UNA BALADA DE PEDERASTÍA PASIVA Aleister Crowley (Versión de Aleqs Garrigóz)

Del deleite y deseo del hombre en una cosa
no hay descanso: sentir la furia del fuego
y retorcerse en la cercana caricia
del abrazo feroz, y del beso sin freno,
y del maridaje final bien hecho.
Qué dulce pasión, vergüenza, es ésta.
¡El amor de un hombre fuerte es mi deleite!

Las mujeres libres echan un lujurioso ojo
en mis gigantescos encantos y buscan,
por la palabra y el toque, conmigo acostarse,
y en vano ofrecen el coño y la mejilla.
Luego, enojadas, me llaman debilucho,
hasta que una, adivinándome bien,
señalando sus nalgas, susurra: “¡griego!”
¡El amor de un hombre fuerte es mi deleite!

Los niños tientan mis labios a un uso lascivo,
y muestran sus lenguas, y sonríen torcidamente,
y me pregunto por qué debería negarme
a sentir sus traseros a escondidas
y besar sus genitales, y lloro:
“¡Ah, Ganimedes, concédeme una noche!”
Éste es el solo dulce misterio:
¡el amor de un hombre fuerte es mi deleite!

Sentirlo trepar sobre mí, acostado,
extendido en el lecho de la lujuria y la vergüenza;
sentirlo obligarme como a una sirvienta
y su gran espada flamear dentro de mí,
con jadeo tan caliente y rápido como la fama;
besarlo y estrecharlo fuerte.
Ésta es mi alegría sin nombre:
¡el amor de un hombre fuerte es mi deleite!

Sentir de nuevo su amor crecer grandioso
conmovido por la languidez de mi besar;
chupar la sangre caliente de mi glande
mezclada con feroz semen que silba
y hierve en repentina y efusiva dicha.
Concédeme la eternidad de esto.
¡El amor de un hombre fuerte es mi deleite!

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