Cayó la gran México-Tenochtitlán Mariana Perea, Emilio Adolfo López Chagoyán

Un día como hoy de 1521 cayó la gran México-Tenochtitlan y la México-Tlatelolco tras un asedio de 75 días por las huestes de Cortés y los 4 señoríos Tlaxcaltecas.

Tras el desembarco de las huestes de cortés en las costas de la Villa Rica de la Vera Cruz (fundada el 22 de abril de 1519) se dispusieron a entrar tierra dentro en busca de oro y la magnífica ciudad de Tenochtitlán, tras la matanza de Cholula (18 de octubre de 1519) el encuentro entre Cortés y Moctezuma se llevó a cabo el 8 de noviembre de 1519, se presume que se llevó a cabo en las actuales calles de República del Salvador y Pino Suárez para ser hospedados en el Palacio de Axacáyatl. Pasados 7 meses se dio la huida el 30 de Junio de 1520, en lo que llamaría Cortés La noche triste, una la persecución de sus huestes por toda la ciudad mientras éstos trataban de salir cargados de lingotes de oro que terminarían perdiendo (sólo se recuperó 1 lingote el 13 de Marzo de 1981 al norte de la Alameda central). Las reacciones eran de esperarse porque durante su estadía se pusieron tensas las relaciones entre Cortés y Moctezuma, al insistirle que dejara de idolatrar al “demonio en sus diversas formas y de recurrir al sacrificio y al canibalismo”; de los más persistentes en este tema fue Pedro de Alvarado quien sería uno de los capitanes que saldría a relucir, porque entre el 20 y 22 de mayo de 1520, en ausencia de Cortés, llevó a cabo la matanza del Templo Mayor durante las fiestas del Tóxcatl, lo cual repercutió en el enojo de los mexicas y fue preámbulo a la muerte de Moctezuma, con dos versiones, la de Fernando de Alva Ixtlilxóchil y Bernal Díaz del Castillo, la primera dice que el tlatoani ya estaba muerto al momento de tranquilizar a los mexicas, mientras que Bernal dice que al subir a la techumbre del palacio los mexicas apedrearon a Moctezuma y falleció días después debido a las heridas.

Por tanto, las huestes de Cortés se reorganizaron en la costa para de ahí emprender  una campaña militar más intensa con aliados indígenas, quiénes se habían vuelto tributarios de Carlos I; mientras que la ciudad de Tenochtitlán cayó bajo la epidemia de la viruela que cobró la vida de millones de personas y sirvió para que Cortés y sus huestes tuvieran una campaña exitosa iniciada el 15 de febrero de 1521, desembocando en el asedio a la ciudad se desarrolló desde el 30 de mayo hasta el 13 de agosto cuando hicieron prisionero a Cuauhtémoc, el último tlatoani mexica.

Esto no sería el fin, si no el inicio de una extensa campaña de expansión y conquista hacia el resto del territorio (Michoacán, Guatemala, Honduras, el itsmo de Tehuantepec, las Californias y la Chichimeca) que conformaría uno de los virreinatos más importantes del Imperio Español (Después del Perú) que llevó a la invención de una nación a imagen y semejanza de los reinos europeos.

A 499 años de la caída de Tenochtitlán aún seguimos tratando de resolver algo que -para aún ser un problema abierto- es epicentro de la identidad mexicana.

¿Cómo debemos manejar este día? ¿Conmemoramos, rememoramos, celebramos, festejamos, recordamos, mencionamos…? Las descripciones de los hechos ocurridos se plagan de adjetivos e incluso quiénes pretenden verlo de la manera más “fría” y “objetiva” posible terminan cayendo en la subjetividad de dar por pasado, clausurado y sellado el evento, ya que el riesgo de estudiar a profundidad este proceso histórico es ponerse contra las cuerdas con preguntas que incomodan.

Mientras en la idea del mexicano promedio, los personajes involucrados quedan reducidos a “héroes” y “villanos”, a “buenos” y “malos”…a “ellos” contra “nosotros”. En pos de la creación de una identidad nacional, la historia de bronce creó personajes míticos que han perdido toda  su humanidad; las cualidades de los tlatoanis, la belleza de Tenochtitlán, la organización social de los mexicas y las religiones indígenas son realzadas, proclamadas con bombo y platillo; en tanto, los defectos de los peninsulares, las batallas sangrientas, el uso de las armas de fuego y la insistencia en la conversión al cristianismo propias del bando de los exploradores europeos son objeto de desdeño y adjetivadas como las más viles de las ignominias.

Así, de aquellos sujetos de carne y hueso, con luces y sombras, solo queda la estatua, el personaje idealizado en un rol y papel que ha de jugar en la pantomima de historia oficialista que se nos enseña. Y aquellos que se niegan a ajustarse al papel y estereotipo que por su condición de hispano o indígena les toca, son llamados traidores con Malintizin como su más grande ejemplo…al punto que su nombre se hecho sustantivo para designar la actitud de despreciar lo propio prefiriendo lo extranjero y a quiénes incurren en este pecado sentenciarlos como malinchistas.

Aún hoy en día, es muy común escuchar “nos conquistaron”, “destruyeron nuestra cultura”, “nos mataron”, “nos robaron”, “se aprovecharon”, para referirnos a los hispanos hablamos de “ellos”, en cambio cuando hablamos de los indígenas usamos “nosotros”. Cierto es que el mestizaje no fue un proceso ideal y pacífico, aunque no podemos afirmar que fue totalmente violento y cruento; las latitudes y longitudes en nuestro país influyeron enormemente pues las poblaciones indígenas no se encontraban distribuidas de manera homogénea en el territorio, también es importantísimo hacer la distinción de quiénes conquistaron y quiénes los conquistados, pues ni los europeos eran una nación unificada como tampoco los indígenas eran una masa homogénea con una identidad cultural 100% compartida.

Si profundizamos más allá de lo que tradicionalmente se nos ha enseñado, notamos los matices, las luces y sombras al interior de los dos grandes aglomerados. Nos percataríamos que los tlaxcaltecas no se debían a nadie más que así mismos, descubriríamos en la figura de Malintzin a una mujer compleja y sumamente inteligente, veríamos que la conquista hispana en veces toma cara de proeza militar, encontraríamos en Cortés a un hombre intrigante, político genial y estratega militar brillante.

Tal vez mirar más allá de una historia de héroes y villanos nos haría dejar de usar el “nosotros” como si estos 499 años no hubiesen transcurrido y dejado su huella en nuestra sociedad. México es un país hispanoparlante y mayoritariamente católico, pero en la mesa de cada casa encontramos alimentos que provienen de nuestras raíces indígenas. No somos indígenas, como tampoco somos españoles, ni europeos, ni africanos, ni filipinos; somos la mezcla desigual, compleja y complicada de muchísimos grupos, así que ya va siendo hora que dejemos de sentirnos avasallados por fantasmas de hace medio milenio.

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