Cinema Paradiso: “Una carta de amor al cine” Por: Paulina Cuenca-Flámina Films

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¡Hagas lo que hagas, Ámalo, …!  Giuseppe Tornatore

Todos tenemos una película que nos hizo enamorarnos del cine, al encontramos esa historia que nos emocionó hasta los huesos. Ese film para mí fue “Cinema Paradiso”, un clásico que desde la primera vez que lo vi se posicionó en mi top 3. Como dato curioso, en 1988  (el año de su estreno en la taquilla italiana) no tuvo la respuesta que se merecía, sino fue hasta que empezó a tener promoción fuera de ella, como ganadora al “Oscar a mejor película extranjera”, “Gran premio especial del jurado en Cannes” y premios BAFTA entre otros.

Sé que como ya lo leyeron en el título, es una “Carta de amor al cine”, que necesitaba verla de nuevo en estos tiempos de pandemia, porque me faltaba un poco de esa emoción, al volver a enamorarme con su historia tan sentimental, con ese poder indiscutible de hacernos sentir que estamos dentro de una sala de cine.

La relación de los dos personajes centrales de este filme, es una de las relaciones más bonitas y sinceras dentro del séptimo arte; sí, estoy hablando de “Toto y Alfredo”. Empezaron un poco mal, porque al pequeño le encantaba siempre meterse sin permiso a la cabina del cine, para llevarse algunos fotogramas que Alfredo iba desechando por la censura de aquellos años; pero poco a poco, fue encariñándose con el pequeño niño soñador, que en especial le interesaba la manera en que el cine le mostraba el mundo.  Las enseñanzas de vida que le compartía Alfredo viendo en las historias que proyectaba, que todo buen cinéfilo podría reconocer, de las voces de Spencer Tracy o John Wayne que todos atesoramos como joyas de sabiduría.

La historia se desarrolla en un pequeño pueblo de Italia, dónde el único escape de la realidad monótona que se vivía en ese lugar, era en el “Cinema Paradiso”, con sus proyecciones de películas con tramas inimaginables y extraordinarias, también lo eran algunos de los personajes que asistían a cada función, que nos mostraban cómo era la experiencia para cada uno de ellos.

Contamos con una crítica hacía la religión con la censura que para que una película fuera proyectada el cura del pueblo debía de autorizarla, que como siempre se ha sabido, ellos sólo muestran lo que quieren que veamos. Otro dato curioso, es que Giuseppe nos muestra la sala de cine como el interior de una iglesia, es una experiencia religiosa.

Una de las escenas que me rompe el corazón; es cuándo la cabina se prende fuego, que cómo muchos sabemos el celuloide era muy inflamable y Alfredo pierde una parte muy importante de su esencia, la vista. Ahí nos comparte una de las frases más icónicas que resume muy bien una de las tramas del guión: “El progreso siempre llega tarde”, que como analogía, tenemos eso que siempre quiso Alfredo… que Toto (el niño)  logrará vivir lo que él no pudo, por quedarse en el pueblo y no atreverse a soñar más allá. Empieza a ver el mundo a través de los ojos de Toto, que si lo tomamos de una manera poética es su primera película como director. Su amigo siempre lo está animando a que se vaya del pueblo y que nunca regrese, porque el pueblo te consume tus sueños van perdiendo fuerza y terminas viviendo en la monotonía provincial.

Parte importante de la película es la música y como no lo va a ser, si es aporte del maestro Ennio Morricone, que conforme vamos avanzando dentro del film va encajando cada melodía en lo que estamos viendo a lo que llega a nuestros oídos para tenernos con los sentimientos a flor de piel.

A mi parecer, el mensaje principal es el nunca dejar de SOÑAR, desde que somos pequeños nos van inculcando que debemos dejar de soñar despiertos, que lo único que nos va a servir en la vida es estudiar y trabajar. Cómo lo podemos notar con los habitantes del poblado, pero Toto no es así, tiene esta chispa de no conformarse con lo que le estaban imponiendo, que nunca hay que conformarse, que siempre hay que luchar por lo que queremos hacer y que nos llene en todos los aspectos en nuestras vidas.

Esta fábula sobre el paso del tiempo y ese romanticismo a los recuerdos felices de nuestra infancia, él nunca olvidar a nuestro niño interior y sentarnos a platicar con él, para ver si vamos por el buen camino o que estamos haciendo mal. Claro que se vale soñar, porque eso nos ha enseñado el cine a lo largo de las épocas.

¿Quién de nosotros no deseó ser un Jedi, un piloto de carreras, músico, pintor, matemático, maestro de las fuerzas místicas o demás?

«Hoy, el cine es tan sólo un sueño».

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