Somos como la cachipolla que se entera que es adulta en su primer día de nacida. Quizá nos pase porque, cuando somos niños, queremos ser adultos y, cuando llegamos ahí, añoramos la juventud. Pienso yo que, en este sin saber ser, habitamos ambas edades, pues nunca llegará el día en que la curiosidad y la risa nos falten, aunque las obligaciones y las deudas nos sepulten.
La entrada al Mesón de San Antonio para la obra Pianina, de la Compañía Moebius va acompañada de una rosa roja que seduce al público hacia un mundo brujo de clown y Rachmaninoff. Mas este público no es una Alicia siguiendo a un conejo, sino uno que regresa del mar con los restos de un pez enorme. Sin embargo, la ilusión no se inmuta.
Los altavoces irrumpen pidiendo absoluto silencio, pues la concertista es muy distraída. Pianina entra a escena con un vestido cuyo rojo las rosas presentes envidian. Unos guantes blancos y unas mallas de cebra lo complementan. Su rostro es el de una bella mimo de cabello largo y negro. No cualquiera puede interpretar el Concierto de piano núm. 3 de Rachmaninoff.
Un saludo mudo de su mano rompe el silencio. La audiencia saluda y ríe siguiendo los movimientos de Pianina, que, al señalar un letrero, junto a un teclado, leído por una persona en voz alta: “Tócame”. La expresión en el rostro de la mimo lo dice todo; el doble sentido estalla en carcajadas.
Un señor que, al enterarse personaje por ser nombrado ajustador de un piano desafinado, sube a escena y, cual actor del método, conecta inmediatamente con la espontaneidad de ser un payaso de cara blanca y del absurdo, haciendo de este acto uno de los más divertidos y memorables de la obra.
Entre las caóticas distracciones, los desperfectos del teclado y una incorrecta música de sabor tropical, Pianina, por fin, se dispone a dar su concierto; pero, entre humo y luces azul neón, una voz de ultratumba emerge. Es el espíritu de Rachmaninoff que llega a escena para dar la clave de su difícil pieza. “Concéntrate, concéntrate”, dice el eco de una voz; “se requieren tres habilidades para lograrlo: coraje, intensidad y audacia”.
Al desarrollarse la obra teatral, se notar una moraleja implícita, no importa si se es niño o viejo, o si, como el ajustador, se es ambos; la enseñanza es para todos. En una vida que pasa en un instante, las distracciones pueden alejarnos de aquello a lo que hemos venido, la clave está en la concentración y la pasión por lo que hacemos.
Incluso a la talentosa Pianina, con esas tres habilidades, le es difícil lograr la perfección que exige Rachmaninoff. Con coraje, intensidad y audacia curva los teclados bajo efectos vorticales que siguen la trayectoria de sus dedos. Aun así, no logra alcanzar el clímax de la pieza, por lo que, derrotada, sale de escena para no volver.
El público la anima, le aplaude y la llama, pidiendo, sin saber, la última parte de la moraleja: nunca darse por vencido. Pianina, vuelve a intentarlo, pero esta vez no está sola; entre el público, tres personas salen a ayudarla, quienes representan las habilidades requeridas para el Concierto para piano núm. 3 de Rachmaninoff. Juntos comienzan una vez más.
Los cuatro teclados vuelven a retorcerse ante los enloquecidos dedos y cabezazos que dan sus intérpretes para llegar al punto tan anhelado, con el que el autor creó su obra. Lo imposible por fin hecho.
Entre aplausos, las flores rojas vuelan hacia el escenario para unirse a una rosa mucho más bella: el teatro clown.

Pianina
Moebius Teatro Clown
11 de octubre de 2026
Catacumbas del Mesón de San Antonio