El algoritmo del desahucio: Cómo la colusión corporativa expulsó a Los Ángeles de su hogar. Por Moisés Campos

Sumario: Mientras el consumidor promedio culpa a la inflación natural, un entramado de fijación de precios informáticos y especulación inmobiliaria vacía los vecindarios y destruye el sueño americano de la clase trabajadora.

 

Amanece en el sur de California. La brisa se siente gélida sobre las vías, pero el frío no inmuta a Anthony. A diferencia de quienes piensan que las jornadas de madrugada pertenecen solo a las élites financieras, él se encuentra de pie desde las 2:00 de la mañana en un horario implacable mientras el resto de la ciudad duerme. Vestido con un chaleco de alta visibilidad, Anthony recorre con paso firme un patio de maniobras compuesto por 15 vías férreas: es conductor de tren para el Condado de Los Ángeles.

Su empleo es un oasis de privilegios en el mercado moderno, de los pocos que aún garantizan una pensión vitalicia bajo el rigor de dos condiciones: cumplir un servicio continuo de 23 años y alcanzar los 55 años de edad. Su salario no solo supera el umbral mínimo legal de la metrópoli, sino que se posiciona holgadamente por encima del ingreso promedio de la ciudad, oscilando entre los $30 y $33 dólares por hora gracias a un sólido contrato colectivo sindicalizado.

Pese a ostentar estas condiciones laborales excepcionales, el esfuerzo de Anthony no basta para comprar una casa. La maquinaria inmobiliaria local tiene otros negocios en mente, y en sus planes no figura que los angelinos adquieran un techo propio ni que accedan a una vivienda asequible.

El Condado de Los Ángeles, que abraza a la ciudad homónima y a más de 82 municipalidades satélites, funciona como el epicentro global del entretenimiento y la principal puerta de entrada del comercio asiático a los Estados Unidos. Aunque esta enorme maquinaria urbana devora mano de obra en cada uno de sus eslabones productivos, la clase trabajadora está siendo expulsada debido a un fenómeno de asfixia inmobiliaria. Los precios de las propiedades han escalado a niveles prohibitivos e inverosímiles, devorando incluso aquellos barrios históricamente considerados inseguros o populares.

El pasado 14 de febrero, la realidad del mercado se hizo presente durante un Open House en West Adams, al oeste del centro de Los Ángeles. Se trata de una comunidad flagelada por una agresiva gentrificación, espoleada en gran medida por la expansión de la Universidad del Sur de California (USC). Allí, una residencia de construcción nueva, erigida sobre un terreno visiblemente reducido y bautizada formalmente por la firma inmobiliaria como el proyecto de Rimpau Blvd, fue enlistada en el mercado por la escalofriante suma de 1.9 millones de dólares.

Haciéndonos pasar por un matrimonio joven en busca de su primer hogar, recorrimos la estructura de cuatro habitaciones y cinco baños. El diseño del inmueble delataba su naturaleza netamente comercial; un sinfín de escaleras empinadas lo convertían en un espacio hostil para ancianos o personas con capacidades motrices diferentes. Sin embargo, el hallazgo más alarmante emergió al desenterrar el historial registral de la propiedad.

El expediente desnudó una táctica financiera fraudulenta empleada por desarrolladores inmobiliarios para inflar artificialmente el valor del suelo: un esquema similar al Wash Trading o transacciones de lavado del mundo del arte. A través de una red de corporaciones hermanas, los inversionistas se compraron y revendieron la misma propiedad entre ellos de manera sucesiva, simulando una revalorización comercial inexistente con el único fin de fijar un precio de salida artificialmente alto ante los ojos del público. El cascarón de Rimpau Blvd cambió de manos corporativas cuatro veces en tan solo los últimos dos años.

Pero las simulaciones transaccionales en la compraventa de inmuebles representan apenas una de las tantas estrategias corporativas para alterar el libre mercado. Un reportaje de investigación de la agencia ProPublica, titulado “Rent Going Up? One Company’s Algorithm Could Be Why”, destapó una intrincada red de colusión tecnológica operada por la empresa RealPage a través de su software YieldStar. Este algoritmo era alimentado deliberadamente con información confidencial y métricas internas de arrendadores corporativos competidores. Al procesar estos datos privados, el programa coordinaba las tarifas de alquiler entre los distintos propietarios de la zona, obligándolos a actuar en bloque como un oligopolio automatizado.

La perversión del sistema radica en que el software ordenaba a los caseros corporativos congelar e incluso elevar los precios de las rentas aun cuando no existiera demanda real. El algoritmo determinaba que era financieramente más rentable practicar el warehousing (mantener un porcentaje significativo de departamentos vacíos por diseño) antes que bajar los precios de alquiler para ajustarse a las necesidades de la comunidad. Esta manipulación algorítmica desató una histórica ofensiva legal en los juzgados por parte de la Fiscalía General de California y el Departamento de Justicia federal, quienes acusaron a la firma de fijación ilegal de precios.

Aunque este blindaje algorítmico se originó en el sector de los arrendamientos colectivos, el mercado de venta de inmuebles residenciales ha imitado la misma conducta de resistencia artificial. Durante sus breves minutos de descanso en los trayectos de la Línea K del Metro, Anthony repasa obsesivamente la aplicación de Zillow en su teléfono celular. Las casas en las inmediaciones de su vecindario actual no bajan de los $750,000 dólares, una cifra que los ingresos conjuntos de su hogar no tienen posibilidad de absorber.

Para el hogar de Anthony, la única alternativa real de adquirir un techo propio implica el destierro: comprar una vivienda fuera de las fronteras del condado. Esta decisión conlleva sacrificar al menos 60 minutos diarios de su vida al volante en los colapsados freeways angelinos, perder la red familiar indispensable que le apoya con los cuidados cotidianos de su hijo y comenzar desde cero de manera aislada en un vecindario remoto. Es una dolorosa concesión que evalúan postergar hasta que el menor crezca; por ahora, la familia resiste viviendo hacinada en la casa de huéspedes de los padres de Anthony.

Esta expulsión sistemática ha desplazado a miles de familias trabajadoras, mientras el inventario inmobiliario permanece estancado por puro cálculo corporativo. La costosa propiedad investigada en Rimpau Blvd acumula más de 100 días expuesta al sol en las listas de venta sin hallar un comprador real, una anomalía que evidencia la parálisis de una oferta divorciada de su demanda. Recientemente, los desarrolladores aplicaron un recorte insignificante de $30,000 dólares al precio original; una migaja frente a un mercado de compradores locales que simplemente no puede reaccionar.

La desconexión total entre el ladrillo y la carne se materializa de forma monumental en el corazón urbano de la metrópoli, en el esqueleto de las llamadas Torres Grafiti de Oceanwide Plaza. Ubicado estratégicamente frente al recinto del Crypto.com Arena y el Centro de Convenciones, el megaproyecto original proyectaba levantar un hotel de cinco estrellas, un centro comercial y 504 condominios residenciales de ultralujo. Sin embargo, la obra se congeló en 2019 tras la bancarrota de la constructora de capital chino que ya había sepultado en el predio más de $1,100 millones de dólares.

El abandono de los colosos corporativos abrió las puertas para que cientos de artistas urbanos de la calle intervinieran las fachadas con aerosol, transformando el monumento a la especulación global en una imprevista postal turística de resistencia callejera. El capítulo del lienzo urbano concluyó en febrero de este año, cuando el tribunal de quiebras autorizó la venta de la estructura a un consorcio de inversionistas locales liderado por KPC Group por la cantidad de $470 millones de dólares; una auténtica ganga que representa menos de la mitad de la inversión inicial.

Los nuevos propietarios han prometido inyectar el capital necesario para concluir los interiores y borrar el arte de los muros, con el propósito de introducir finalmente las unidades residenciales al mercado. No obstante, los departamentos están proyectados para salir a la venta con tarifas que inician en los $1.5 millones de dólares. Estas jugosas gangas y remates judiciales de miles de millones de dólares ocurren exclusivamente en las cúpulas corporativas. Al igual que las familias desplazadas por los algoritmos informáticos, Anthony y los trabajadores que operan las venas de Los Ángeles están destinados a pasar la vida atrapados en el tráfico, contemplando desde lejos las luces apagadas de los edificios vacíos.

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