Nadie se baña dos veces en un mismo río, aunque no haya agua, ni cauce y todo esté lleno de basura y de mugre. Algunas frases que son imperativos categóricos no caducan. Sólo se van ampliando. Se les añade un código postal, un remitente, un destinatario. Un día, entonces, toca a la puerta y se mete al confín de tu casa que es tu cuerpo. Y se te queda atorado como un nudo en la garganta, pero muy pequeñito. No sabes cuándo va ahogarte porque cuando algo es interno es más difícil percatarse. Lo asocio con esas torturas en las que ponían a un sujeto a que le cayera una gota de agua en la frente hasta que lo erosionaba por completo desde la piel al hueso.
Las emociones parecen algo tangible porque te enojas cuando se te meten en la fila, te entristeces cuando se te acaba la fruta, odias cuando un rico se vuelve cada vez más rico, pero tampoco son tan claras cuando no puedes llorar. Cuando ocurre y no sabes por qué. Cuando te duermes en ese acto o cuando pasa en sueños y abres los ojos y de hecho la almohada aparece mojada.
Tu propia agua turbia: lodo: arena movediza.