Cuando por las tardes nos sentamos a tomar el café en casa de mi hermana Lucy, nuestra amiga Rebeca, siempre nos hace reír con sus historias sobre aventuras sexuales.
Según lo que he escuchado, no pone límite de edad a la hora de escoger un compañero o un amante. Su repertorio para un “polvo” es amplio: va jóvenes, incluso más jóvenes que sus hijos, hasta hombres adultos de avanzada edad. También ha llegado a probar con tríos con algunas amigas. Y es que, para ella, la libertad sexual es importante, es una forma de vida, y le da la libertad de ser ella. Nunca se limita por prejuicios sociales, aunque sabemos que pesan. Tampoco los hijos la han hecho caer en un comportamiento mojigato, (aunque en ocasiones han sido motivo para limitarse), y mucho menos su esposo machista y agresor, del cual terminó divorciándose hace algunos años.
Las múltiples historias de maquillajes despedazados, ropa cortada y golpes, llegaron a justificar su incansable “búsqueda del amor”, situación que siempre me lleva a la misma pregunta: ¿qué nos hace buscar la compañía de un hombre? ¿En realidad se puede encontrar amor en un acostón? ¿Son acaso el sexo o la seguridad económica las únicas razones para tener compañía masculina?
Por lo demás, creo que las mujeres somos autosuficientes; y no es que en esas otras áreas no podamos serlo, principalmente en lo económico, porque cada día hay más mujeres independientes; pero en lo sexual sí pienso cuál sería la forma de encontrar ese momento tan, hmmm, tan… hasta la palabra correcta me cuesta encontrar. Porque no me queda duda que para las mujeres que nos gustan los hombres no hay nada mejor que hacer el amor con uno de ellos; aunque creo que una gran mayoría tenemos un pequeño detalle que a lo mejor sea problema en algunas ocasiones. Y es que nos cuesta separar el sexo de los sentimientos, y más si esa persona nos atrae físicamente; porque basta con el más mínimo roce para que nos invadan las mil alucinaciones que nos hacemos pensando posibilidades y, si se llega a besos, los suspiros no perdonan la ocasión y se hacen presentes. Aunque en ocasiones todos esos sentimientos que estallan de un momento a otro pueden terminar después de haber pasado por el encuentro íntimo, porque una gran mayoría somos muy selectivas, en todos los aspectos, y necesitamos llenar más que nuestra vagina: en la cama las exigencias son mayores en cuanto a la forma de besar, de hacer el amor, de acariciar, etc. Ese sinfín de detalles que empezamos a sumar o a restar serán los que nos ayuden a decidir si hay segunda cita o si todo quedó allí.
Hoy me he sentado a escuchar a Rebeca hablar de su último encuentro con un jovencito de 28 años. Ella casi ronda los 50. Nos causa asombro, aunque cada vez menos, “pero la verdad es que la vagina no hace esa diferencia en la edad, aunque los rasgos físicos estén cambiando diariamente: los orgasmos se sienten igual de intensos, aún a mis casi 50 años”, dice. La conocí cuando yo tenía 15 años; ella tenía 25 y estaba en una linda etapa de su vida: pocos años de casada y realizada como madre con sus dos hijos; estaba joven y muy bella, eso no quiere decir que hoy no lo sea, al contrario, yo le veo un envidiable brillo en sus ojos. Pocas veces he visto una mujer reír y brillar así; y cada una de sus arrugas guarda miles de risas e historias. Es como si la experiencia de la vida le diera una belleza que pocos se atreven a descubrir y muchos ignoramos. Y aunque la diferencia de edades entre nosotras en aquella época era notoria, llegamos a un momento de la vida en que se han juntado las experiencias y pudemos hablar de los mismos temas sin necesidad de disfrazar las palabras.
Y entonces… me tocó pedirle consejos, porque las inseguridades llegan con la edad, o bien, decidimos volvernos más inseguras a pesar de ser siempre perfectamente imperfectas, porque la lista de imperfecciones de los estándares sociales que definen la perfección femenina es larga; y entre esa lista se encuentra el estigmatizado don de ser “buena amante”.
Ya entrada en mi vida sexual, que inició de la peor forma según mi experiencia, porque eso de enamorarse de quien sólo quiere sexo es mala forma de empezar una vida sexual, quise ponerme al día; entonces empecé por “afilarme los colmillos” (creo que así lo llamaban) y mi primera lección fue con un plátano. Eso de aprender a mamar sonaba fácil; la técnica era fácil: sólo chupar, subir y bajar; pero el examen final sería la prueba contundente: enfrentarse a un pene y dejar las inhibiciones de lo prohibido, de lo mal visto, de lo sucio, de lo que te hace “mala”. Y es que a todo termina uno por agarrarle el gusto, porque, ya entrada en el placer, te sientes la premio nobel de las mamadas. Y no deja uno de agarrarle el gusto, ni de agarrar el pene.
Las tardes de café siempre se han acompañado de las vivencias diarias. De la risa hemos pasado al llanto. Y ya poyadas entre mujeres, nos hemos dado el valor de agarrar el teléfono y mandar a averno a más de uno, para al día siguiente solucionar todo con una disculpa. Y, de esa forma, las aventuras del corazón y de la vagina con esa persona serán nuevamente tema de conversación en alguna tarde de café.
Mis historias sexuales nunca llegarán a ser tan buenas ni tan bien explicadas como las de Rebeca o las de Lucy, pero también me las traigo. Me ha tocado parchar el corazón después de un acostón, por no recibir el mensaje esperado o siquiera recibir una llamada. También he llegado a quedarme con las ganas después de un ansioso eyaculador precoz. Con otro nos quedamos esperando a que funcionara “el amiguito”.
No es que quiera hacerla de “mala” ventilando situaciones intimas o vergonzosas: mi intención ventilando estas cosas es que podamos hablar abiertamente como lo haríamos con nuestras mejores amigas mientras tomamos café, liberarnos de esos secretos, tener un espacio donde podemos dejar los prejuicios en la puerta y sentarnos a conversar como muchas veces quisiéramos. Porque, definitivamente, para el amor, el sexo y enamorarse, las mujeres no tenemos fecha de caducidad.