En algún lugar en el sueño hay un lugar malévolo
en que altos y desiertos edificios se amontonan al lado
de un profundo, negro, delgado canal apestando fuerte
de terribles cosas, donde corrientes oleosas corren.
Carriles con viejos muros a medio camino
se abren a calles que uno puede o no conocer,
y la débil luz de luna arroja un espectral brillo
sobre luengas hileras de ventanas oscuras y muertas.
Allí no hay paso, y el único suave sonido
es el del agua aceitosa mientras se desliza
bajo puentes de piedra, y a lo largo de los costados
de su profunda ranura, hacia algún vago océano preso.
Nadie vive para contar cuándo esa corriente removió
a esa región de sueño perdido del mundo de la arcilla.