Parálisis por José Reséndiz

 

 

Juventud ingenua la mía,

alquile mi libertad por un trabajo

y empeñé mi salud para poder sobrevivir.

Sin darme cuenta, el tiempo

se me ha escapado de las manos

como una hemorragia en el tórax

de origen punzocortánte.

Ahora, podría decir a quién quiero

para un buen sexo los findes,

pero me basta y me sobra

tener con quién discutir los miércoles

porque no ya no hay

para el desayuno, el almuerzo y la cena.

O que quiero, por ejemplo,

que mi médico de cabecera

crezca despacio para que sus besos

no pierdan la magia de curarme del miedo,

y que mi mano izquierda

no tenga nunca la suficiente fuerza

para alcanzar el cajón que guarda los barbitúricos

después del último lapso de parálisis.

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