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Mi Abuelo, Jesús Carlos Sánchez Por: Lucy Cruz Carlos

Hace unos días falleció mi abuelito, desde niña mis papás me inculcaron decir abuelitos y no abuelos, decían que era de respeto, pero ahora creo que sin importar cómo les digamos siempre los vamos a adorar.

Quise mostrarle estas líneas antes de que partiera, pero no siempre se lleva las de ganar.

Ese hombre que era el, es algo que me llevaría años terminar de describir, mi abuelito era una persona muy respetada y querida por toda la gente, un gran ejemplo a seguir, el era una persona que usaba botas de trabajo, ya sabes, de esas botas crucero, de tubo alto de un color miel, aunque en sus últimos años ya no las podía calzar, usaba sombrero, su cabeza lo había empezado a portar desde que tenía 9 años, una vez me contó que en la primaria lo llevaba, fue un niño que cursó hasta la primaria, pero que sabía tantas cosas de historia y matemáticas como nadie, que no llevó cuadernos, que usaba pizarras y gis para tomar notas, era un acreedor de una hermosa caligrafía, siempre usaba camisas con botones vaqueros, pantalón wrangler con cintos piteados, uno de ellos con sus iniciales o el fierro de marcar ganado, siempre llevaba una pluma y una pequeña libreta en la bolsa izquierda de su camisa.

Fue una persona trabajadora, trabajó décadas ininterrumpidas, que años más tarde le cobrarían factura, su oído fue uno de los primeros en fallar.

Por las tardes, era común que estuviera viendo Cine Mexicano, sus favoritas eran con Infante, Negrete y Aguilar, siempre contaba anécdotas, y no cualquier historia, tuvo trato varias veces cuando era joven con dos divas del cine de la época de oro, Elsa Aguirre y Marycruz Olivier, según por pláticas de él, que había manejado en sus tiempos a la Ciudad de México con menos de $300 de gasolina, cuando nos contaba la historia del charro Juárez, cuando trabajó en el rancho Chalino Sánchez, el origen de un rancho que adoraba y que era su vida y sobre todo ese México que nunca volverá.

Cuando salía por la mañana me deseaba que me fuera bien, ahora sé que en realidad quería que regresara sana y salva a casa después de mi rutina, repudiaba la inseguridad que se vive día con día.

Nació en 1930, cuando fue el primer mundial y cuando se descubrió Plutón, era uno de los pocos afortunados que cumplía años dos veces al año (legalmente) pues cumplía años en junio pero su acta estaba marcada en julio, decía que donde había nacido pasó un incendio y se modificaron los libros del registro civil.

El poseía una mentalidad llena de valores, era fiel al amor de su esposa, que por más de 60 años de casados nos enseñó lo que es el amor verdadero, en la salud y en la enfermedad. Ambos construyeron un hogar lleno de amor, que tiene una sala donde hay muchos trofeos de ganado, un patio lleno de macetas, que extrañan sus cansados pasos al atravesar ese gran patio de color verde, de un verde brillante aunque fuera invierno, se sentía el calor de su presencia a cada paso que daba, tenían un gato que hasta hoy, me pregunto, ¿cómo explicarle que su amo no estará, por más de que maúlle en la puerta de la cochera?

Ahora qué pasó el suceso trágico de su muerte, sólo pido tener en mi genética, al menos la mitad de su responsabilidad, una de sus mayores cualidades: ser trabajador y la cantidad de fe que él tenía, ¡ah! y también hubiera querido saber esas miles de adivinanzas que hasta hoy, nunca supimos la respuesta de muchas y ese juego de matemáticas que te hacía imaginar un número y lo terminaba adivinando.

Hay cientos de cosas que tengo que agradecerle, una de ellas haberme dado un techo estos últimos 7 años, pero existe una cosa más importante que agradecerle, gracias por haber criado y traído a este mundo a mi mamá y sobre todo haber formando una familia como la que somos.

Gracias abuelito por compartir su sangre conmigo, haré todo lo posible por llevar una vida como la que usted llevó, una vida intachable, de provecho y de bien.

Ojalá todos llegáramos a ser como nuestros abuelitos, ¿se imaginan?, sería un mundo mil veces mejor.

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