Me llamo Mariana y no Judith Por Mariana

A 11 de septiembre de 2021

Diego Sinhue Rodriguez Vallejo

  1. Gobernador del Estado Libre y Soberano de Guanajuato

Estimado gobernador, espero que su estado de salud y de los suyos sea óptimo, pero ¿Cuándo fue la última ocasión que usted o algún miembro de su familia inmediata tuvo una emergencia médica? Me preguntó si acaso corrió desesperado a la recepción del hospital pidiendo auxilio y nadie se inmutó, ni si quiera se molestó en darle indicaciones. Porque ayer cerca de las 11 p.m. mi tío tuvo que pedirle al menos a tres paramédicos ayuda para bajarme del coche, porque yo me encontraba en un dolor inmenso que no podía siquiera levantarme.

¿Alguna vez se ha quedado sentado en una silla de ruedas retorciéndose, llorando y gritando de dolor mientras el personal del hospital lo ignora? Porque ayer, me pasó no una sino cuatro veces y, hablando de tratos ejemplares: ¿le ha tocado esperar ser atendido en condiciones de dolor y miedo extenuantes mientras lo registran? Alguien dijo “si quiere atención rápida hay un lugar en el Aranda de la Parra, sólo que le cuesta $3,000”. Le pregunto con todo el respeto posible ¿es lícito, legal, ético y humano supeditar el cuidado médico que se recibe a la capacidad adquisitiva que se tiene?

¿Ha tenido la experiencia de ser tratado con tanta condescendencia que llega a ser insultante? ¿Han invalidado su dolor, diciéndole que exagera, que “no es para tanto” o “de esto no te mueres”?  Y en efecto, mi dolor no era para tanto, sólo para causarme vomitar por ello. Dicen que en todos lados se cuecen habas, por tanto supongo que lo han regresado de la sala de rayos X porque no llevaba su pago ¿cierto?

También le ha de haber pasado que la eminencia médica que le atiende, decide rebautizarle cada vez que llama “su nombre”. Señor gobernador, me llamo Mariana y no le encuentro parecido con “Judith”, como insistieron durante la revisión. Tengo 27 años y no 25. Entiendo que los cubrebocas dificultan la conversación, pero no pensé que fuera a tales extremos. Como paciente uno se siente minimizado e ignorado.

¿Cuántas veces ha tratado usted de responder preguntas de un médico mientras vomita? Como estoy segura que sabe, es labor titánica. Y no me queda duda, ha sentido la impotencia de que callen al familiar que lo acompaña cuándo éste trata de responder por usted, mientras sufre volcado sobre un bote de basura. ¿Alguna vez le dijeron “sí te creo tu dolor, por eso te atendí antes que a todas estas personas” con un tono de voz que sugiere “mira el favor que te hice”? Honestamente, uno queda contrariado, pues se pensaría que el triaje es cuestión profesional.

Me pregunto ¿cuánto ha sido lo máximo que han tardado en darle medicación para algún dolor que le aqueja? Espero que no sean dos horas después de que llegue a un hospital. Luego en los delirios de dolor, se puede llegar a pensar que a las vacas las sacrifican más rápido que eso, así que tal vez se sufriría menos como bovino.

Pero ya una vez ingresado, el calvario termina ¿cierto? Tal vez mi única queja, salvo su mejor opinión, es que permanecer 12 horas sentado en silla de plástico mientras se le brinda atención médica puede volverse incómodo, sobre todo si ha de pasar la noche durmiendo reclinado sobre una mesa con sus brazos como almohada. ¿Sería exigir las perlas de la Virgen que se compraran sillas cómo las de los centros de donación de sangre para los pacientes internados que no requieren cama? Porque, como asidua donadora, puedo testificar su superioridad a las circunstancias actuales.

Lo digo sin el menor atisbo de sarcasmo: sé que la mayoría de los profesionales de la salud y personal de cualquier índole hacen su trabajo a lo mejor de sus habilidades y a lo mejor de su capacidad. Les estoy completamente agradecida porque la mayoría dentro de las circunstancias hicieron todo por hacer de mi estancia lo más amena posible. Además hay personas cercanas que se dedican ello y soy consciente que buena parte de las veces los pacientes y acompañantes no somos lo más cooperativos o respetuosos. Mas me pregunto ¿cuál habría sido su experiencia si usted hubiese llegado ayer al hospital en mi lugar? ¿Habríamos compartido historias similares? ¿O habríamos sido compañeros de silla?

De ser negativa su respuesta, cuestiono a consecuencia: ¿por qué? ¿Por qué su experiencia y expectativa de sus cuidados médicos son diferentes de la mía y de la decena de miles de guanajuatenses? Usted, yo y compañía pagamos impuestos, cooperamos con nuestros deberes cívicos. ¿Acaso nuestra clase social realmente debe diferenciar la calidad de nuestras experiencias en hospitales?

El hecho de que no pueda pagar un hospital privado ¿significa que debo sentir miedo y desesperación al llegar a un nosocomio, dormir sentada en una silla de plástico, pasar horas y horas esperando que se me dé diagnóstico y tratamiento definitivo e incluso ser amedrentada con la prohibición de usar mi celular mientras recibo tratamiento?

Tristemente, pertenezco a la fuerza laboral que, aunque paga ciertos impuestos, no tiene acceso a seguridad social. Aún más lamentable, soy parte de la juventud guanajuatense, criada con la idea de que el gobierno trabaja para mejorar la calidad de vida de sus gobernados y lo que experimenté ayer me hizo caer en cuenta que, aunque todos somos de barro, no es lo mismo vaso que jarro, que con dinero baila el perro y que muchos me exigen conformarme con las morusas que se me arrojan.

P.D. Siempre he considerado que hay cierto romanticismo en utilizar máquina de escribir, aunque verlas en uso dentro de un nosocomio me dejo un sabor de boca completamente diferente.

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