Cap. 1: Beto
El día en que se volvió viral, internet hablaba incansablemente de cosas tan doctas como Carmelita Salinas, brujería y las famosísimas coladeras. Palabras que el imaginario mexicano puede usar en más de un contexto y con connotaciones diversas: desde lo más simple hasta las conspiraciones más elaboradas, de esas que solemos atribuirles a nuestros vecinos gringos.
En un país como México, donde la violencia no depende de vivir en la calle sino, muchas veces, de vivir y ya, casos como el de Beto no son una excepción. Son una constante. El Estado suele reaccionar tarde: cuando el daño ya está hecho y solo queda administrarlo desde los centros penitenciarios, los hospitales o, peor aún, desde el olvido.
Por eso, cuando aparece una historia como esta —y de pronto se le da la palestra a alguien que nuncatuvo un micrófono enfrente— el fenómeno se vuelve frenético. Internet opina, interpreta, exagera. Y, sin quererlo, termina evidenciando otra cosa: la enorme falta de todo que tenemos como sociedad.
Sí, lo digo así: falta de servicios de salud, de movilidad, de educación, de seguridad… y podría seguir. Por eso, en realidad, lo que no debería sorprendernos es Beto.
Tras la acalorada plática —en la que Beto conversaba con su “manita”, Saskia— todos estábamos entre anonadados y boquiabiertos. La narrativa era la de un gobierno manchado por la trata y entrega de personas para llevar a cabo supuestos sacrificios esotéricos.
Más de uno terminó persignándose y diciendo: “eso es del diablo”, mientras Beto relataba cómo algunas de las familias hegemónicas de la farándula mexicana habrían requerido, según él, sus servicios.
Cuando el podcast terminó —y después vinieron la edición, la publicación y la avalancha de artículos y entrevistas— varias figuras públicas sintieron la obligación moral de salir a defender la memoria de la política, productora y artista mexicana cuyo nombre había sido arrastrado a una narrativa que la vinculaba con personajes tan deleznables como el mismísimo Epstein.
Lo que trato de contarte —y conste que no es lo que ya sabes— es que Beto generó empatía por varias razones. La primera es sencilla: en México es muy fácil identificarse con el abandono. Socialmente estamos sumergidos en un discurso donde nadie se preocupa por nosotros, salvo en época de elecciones. El resto del tiempo estamos solos, inmersos en un contexto salvaje donde pareciera que solo los más ricos sobreviven. Sí, se los prometo: money talks, mis amigos.
A inicios de los años dos mil, Melanie C. Green y Timothy C. Brock hablaron de la teoría de la transportación narrativa (Narrative TransportationTheory). En términos simples, esta teoría explica cómo una historia bien contada puede absorbernos y hacernos sentir identificados mental y emocionalmente con quien la cuenta.
Por eso yo jamás me atrevería a diagnosticar a Beto: ni psicópata, ni borderline, ni narcisista manipulador que nos tiene a todos como sus… bueno, ya saben. No confundamos las cosas. Nuestro estándar de atención apenas alcanza para sostener una narrativa durante una semana, o menos. Vivimos en un mundo efervescente e inmediato. Nuestra inmersión cognitiva nos permite salir de la realidad para entrar en otra. Y la historia de Beto, hay que admitirlo, lo tiene todo: crimen, magia… y gente famosa.
Por eso, el día en que Beto se volvió viral, también se volvió visible algo que todos sabemos, pero pocos decimos: en el México mágico nuestras infancias llevan las de perder, y casi nadie se preocupa por ellas. Primero, porque no votan. Y después, porque —al final del día— siempre parece haber alguien dispuesto a mirar hacia otro lado.
Y ese, amistades, es el verdadero mensaje detrás de esta bella historia de internet.