MÚSICA DE FONDO Por: Viridiana Quintero

Yo era la fuente de la discordancia, la dueña de la disonancia, la niña del áspero contrapunto. Yo me abría y me cerraba en un ritmo animal muy puro.

A.P.

En la cima de la alegría, con la tarde imbuida en silencios turbios, con el jardín prohibido que nos abraza; aquí escribo con sangre mi sentencia:

Escribo que eres mío para internarme en el infierno.

E s c r i b o  q u e  e r e s  m í o…

y el latente final de la bestial concupiscencia nos persigue.

Escribo que eres mío y de la mano recorremos todo un mundo, y el mundo es una escalera en espiral que desciende y juntos, como perseguidos por el tiempo, bajamos apresurados. En cada escalón, el símbolo mortal nos acecha y tú, hermosísimo, me abrazas porque al final nos espera el abismo.

Pero el abismo no importa porque soy también la Niña que te presciente mientras juega, anclada a su existencia, bajo la sombra de la higuera.

¡Cuántos secretos guarda la higuera!

p a r a  i n t e r n a r m e  e n  e l  i n f i e r n  o…

y me acerco a las palabras para desmembrar el mundo.

Para internarme en el infierno, basta una palabra. Y una palabra bastó también para crear el mundo. Y cada palabra desde su entraña no es más que una creadora irresponsable y sentenciosa.

Pero el inicio no importa porque soy también la Vieja que te recuerda mientras naufraga, liberada de sí misma, entre azucenas.

¡Cómo saben escuchar las azucenas!

Nuestra música de fondo es la gota solitaria sobre el tejabán, es el último suspiro de una hoja,

es el silencio absoluto del mar.

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