Una historia de ciegos I Por Mónica Menargues Beneyte

 

 Víctor y yo nos conocimos a las afueras de una discoteca situada en el polígono norte de mi ciudad natal. Recuerdo el primer día que nos miramos. Era la primera vez que yo tomaba ácidos, llevaba unos pantalones de pana verde y una blusa semitransparente que volaba por mi cuerpo llenando de viento mi pecho casi al aire. El techo  era tan alto como el edificio de un rascacielos y yo me sentí volar a través de las nubes cuando Víctor abrió por primera vez su boca para hablarme. Recuerdo unas amarillas bolas de discoteca que iluminaban toda la sala ofreciendo una mirada psicodélica al rostro de Víctor. La música dance golpeaba mis oídos para luego disparar el sonido violentamente por toda la sala. Ese sonido volvía a mí para agarrarse a mi cuerpo y lanzarme a un baile obsceno de movimientos eróticos y desacompasados.

«Hola, ¿Cómo te llamas?», «Niza», dije. « ¿Cómo?, ¿Niza?, ¿Qué es Niza?». «Mi madre me puso Niza por la ciudad que me vio nacer —le grité acercándome a su oído— se ganaba la vida como prostituta de lujo, mi madre digo, ella decía que la costa azul era la más maravillosa que una persona podía visitar».

Me cogió de la mano y me llevó a unos sillones que lucían por el lateral izquierdo de la sala. Se lanzó a besarme sin preliminares y al estirar su brazo para acariciar mi pelo tiró todos los vasos medio vacíos de alcohol que había por la mesa. «Joder, ¡vaya noche! ¡Vamos a mi casa!», casi me ordenó. Atravesó la discoteca como un águila con su presa. Yo, seguía  su pista sin reflexionar demasiado qué hacía y a dónde iba. En diez minutos estaba en su Ibiza rojo y en diez más en un estudio viejo con olor a alcohol, humedad y tabaco. Esa noche follamos. Las siguientes hicimos el amor. Pensé que era algo de una noche, pero Víctor y yo estuvimos juntos tres maravillosos años de dolor, diversión, daño y felicidad. Sin embargo, de no haberme dejado Víctor, nunca habría conocido a Bruno.

 

0 Shares: