Para poder escribir: leo. No con la intensidad con la quisiera, tampoco con la frecuencia necesaria. Lo hago cuando el trabajo no me ha dejado sin cuerpo y sin mente. Pero antes lo hacía porque era una forma de constatar su presencia. Muchas veces, cuando estudiaba, las lecturas de la academia eran un motivo de desasosiego. En parte porque parecía que nunca iba a entender nada también porque no lograba decir o pensar algo que fuese distinto a lo que ahí aparecía. Ante mis ojos algunas líneas se quedaron como una fila de hormigas: siendo interminables. Solía repasarlas con marcadores (rosas o verdes) y hacer fichas bibliográficas y anotar y anotar y anotar. De tanto hacerlo tenía la esperanza de que formaran parte mío como las ventanas de los edificios o las puertas de las casas. Al abrirlos, en mi teoría, encontraría una pequeña yo digiriendo una hoja con un conocimiento escrito y entonces mi cabeza sabría.
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