No fui una niña lectora, sin embargo, estuve cerca de los libros durante cierto tiempo, tanto en casa de mi abuela como en la primaria ellos siempre me hablaban aunque yo casi nunca los abrí ni mucho menos los leí; aunque hice ciertas excepciones… “¿Donde habitan los ángeles?” (Claudia Celis) fue el libro que me tentó para seguir leyendo luego en la secundaria “Pregúntale a Alicia” fue el libro que leí varias veces durante esos tres años y por un largo tiempo fue mi favorito o el favorito de lo poco que había leído; en una mudanza de un cuarto a otro perdí ese ejemplar (regalo de una vecina que compartía conmigo un librero pero que nunca volví a ver porque su hija y yo dejamos de ser amigas) pero sus palabras seguían haciéndome ruido… En la preparatoria me fue mejor, tuve una materia en tercer semestre dedicada a ciertas historias de la literatura universal, y sin darme cuenta leí cuentos de James Joyce y Antoj Chéjov; leí “Crimen y Castigo”, (Fiódor Dostoyevski) una obra de teatro que sigue siendo mi favorita: “La danza que sueña la tortuga” (Emilio Carballido). Ese semestre descubrí que la escritura era mi mejor forma de comunicarme con la gente, incluyendo a mis cercanos… Pero la verdadera metamorfosis, el viaje entre aleteos de mariposas y la vuelta de de páginas que me devoró por completo fue en la facultad (ahí también me acerqué a las bibliotecas; luego escribiré sobre ello) leí a muchos escritores que a su vez me llevaron a escritores contemporáneos, a la poesía, a personas que me recomendaron otros autores (como Antonio Malpica, que sigue siendo uno de mis favoritos) y me enseñaron sus escritos; los libros me orillaron a conocerme mejor, a ver más panoramas, a buscar un trabajo que me permitiera seguir leyendo, a involucrarme en talleres y conocer a gente muy divertida, a entrar a un círculo de lectura, a hablar sobre lo que me provoca esa novela, esos cuentos, esos ensayos, esa poesía, esa reseña, ver canales sobre libros, escuchar, encontrar grandes amigos, un novio lector, y lo mejor de todo es que los libros nunca me han dejado sola, me acompañan, a pesar de los años y que nos volvamos a encontrar y tener otra perspectiva de lo leído anteriormente siguen aquí, conmigo, viéndome envejecer y cambiar de ideas y de emociones, de ver mis triunfos y los fracasos; y a pesar de todo lo recorrido no he cambiado mucho y ellos mucho menos pero sigue estando esa empatía cada vez que nos tomamos de la mano y empiezo a leer en mi cama, en el sofá, en el baño o en el transporte público; entonces, para cerrar este círculo, ¿qué han hecho los libros por mí? Citando a Kafka: “En general, creo que sólo debemos leer libros que nos muerdan y nos arañen”; y los he encontrado; he ahí la respuesta.
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