Abres los ojos antes que la luz inunde las ventanas del departamento. No lo haces por gusto; si por ti fuera, lo harías cuando de las puertas aledañas emana el olor a comida.
Pero tienes que abrir los ojos antes, cuando lo infomerciales aun acaparan las pantallas.
Te incorporas de la cama y anulas el previamente programado tintineo del móvil que arrea el comienzo de la monotonía diaria.
En el transcurso de tu cama a la bañera piensas en que será otro día de mierda. Y luego te preguntas desde hace cuánto perdiste el gozo por salir de casa.
Ni siquiera el recuerdo de tu pareja aminora el desencanto; al contrario, la mierda siempre cae a cubetadas y sientes que la búsqueda del regalo para el inminente tercer aniversario será un lastre. Todas esas ideas te asaltan antes de equivocarte y abrir el agua caliente en lugar de la fría.
Bajo la regadera, te causa gracia pensar que la palabra “Mierda” ya te es más común que los “Por favor” y “Gracias”.
Mierda de desayuno.
Mierda de tráfico.
Mierda de jefe.
Mierda de subir escaleras hasta un tercer piso.
Mierda de ventisca que tintinea en las ventanas.
Tu mañana fluye frente a decenas de rostros de los que solo recuerdas dos o tres nombres. Y las divagaciones de siempre: "¿Por qué ilusionar a esta gente? Si seguramente van a acabar sirviendo a otros. Esta institución mejor debería implementar las materias de Adulación y Perdida de esperanzas".
Una carcajada proveniente del imbécil-que-siempre-se-quiere-hacer-el-chistoso te regresa a la realidad y con voz firme sueltas un "Sigan apuntando".
Pero te gustaría que esta última orden no la acataran con sus bolígrafos, sino con rifles con las miras orientadas hacia ti. Y entonces sentirías una gran emoción al gritar “¡Fuego!”.
Palabras más, palabras menos. El reloj indica que sacar a la gente del salón es oportuno.
Sí te pagan por cierto tiempo, ¿por qué querer alargar el día? Un minuto no se traduce en pesos.
Mierda de jornada de 8 horas que resulta de 10.
Mierda de la pregunta "¿Va a recoger los trabajos?".
Mierda de ese que quiere hablar contigo después de clases.
Mierda del grupo siguiente que ya espera afuera.
Mierda de no poder fumar en los pasillos.
Mierda de repetir cada dos horas lo mismo.
A las dos de la tarde por fin puedes guardar las tizas. Ni siquiera borras el pizarrón porque recuerdas que el tiempo extra no da ganancia.
Antes de salir por el portón, ocurre de nuevo la conversación nefasta.
El tipo: "Maestra, la estaba buscando. Le mande whats ayer, ¿lo vio?".
Tu mente: "Si, pedazo de imbécil, pero no quiero salir contigo. ¿Invitar a alguien a hablar sobre la evaluación de fin de año? Sutil pero pendeja forma de querer pasar la tarde juntos en pos de que tu verga entre a mis cavidades. ¿Tu esposa está enterada que te gusta repasar el plan de estudios en las camas de tus colegas?".
Tu boca circunspecta: "Sí, pero ahorita estoy muy ocupada. ¿Te respondo al rato, va? Tengo que llegar a otro lado".
Mierda de cuarentón infiel.
Mierda de no encontrar las llaves del carro.
Mierda de semáforo.
Mierda de Eje Central.
Mierda de accidente vial.
Mierda de baches.
Cuando se va la tarde, una botella de vino es un la mejor compañía; los trabajos de hoy pueden calificarse mañana.
A las 8 sacas a Bus a pasear al parque y llegas a casa a contestar mails hasta que la nueva serie de Netflix sobre el-tipo-que-va-a-salvar-el-mundo-pero-solo-sus-amigos-lo-saben te hace dejar de ser eficiente.
Te acuestas minutos antes de la 1 de la mañana y antes de cerrar los ojos, piensas: "¿Y si no pongo la alarma e intento despertar a la hora de la comida?".