En un cielo de nubes penumbrosas
aquel colibrí lucha contra las ráfagas.
¿Por qué no se ha refugiado en un laurel?
Las lenguas de lluvia arrojan gotas como piedras
y derriban su vuelo.
Yo solo espero ver los charcos
hundiendo los barcos de papel.
Que el diluvio no toque mis canas.
Los pétalos se adornan de rocío.
La tierra muda la piel. Hongos
aprovechan para crecer desesperadamente.
Sobre la calle ha muerto el colibrí;
y un gato lo recoge
para sepultarlo en su arenal.
Ha escampado demasiado tarde.
Vuelven los rostros resplandecientes.
El sol, por respeto, no aparece
hasta que las torquesitas
terminan con su fúnebre cántico.
Dios no me dio alas para poder salvarlo.
Pero… ¿quién soy para evitar la muerte?
¿Quién para decretar la vida?
Nadie. Más que un humano
resguardado bajo las tejas de su casa.