Lo que callamos al hablar Mariana Perea Campos

Hoy, en el transporte público, había un asiento vacío junto a mí y del otro lado del pasillo, una señora parada que volteaba a ver una y otra vez el lugar, pero no decía nada. Después de varios minutos decidí preguntarle si gustaba sentarse, cuál es mi sorpresa cuando me rueda los ojos diciendo “sí, claro”, como si fuera la obviedad más grande del mundo. Si la señora quería sentarse ¿por qué no decía nada? Tan fácil que es hablar, ¿acaso debía interpretar sus miradas y ofrecer moverme para que ella pudiera sentarse?

Suelo bromear que mis papás tienen 2 hijos y medio, en lugar de 2 hijos y 1 hija, ya que buena parte del tiempo mis comportamientos e incluso mi manera de pensar no son muy apegadas a los cánones femeninos con los que crecí. La suma de muchísimos factores ha influido, entonces el resultado es una mezcla extraña que no entiende mucho de indirectas.

Hablando de indirectas, ¿han notado que muchas mujeres suelen vivir en ese mundo? Ese chiste cliché que afirma que la respuesta femenina es “nada” cuando se les pregunta “¿qué tienes?”, y que los interlocutores han de interpretar correctamente con riesgo de hacerla enojar.

Existe la idea del mexicano incapaz de decir “no” tajantemente, sacándole la vuelta a los asuntos es que nos libramos de ello, para no ofender, pero en el caso de las féminas mexicanas parece ser que nos enseñan a llevar esta forma de ser un pasito más allá. Eso del asertividad en la comunicación tiende a verse como una cualidad más de índole masculina.

Me gusta un hombre ¿por qué andamos con rodeos? “Me gustas ¿te gusto?” “Sí, que bueno, establezcamos algo” “No, que mal, aquí se rompió una taza y cada quién a su casa”. ¿Qué pasa si una mujer osa declarársele al hombre? Bueno, pues usualmente se le reprocha que no se ha dado su lugar (lo que sea que eso signifique). Los calificativos “aventada” e “intimidante” no tardan mucho en aparecer y la conclusión es lapidante: si ella no le ha espantado hasta el umbral de la Parca, sí le ha abierto la puerta para que se aprovechen de ella, como si una confesión amorosa equivaliera a permiso para destruirle emocionalmente.

Una mujer asertiva es una cosa que intimida, en cambio un hombre asertivo socialmente, aplaudido y hasta esperado, pero que parta un rayo a la mujer que ose ser viril. ¿Sabe usted que viril significa “con virtudes”? Comúnmente viril se utiliza como sinónimo de varonil cuando es un adjetivo neutro que nada tiene que ver con caracterizaciones de género. Una mujer puede ser perfectamente viril, el problema es que atribuimos a hombres y mujeres diferentes tipos de virtudes como si les fueran biológicamente correspondientes; he allí el quid de la discusión: una mujer viril sería aquella cuyas virtudes estén asociadas primordialmente a lo masculino. Ser decisivo no es problema hasta que se vuelve decisivA, porque socialmente se le convierte en sinónimo de “tezuda” (lo cual ya no tiene una buena connotación).

Para muestra, un botón: fuerte-fortachona, líder-mandona, persistente-testaruda, emocionado-histérica, asertivo-intensa, inteligente-sabelotodo… Qué manía nuestra de ponerle atribuciones de género a todo, hasta al silencio.

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