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Clímax por Esteban Govea

La nueva cinta del franco argentino Gaspar Noé narra la mínima pero perturbadora historia de un grupo de bailarines que son contratados por una coreógrafa para montar un espectáculo en Francia.

Al principio se nos muestra un plano en picada de una mujer desangrándose en la nieve. Clásico inicio in media res, todo bien ahí. Luego se nos hace retroceder para ver los videos de las audiciones de todos los bailarines en una pantalla de televisión vieja, pantalla, por cierto, enmarcada por varias películas apiladas entre cuyos títulos podemos hallar las referencias estéticas y cinematográficas del realizador. Los bailarines son tantos que resulta difícil ubicarlos de entrada, pero conforme avanza la película eso va quedando más claro.

Enseguida vemos un salón, una enorme bandera francesa cuelga de una pared al fondo, detrás de la consola del DJ. Vemos un largo plano secuencia de la coreografía del grupo, bastante dinámica, interesante, divertida, con buena música. Todo sigue bien ahí. Luego, los personajes, comprensiblemente agotados, toman un descanso y beben sangría hecha para la ocasión por la coreógrafa. Comienzan a relajarse y charlas, hay algo de intriga y chismorreo, algo de cotorreo subido de tono. Todo bien, todavía, incluso cuando dicho cotorreo raya en el recuento pornográfico de violencia sexual

Luego, no tan comprensiblemente, los personajes vuelven a bailar. Uno comienza a cansarse sólo de verlos, pero ellos son profesionales. Todo sigue bien.

 

Entonces hay una elipsis, algunos créditos, comienza un bloque narrativo, nueva música. Los personajes comienzan a actuar raro, demasiado para estar ebrios. Se dan cuenta de que han sido envenenados con LSD. Comienzan a culparse mutuamente y la fiesta se empieza a descontrolar. Todo ya no está bien. De hecho, uno empieza a inquietarse bastante.

El plano secuencia siguiente consta de personajes paranoicos y delirantes, un menor en peligro, un ambiente claustrofóbico, violencia verbal, psicológica, física. Los personajes comienzan a ceder a un frenesí colectivo, la cordura los va abandonando progresivamente y nos vemos enfrascados en la dinámica de pesadilla de sus deseos, frustraciones, odios íntimos. La cámara comienza a hace movimientos y torsiones que contribuyen a generar en el espectador una percepción distorsionada y desquiciante. El espectador no parece tener un respiro en este bloque.

Luego hay algo más de baile, si no mal recuerdo. El espectador empieza a sentirse atrapado. Por supuesto, uno puede abandonar la sala, pero eso sería una salida fácil. De alguna manera, uno quiere saber en qué va a acabar esto.

Luego viene un punto álgido, que no puedo describir para no arruinar la trama. Pero lo cierto es que, si antes la película parecía una pesadilla, luego se vuelve un infierno. La luz roja del generador de emergencia lo deja bastante claro. Los movimientos de la cámara durante el plano secuencia lo enfatizan. La cámara gira, rota, rebota y se tambalea por todo el lugar. Los cuerpos de los personajes son apenas distinguibles en esa suerte de aquelarre que sucede en pantalla y que uno no acaba de descifrar.

Luego, todo acaba y finalmente viene algo así como la catarsis.

Clímax es, sin duda, una cinta intensa, sobre la cual es difícil proponer una interpretación. Si alguna clave se nos da, sin duda es la bandera francesa. Ya otros ha hablado de que ese salón de baile representa la Francia contemporánea, multicultural, contradictoria, cuyas diversas facetas podemos reconocer en los personajes. Una sociedad frenética cuyas pasiones desbordadas acabarán quizá por destruirla o por lo menos, hacerla pasar una temporada en el infierno.

Si algo aprendí de este filme es que el LSD es peligroso cuando se ingiere sin tener consciencia de ello. Pero tampoco se queda, como Réquiem por un sueño otras pelis, en el plano gazmoño de “las drogas son malas”.

Si algo no entendí es cómo nadie le puso un putazo al DJ para callar la música y recuperar un poco la cordura.

No vea esta película si es muy susceptible. Tampoco la vea en ácidos.

Recomendada sólo para aquellos cuya clavadez cinéfila supere su aversión a ver gente perder el suelo de la razón y caer lenta pero inexorablemente en las entrañas de un abismo donde nada tiene sentido.

Buenos días.

 

 

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Esteban Govea es un poeta, narrador y guionista guanajuatense de treinta años radicado en la Ciudad de México. Es licenciado en filosofía por la UNAM, donde cursa la maestría en estética, y estudió guion de cine en el CCC. Dirige el Colectivo Arde y Cultura. Sus libros La Poética Robot y La Música Cósmica están de venta en Amazon.mx.

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