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La Princesa Mononoke: Una carta de reflexión sobre la naturaleza. Por César Ruiz de Flámina Films

Hoy vamos a hablar de una de las obras más complejas y  con más trasfondo del Studio Ghibli. Una obra que de igual manera es una joya de la animación japonesa, de la animación universal y de la cinematografía en general, hablamos de: La Princesa Mononoke.

Comentemos antes un poco acerca de su estudio creador: Ghibli. El estudio que se ha caracterizado por brindarnos obras cuidadas hasta en los pequeños detalles, desde lo visual hasta lo narrativo. La Princesa Mononoke es obra de la gran imaginación de Hayao Miyazaki, quien es, además, uno de los miembros fundadores de Studio Ghibli junto a  Isao Takahata, Toshio Suzuki y Yasuyoshi Tokuma. Es sin lugar a dudas el director más reconocido dentro del estudio, el que ha dado  varias de las películas más exitosas y aclamadas por la crítica y por el público en general. Tales como: El Viaje de Chihiro (2001), Mi Vecino Totoro (1988), El Increíble Castillo Vagabundo (2004), Porco Rosso (1993), El Castillo en el Cielo (1986) y Kiki entregas a domicilio (1989).

Dentro de su amplio recorrido podemos encontrar filmes precedentes a Ghibli como Nausicaä del Valle del Viento (1984) o el Castillo de Cagliostro (1979), de la popular serie Lupin III. Miyasaki y Ghibli siempre se han caracterizado por su profundo compromiso en crear animación de calidad y transmitir mensajes antibélicos y por un profundo amor hacia la naturaleza, cosa que, en este caso, tampoco cambia y diría, sin duda, que en la Princesa Mononoke junto a Nausicaä y la Guerra de los mapaches (Isao Takahata,1994), es donde más claramente podemos ver esa crítica hacia la destrucción y falta de respeto que muchas veces los seres humanos cometemos al medio ambiente.

Miyasaki y su obra han recibido elogios  de grandes figuras del cine, como del denominado “emperador del cine japonés” Akira Kurosawa, que en una carta al director escribió:

“Siempre estoy entre risas y lágrimas ante el magnífico espectáculo de sus películas animadas. La belleza de las imágenes, su sentido de lo natural, su simplicidad no dejan de conmoverme. Me alegro al pensar que realizadores como usted han sabido lograr su independencia frente a los grandes estudios japoneses, que no han sabido evolucionar y han perdido el verdadero sentido del cine”.

La Princesa Mononoke llegó a los cines en el ya lejano 1997 e inmediatamente se convirtió en un éxito en el país del sol naciente, ya que  fue la película más taquillera en la historia de Japón hasta la salida de Titanic unos meses más tarde; así como la película animada más taquillera hasta la salida del siguiente largometraje de Ghibli y Miyasaki, El Viaje de Chihiro. La película también fue un gran éxito fuera de Japón y fue el parteaguas para que Ghibli y Miyasaki se dieran a conocer en occidente. Como dato curioso: el polémico productor de cine Harvey Weinstein quiso recortar la cinta de 135 a 90 minutos para su comercialización en los Estados Unidos, cosa que no consiguió debido a un acuerdo entre Ghibli y Disney (que se encargaría de distribuir sus obras en Estados Unidos) donde se le daba a Miyasaki el control sobre el montaje final de sus películas, incluso Miyasaki envío como regalo al productor una Katana acompañada del mensaje “sin cortes”.

Ahora sí, dejando un poco de lado tantas curiosidades y antecedentes, pasemos más  concretamente a nuestro objeto de análisis: “La Princesa Mononoke”.

Nosotros que hemos crecido en occidente podríamos pensar a simple vista que esta es una historia más de príncipes y princesas, de esas a las que tanto nos tiene acostumbrados Disney, pero  nada está más lejos de la realidad. Para empezar, el título de “Mononoke” no es el nombre de la princesa, sino que su traducción literal vendría siendo “Espíritu vengador”, por lo cual podríamos entender el título como “La princesa de los espíritus vengadores”, que va muy acorde con la trama como ya lo comentaremos. Desde ahí ya vemos que los matices que nos pinta la película son algo diferentes y es que, en mi opinión, esta es la película más fuerte de Ghibli, superando incluso a “La tumba de las Luciérnagas” (Isao Takahata, 1988) ya que cuenta con escenas bastante gráficas y por demás, el mensaje que transmite es bastante fuerte y complejo.

Nuestra aventura comienza cuando un  jabalí convertido en tatarigami (unión de los términos “tatari” que significa venganza o maldición y “kami” que significa espíritu sagrado) ataca una pequeña aldea, éste es asesinado por el príncipe Ashitaka, pero una poderosa maldición que amenaza con acabar su vida recae sobre él, es así que se ve obligado a partir en un viaje en busca de una posible cura. A través de esta aventura vemos cómo Ashitaka se ve inmerso en un conflicto entre los habitantes de la ciudad de hierro liderados por la imponente Lady Eboshi y los espíritus del bosque, con la tribu de lobos liderada por Moro, una diosa lobo, y su hija adoptiva humana: Sam. El conflicto se da principalmente porque para el progreso de las fundiciones es necesaria la destrucción del bosque y obviamente los espíritus de este último van a defender, con todo, su hogar. No es la típica historia entre el bien y el mal, sino que ambas partes desde sus puntos de vista tienen un porqué bastante bien justificado de sus acciones, es una cuestión de perspectivas.

Podríamos pensar que Lady Eboshi es la “mala” en esta situación porque la ciudad de hierro está destruyendo la naturaleza, pero también se nos muestra como ahí ella dió cobijo a las prostitutas y enfermos de lepra (grupos vulnerables y marginados). Por otro lado, Sam tiene un profundo odio hacia los seres humanos (y con justa razón) debido a todo el daño que han causado al bosque. Podemos ver que Ashitaka se encuentra dividido por ambas posturas y tiene cariño por ambos bandos, aquí es donde particularmente resuena en mí una frase que recibe nuestro personaje al inicio de la aventura “observar con ojos carentes de odio”, ya que Eboshi y Sam están enfocadas en destruirse mutuamente y no buscan una convivencia armónica entre la ciudad de hierro y la naturaleza. Esto me recuerda mucho a los tiempos que vivimos donde por ideologías políticas, religiosas, morales, etc. Siempre estamos buscando la polarización y no la unión: creemos que si algo o alguien no es como nosotros debe ser destruido.

Otro aspecto increíble de la película es lo relativo al folclore japonés y su mitología. Ya hemos mencionado términos como “Mononoke” o “Tatarigami”, pero toda la película tiene una fuerte influencia del Sintoísmo, la cual es la segunda religión con mayor número de fieles en Japón, está basada en la veneración de los “Kami” o espíritus de la naturaleza. En la película encontramos otros espíritus de esta índole como los “Kodamas” (francamente adorables, aunque algo creepy), los cuales en el folclore japonés  habitan los árboles y se disgustan ante aquellos que no tienen respeto por el medio ambiente y pueden buscar venganza, aunque les gusta compartir su conocimiento con quienes saben cómo comunicarse con ellos, guían a los viajeros a través del bosque, de éstas y más referencias está repleta la cinta.

En el aspecto musical ¡es simplemente épica! Con la labor del gran Joe Hisaishi, uno de los más grandes compositores que mis oídos hayan escuchado en el cine, quien trabaja regularmente con Miyasaki. En esta ocasión me gustaría resaltar la pieza “Legend of Ashitaka” que, sencillamente, es una delicia auditiva, aunque toda la banda sonora en general da una excelente ambientación y carga la cinta de epicidad.

Ha sido muy difícil escribir sobre esta película por todo lo que significó culturalmente en su momento, por todos los elementos que contiene: toda esa mitología y folclore, por su temática y perspectiva. Simplemente tienen que vivirla. La pueden encontrar en Netflix.

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