Sadistic Pandemonia (Primera entrega) Por: Santino López Marín

Las luces del pasillo parpadearon y el tono cambió a uno cálido y molesto. Escuché una risa mientras la estructura del edificio crujía. No le di importancia. Me trataba de autoconvencer de que esto no era real.

  • El rojo le va bien a tu cabello niña. —Me dijo alguien en la entrada de la puerta, lo decía mientras jugaba con un cigarrillo entre sus dedos.
  • ¿Qué? ¿Quién eres? —respondí.
  • Ah… yo fui uno de tus primeros trabajos hace tres años. Ya no me recuerdas ¿Verdad? Mi nombre es Mikhail. —me respondió rematando con una sonrisa.
  • No recuerdo muchas cosas por razones propias o ajenas, la verdad prefiero olvidar todo. Déjame en paz.

Me levanté, me revisé el maquillaje con el único espejo que tenía y que estaba estrellado. En el reflejo vi a que se refería ese sujeto. Mi cabello perfectamente alvino estaba manchado por gotas de sangre. Al limpiarlo hizo un lindo color rosa pastel. Lo puedo considerar, pero no ahora.

Tuve que salir de ese pasillo. De ese edificio. Corriendo. Cubriéndome la cabeza. Vivía en el centro de la ciudad; una hiperciudad. Atascada de enfermos adictos a las amputaciones sólo para injertarse una mejor versión de sus extremidades, de sus viseras, de su sistema nervioso. Unos hasta se creaban puertos o conexiones en el cerebro para conectar esos arcaicos chips o para percibir frecuencias que los pudiera hacer sentir drogados o incluso para sentir la ilusión de “inteligencia”.

Se puede emular cualquier tipo de droga, pero la más interesante y mi favorita es una llamada “Baby-K”.

Es un programa cargado a tu cerebro. Tecnología antigua de la segunda parte del siglo XXI. Este programa invade todo tu cerebro y te crea una simulación o estado mental de tranquilidad. Tus recuerdos son los que desearías. Tu realidad es la que desearías. Sientes todo lo que quieres sentir. Estimula al cerebro al punto que te descarga unas cantidades considerables de dopamina, serotonina y una sobredosis de endorfina, pero sube el precio si quieres los efectos de la oxitocina. Esta droga es tan antigua que te tienes que conectar a una terminal o consola para que un vaquero te cargue el programa y dejarte ahí casi muerta, viviendo en un paraíso exprés.

Llegué a mi edificio. Derecha, izquierda, derecha, derecha, elevador, piso ocho, izquierda, derecha, izquierda, izquierda, tomé la extensión del segundo elevador a la parte C de la torre B, piso seis. La puerta desde el pasillo reconoció mi identidad, mi cara, mi estatura, mi forma de caminar y de ser necesario mi configuración genética.

Odiaba donde vivía. Era un cuarto pequeño lleno de decoraciones hechas por mi o baratijas que se me hacían lindas y cursis. Me gustaban ese tipo de cosas. Me gustaba conjugar todo en una rapsodia. En la pared del fondo tenía un mural con el hongo de una explosión nuclear rodeado por personajes que yo había dibujado en “aero-pixeles”, pero mi consola era lo que más amaba. La habían extraído de un “Núcleo Acorazado” derribado en las afueras de la ciudad hace unos años. Esta cosa jamás saldría al mercado y yo la conseguí gracias a un… estúpido mercenario. Me había encargado de decorarla con placas tornasol y espirales, muchas espirales. Amaba que esa cosa me tragara viva.

Me conecté a mi consola y enseguida me recibió con el mensaje de siempre:

“Todos los sistemas operando. Bienvenida de vuelta Alessa”

La consola se encargaba de cargar un espacio neutro que era necesario para cargar cualquier tipo de secuencia. Mi espacio neutro era el lugar más feliz de mi vida, para mi ahí empezaba la simulación.

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