No sé contra cuántos fracasos
me he estrellado ya.
Es triste pero cierto, tengo en mi hipocampo
tantos recuerdos y ni siquiera se saludan.
Es difícil recordar la forma de alcanzar
el sueño paradójico cuando niño,
el apego a los brazos de mi madre,
la na na que me cantaba,
del olvido al no me acuerdo,
porque hasta la sombra se marcha
cuando el sol se pone.
Es difícil porque mi sistema nervioso
y mi psique sostienen una lucha catatonica
y constante que desgasta mis fuerzas.
No importa si es de día o de noche,
sí estoy feliz o molesto, si es lunes
o primavera, parece que mi espina dorsal
está condenada a soportar una centena
de esfuerzos absurdos, mi mente,
a escribir un poema a letras torpes
y exasperadas.
Catastrófico, creo que sabía quién era
hasta que enfermé de desesperanza.
Que duro se ha tornado reprocharle
a Dios la fisonomía de mis miedos,
y sin embargo aún me sigo persinando
al acostarme, todavía sueño
con conocer a mis nietos
y aún disfruto el olor de un libro nuevo.