posturas firmes, de la fortaleza de sus decisiones, de los peldaños de su historia.
Adoro lo que sostiene en ese pedestal, tu sabes bien que es.
Me enamoré de esos malos hábitos, de esos vicios, de las insignias de su cuerpo.
La altura de su cuerpo acomodado, ya un poco gastado pero como un envase dispuesto a llenarse de amor.
Como encuentra mi mano cuando me he perdido en los estragos cotidianos.
Derrocha su bondad por los codos, justo cuando decide cruzar los brazos.
Su rostro se acomoda perfecto al compás de cada expresión.
Cada expresión tan única y tan igual a las demás, pero tan llena de vida.
Me empuja a vivir sin dejarme caer, tiró la venda de mis ojos, la recortó, la exprimió, la pintó a su modo.
No le digas, no le digas por favor que me gusta.
Me gusta, y cada día un poco más.
Me gustan sus ansiosas ganas de lo que quiere.
Como se esmera, como es impaciente con el tiempo y tolerante con los hechos.
La claustrofobia de la curiosidad que le corroe.
Las miradas profundas, inmensas, intensas, quitadoras de aliento, que me dirige.
Sus huellas que deja a donde va, el vacío que detona su ausencia en cualquier lugar.
Como me hace feliz.
Qué más da si me equivocó, qué más da si no es todo como yo lo creo, le creo.
Qué importa la lluvia, si tengo sed.
Qué importa el olvido, si yo le amo.
Si yo te amo.