Colabora en [email protected]

Es rara la ocasión en que hacemos caso a nuestro instinto, porque nos hemos acostumbrado a que la voz del resto es más valiosa que la propia; después de todo, en masa, el ruido es aún más estridente, ¿no? Pero para cada uno de nosotros, hay al menos un recuerdo en dónde al dejarnos guiar por los sentidos nos hemos salvado (o a otro) de aquellos seres que tienen algo oscuro en el corazón.

Transitan a la par del resto, mismos lugares, similares caminos. Y se sumergen en alguna rutina que les ocupe el mayor tiempo posible. No saben estarse quietos, no pueden: si empiezan a abstraerse en pensamientos propios (y sin nadie que funja como receptor) su maldad comienza a consumirlos; así de dañinos resultan.

Para la primera impresión, el aspecto físico es lo más importante: son bellísimos (en los estándares impuestos) desde cualquier ángulo posible, y cuentan con la habilidad innata de perfeccionarse cada parte del cuerpo, siempre echando mano de todos los artilugios que la industria ofrece: textiles, maquillaje, fragancias, tratamientos, tinturas. Y debe ser un trabajo continuo, porque en algún punto la oscuridad que contienen será visible.

Son espectros, sirenas modernas, seres malditos que van introduciendo la longitud de su lengua por todos los rincones del cuerpo de sus víctimas: los ojos, los oídos, la boca, la piel… casi siempre en el mismo orden. Algunos tienen ojos claros, y ahí es más simple identificar el veneno que les recorre y baña los sistemas; si los tienes cerca (lo suficiente) y logras distraerlos, puedes asomarte a sus pupilas y ver los remolinos turbios que pululan dentro, es un líquido espeso que recuerda a la brea.

Los aromas que desprenden siempre han de ser dulzones, empalagosos e invasivos, porque al adormecer el olfato se garantiza que el olor putrefacto no sea percibido. ¿No les pasa que, intempestivamente, en cualquier sitio donde se hallen, un olorcillo a tubería sucia se hace perceptible? ¡Seguro hay alguno cerca!

Les cuesta trabajo esconder del todo la crueldad de su naturaleza desdeñosa, por lo que llaman franqueza a sus modos cínicos de tratar al resto: “yo digo la verdad sin filtros”, “así soy y me encanta”, “no puedo cambiar mi forma tan auténtica de ser” … No les importan las personas, únicamente esperan obtener de ellas todos los beneficios posibles, y una vez agotados todos los recursos, pasar a una nueva fuente que lo provea todo.

Su divertimento principal va de la mano de crear conflicto, de entrometerse en los lazos amorosos que su víctima ha tejido a través del tiempo. Y disfrutan humedecer esos hilos con su saliva, sustancia lechosa que carcome hasta la fibra más profunda. Misma saliva que va quemando la piel receptora, al punto de acostumbrarla al dolor frecuente.

Usualmente llegan al mundo en grupos de tres, porque en ese número su poder se mantiene equilibrado: esos tres entes se llaman hermanos, y a los ojos de los comunes son el claro ejemplo de unidad. Pero dependen enteramente de la cercanía entre ellos, por lo que no es amor lo que los hace homogéneos, simplemente es la necesidad de seguir creciendo y mantenerse estables.

Hay que irse con cuidado por la vida, porque ésta es tan breve que no hay necesidad de dejarse consumir. Debemos cerrar los ojos y aprender a ver con las almas, porque son éstas las únicas capaces de identificarlos ipso facto. Esas partes intangibles y sublimes (muchas veces ignoradas) son las que nos mantienen a salvo de éstos peligrosos modernos humanos.

Uso de cookies

Golfa.mx utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de usuario. Si continúas navegando estás dando tu consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies. ACEPTAR

Aviso de cookies

Un proyecto Editorial de Mats Media