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Nuestro corazón huele a chocolate y canela, el aroma llega a todos los rincones y nos llena por completo, incluso sale por puertas y ventanas para seducir a los vecinos, sobre todo a esos que tienen el corazón vacío por falta de uso, por ir con prisas, por no atesorar los recuerdos.

Nosotros no queremos que nos pase eso, es un esfuerzo diario, una batalla constante. En este momento tenemos tres generaciones juntas trajinando con lo viejo y con lo nuevo, pintando con sabores y cubriéndonos de aromas. Hay risas, hay miradas, hay caricias.

Este corazón palpita, aunque el latido se vuelve errático por momentos, pero lo reanimamos con una palmada y una historia, con azúcar y vainilla, para que las miradas perdidas se enfoquen de nuevo, para que lo único que escape por las ventanas sean aromas, no memorias.

No es tan fácil, pero nos empeñamos en ello, sobre todo en estos tiempos, cuando es tan sencillo que sus ojos se cubran de un velo de olvido, que se vaya lejos, tan lejos, aunque siga aquí, en este corazón que se salta un latido, trastabillando cada vez que la perdemos.

Pero la traemos de vuelta entre hervores, con jamaica y chile, haciendo preguntas, desempolvando recetas, hasta que esos ojos recuperan claridad y fijan la mirada en nuestras caras, con amor, con picardía, ¿te acuerdas?, en paz, ganándole otra batalla más al olvido.

A veces duele, es frustrante, la impotencia se cuela hasta el corazón y algo se quema, se pasa de su punto, haciendo imposible rectificar la sazón. Entonces cerramos el corazón, buscamos otro rincón de la casa para recomponernos, para desahogarnos, para que eso que se ha quemado quede contenido y la próxima vez todo salga mejor.

Como ahora, charlando entre sonrisas secretas, marinadas en tomillo y vino, seguras, cálidas, mientras fuera baja la temperatura y se forma una suave capa de escarcha sobre las superficies de esas casas vacías, sin corazones llenos, sin aromas y sabores, sin memorias.

¿Te acuerdas de aquel año que tu padre dejó la puerta abierta y el perro se comió el lechón horneado?, pregunta ella entre risas, aunque calla de pronto y se queda mirando el adobo, sin ver realmente, tal vez buscando o tal vez yéndose lejos otra vez.

Puede ser otra de esas pequeñas batallas. Mi madre y yo nos miramos, intranquilas, como tantas veces. Sí, mamá, me acuerdo, y tú lo mandaste a comprar algo preparado mientras lo peleabas entre gritos y cucharazos, le responde mi madre, ansiosa.

Mi abuela no responde por un momento que nos parece eterno y sentimos ese tartamudeo en el latido del corazón, toda la casa contiene el aliento. ¡Pobre, si nunca lo dejé olvidarlo!, contesta de pronto, riendo de nuevo, con los ojos brillantes, húmedos, mirándonos ahora, sin dejar de remover el adobo, ¡No volvió a dejarme abierta la puerta de la cocina!

Se reanuda el latido y seguimos trajinando, envueltas en aromas y recuerdos, con los ojos claros, con el corazón palpitando, en paz tras otra pequeña victoria. Así la tenemos de vuelta, la mantenemos cerca, cocinando otra cena, recordando las anteriores, volviendo a vivir para que no se pierda en el olvido.

Coco Márquez vive en Guanajuato. Realizó estudios en comunicación, gastronomía y artes. Escritora, profesora y ávida lectora. Viajera y paseante. Amante de la historia, los misterios de la memoria, la magia y las largas conversaciones.

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