El error en la poesía por Sebastián Esparza

Comencé a tomar clases en el taller de poemas impartido por Romina Cazón.  ¿Y usted a qué viene?” dijo con su singular acento argentino . Respondí “a aprender”. Después de cuatro semanas decidí inaugurarme con un poema al que titulé “Hijos bastardos”, inspirado por mi desaparecido padre. De él  me gustaría decir que utilizó la técnica de salir por una caja de cigarrillos, pero ni siquiera se dignó a eso. En fin, con el poema recién impreso, repartí  una copia a cada uno de los compañeros que se convierten, a la vez, en  tus lectores y críticos. Mientras llegaba mi turbo fingí que no tenía nervios o frío, pero no dejaba de imaginar qué tono usar. Menos el volumen. Inhalar, exhalar, trastabillar. Darse cuenta de que el poeta debe guardar silencio.

 

“De las cinco estrofas que escribiste quédate con la  última”.

 

 ¿Y con las otras cuatro qué hago?

 

Ahora no dejo de pensar que la crítica honesta, cuando no es ofensiva,  es lo mejor que alguien puede hacer por ti. Pueden doler:

“tu poema está lleno de seseo”, “no tienes buenos acabados”, “en el verso cinco hay una cacofonía”

 “tu diseño no es ergonómico y las medidas son incorrectas”

 “tu poema no genera ninguna imagen”

“el problema que intentas resolver con el producto que me estás entregando ya tiene solución y es mejor a la tuya”

 

 

 ¡AUCH!

 

 

Sin embargo, hay una poética en el error. Quizá poesía en el error. La mayoría de las veces sabemos cuáles son nuestros errores e intentamos evitar confrontarlos, porque cuando aceptas que puedes mejorar algo cae en ti la responsabilidad de hacerlo, lo cual es más trabajo comparado con fingir que se es suficientemente bueno y no hacer nada.

 

No así en la poesía. Cuando estoy en el taller  escuchando a Romina explicar cómo debemos escribir, usando como ejemplo a Nicanor Parra, Alejandra Pizarnik, lo notó.

 

Como diseñador industrial se piensa en las experiencias, pero también, tangible o intangible, los poemas son productos.  Transmiten algo, lo que sea, aberración, zozobra, encanto, fascinación, asco: sin titubeos y con limpieza.

Con esto, pienso en ese poema que usa Romina, “Cuando mando mis poemas a un concurso” de Legna Rodríguez Iglesias:

 

Cuando mando mis poemas a un concurso
imagino a Dios diciéndome:
no te preocupes, belleza
ese dinero es tuyo
y duermo en paz
absoluta
más tarde
cuando el dinero pasa de largo
frente a mis ojos incrédulos
Dios me dice:
era una broma, belleza
sigue escribiendo, belleza.

 

A lo que voy es que los poemas y el diseño requieren práctica, técnica y creatividad, aunque… ¿de dónde surge la creatividad? La creatividad surge de: práctica, práctica, práctica, experiencia, práctica, experiencia, práctica, práctica, práctica. ¿Y de dónde surge la técnica? De más práctica.

 

En fin, indudablemente debe haber muchísimas más relaciones entre la escritura de poemas y el diseño industrial.

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