12 de octubre, 5:00 p.m.
Con ese azul profundo, infinito, que realza el color de los vestigios coloniales y otras joyas puestas ahí, el cielo de Guanajuato capital es tan hermoso, tan único. Lo es más en Cervantino, como si una capa de magia lo recubriera, creando una cápsula de asombro donde el tiempo no transcurre, aunque la realidad es otra muy distinta a esa fantástica postal.
Bajo el manto celeste, vestidos de blanco y en solemne silencio, marchan un centenar de jóvenes universitarios, como en aquellos pasajes donde el Quijote contemplaba el cortejo fúnebre, escuchaba atento y concluía uniéndose al duelo con una frase compasiva y justa.
El rostro de Joan va al frente, en una fotografía enmarcada; le siguen sus amigos, sus docentes y muchos otros desconocidos que, desde que comenzó a circular su búsqueda, aprendieron a conocerlo, a reconocerlo y reconocerse, sus intereses, sus sueños, las oportunidades que se le estaban abriendo, su sonrisa, el brillo de su mirada, su voz.
Compartimos el origen, algo de la ocupación y hasta el nombre… ¿Si mañana fuera yo?, pienso, al igual que todo el colectivo, que la gente en las aceras al leer las consignas y uno que otro reportero, porque es lunes, día prácticamente muerto en el programa del Festival Internacional Cervantino (FIC), y ya no hay prensa nacional.
Cruzan la calle 28 de septiembre que, metros arriba, se transforma en Positos, mientras las artistas de esta noche, raperas feministas, ingresan a los camerinos de la Alhóndiga para preparar su función.
Ese día, el Cine Club cedió la escalinata de “la Colmena” para el homenaje a una de sus “abejas” y, ante el tímido fulgor de las velas sobre la cantera, es imposible no cuestionarse sobre el contraste de esta ciudad cervantina. ¿Cómo persiste la alegría del festival mientras impera un inmenso dolor?, ¿cómo coexisten el entusiasmo del marketing y la rabia de las expresiones artísticas que denuncian tanta frustración?
Porque no solo falta ese muchacho, aunque la investigación apunta a un accidente; también falta Félix, desde la tragedia julio, y su amable saludo en la estación de vigilancia adjunta a las galerías; ellos y tantos otros cuya ausencia nadie ha alcanzado a notar hoy.
28 de septiembre, 11:00 a.m.
Dos lunes atrás comenzaría la búsqueda, pero, en ese momento, en la gran fiesta de la ciudad y la entidad, que no es el Cervantino, otro era el tono de la protesta ante una febril ciudadanía y contingentes de los 46 municipios: la violencia ejercida hacia estudiantes, aún con carita de niños, por el poder de la policía municipal, su traje azul marino, sus botas con casquillo, su patrulla de luces rojas y la fuerza bruta autorizada para castigar so pretexto del orden. Tan distintos a Jaime, el oficial del estado que estrechará mi mano unos días después en la Alhóndiga, diciéndome afablemente su nombre para inspirar confianza y brindarme su servicio.
Al pie del antiguo palacio legislativo, con sus mejores trajes y pinta de pueblo, rebozo y sombrero, sonríen las mujeres gobernantes, una haciendo gala de su habilidad para la escucha ante las cámaras; otra, manteniendo la sonrisa intacta como si el reclamo fuera un ligero percance, una simulación, una ocurrencia juvenil.
11 de octubre, 6:30 p.m.
Apenas hace unos minutos, en el Teatro Cervantes, concluyó la tragùdia de Edipo, montaje de una prestigiosa compañía italiana. Al salir, la audiencia culta comenta el impacto de la catarsis aristotélica ante la agonía lograda por el coro y la actuación del héroe, como en la antigua Grecia, además del empleo magistral de los recursos escénicos para dar un toque contemporáneo, poético y propositivo a la densa adaptación.
Mientras tanto, en el refugio del Puente Campanero y con su discreto vestuario negro, Luisa despierta una emoción quizá más trascendental en los ojitos de numerosos niños y gente mayor, quienes ríen, se emocionan y hasta se asustan con las aventuras de su lobo-títere narradas por la música de “el Grillo cantor”. Quizá, décadas después, también decidan dedicar sus vidas al arte tan solo por este recuerdo, como lo han confesado varios artistas maduros en las tablas del festival.
Aunque en la calle y espontánea, esta función no es improvisada; ha tomado años de formación académica, inversión, práctica, entrenamiento y vocación, dirigida a un público mucho más exigente y auténtico que el del arte clásico, el cual da a cambio una sonrisa y un par de monedas, fundamentales para hacer rendir el salario de la joven teatrera.
8 de octubre, por la tarde
Bajo el mismo puente, un músico toca la jarana junto a un cartel, “El Cervantino callejero resiste”, y la gente baila a su paso, sobre todo madres e hijas ―como yo cada día con los sones en mi habitación de estudiante, ahí arribita desde mi balcón―. Pero pronto es interrumpido por los agentes de fiscalización, al igual que muchos otros, pues no son del contentillo de la alcaldía y ni siquiera se les permite gestionar un permiso de comercio o trabajo, menos hablar de la posibilidad de cubrir la altísima renta de una plaza o un teatro, aunque a selectas amistades se les ha financiado mudar un departamento propio como antesala para una exposición (pero eso no lo hizo el municipio, fue el estado).
15 de octubre, por la noche
El Teatro Juárez recibe en su interior a un cuarteto francés y, afuera, a artistas urbanos e independientes. Con música, alebrijes, teatro, danza, poesía… recuerdan a la ciudadanía y a la autoridad que el Cervantino nació en la calle, que esa es la esencia de la “Fiesta del espíritu”, sin menospreciar las propuestas de alto nivel que (a veces) se muestran dentro de los recintos, apenas costeables para unos cuantos.
El Cervantino es para todos y eso se logra desde la calle.
13 de octubre, tarde-noche
En la calle del Truco hay un piano Yamaha. Lo trajeron el año pasado, aunque solo aparece en Cervantino y esta vez llegó tarde y de repente, sin letrero ni nada, como las mamparas de programación en las plazas.
Durante unos minutos, tal vez una hora, el instrumento se convierte en un salón al aire libre, con una maestra, propiamente sentada, marcando el compás de la partitura, mientras su pupila sortea las teclas con agilidad. Más tarde, recorren el teclado unas manos expertas; luego, otros deditos traviesos y así muchos más.
¿A esto se refiere la elegante señora de la Ciudad de México cuando habla de la recuperación de los espacios públicos y los derechos culturales? Resulta muy conveniente la ambigüedad de esas frases tan diplomáticas y universales.
17 de octubre, en la jornada
La agenda prometía un asombroso pasacalles guanajuatense, que muy bien habría quedado en el desfile tres semanas atrás. Ese es el plan estatal de cultura para este periodo, “de la gente”, recuperar el patrimonio tradicional, por lo que, casi como resistencia ante la autoridad nacional, se asumió el lugar vacío del “estado invitado” (eliminado dizque para incluir a todos, aunque siempre han estado), con un festival propio en la Plaza San Fernando, fuera de la programación oficial.
¿Por qué se siente tan vacío “el festival más grande de América”? ¿Acaso porque la primicia de los eventos se ha concentrado en la gran ciudad, según, para “descentralizar”? Bellas Artes se presume como recinto cervantino en el video de promoción; en realidad, ahí se inauguró esta edición el 1 de octubre, aunque digan que eso solo fue el arranque de otro circuito.
Al menos el Grupo Niche, de Colombia, está viviendo el sueño acuñado por casi medio siglo desde su fundación, pues el escenario de la Alhóndiga es suyo tal como lo imaginaron, con esa legendaria audiencia del monstruo Cervantino que llena la calle y la gradería (aunque en días anteriores estuvo tan sola), pues se hizo a un lado el preregistro para admitir la fila espontánea que tanto ha reclamado la gente local. Sin embargo, los balcones, las ventanas y las terrazas de las casas vecinas están limpios,¿por qué si antes lucían a reventar?
19 de octubre, muy temprano
De la armatoste cervantina ya solo queda la estructura; no logos, ni cables, ni luces, esas se quitaron con presteza hace unas horas en cuanto terminó el concierto de clausura, y la vida de la ciudad retoma su curso, con las canastas de pan listas antes de que el sol despierte.
En el Palacio de los Poderes, se reúne la prensa, la poca que queda, para cotejar los números que, en la noche, envió el equipo de festival antes de salir corriendo. Pero esta reunión no incluye a ese personal, solo a autoridades locales que tienen otros datos sobre la actividad turística de acuerdo con sus intereses (eso aquí es lo importante, siempre), además de una que otra cifra sobre cenas con chefs franceses, vinos sanmiguelenses, centenares de empleados de a pie que sostienen la talacha y la fiesta, la cantidad de personas detenidas por faltas en la vía pública y las toneladas de basura recolectadas.
Rescatar el patrimonio y que los creadores de Guanajuato encuentren una plataforma de proyección para públicos nuevos, enuncia la secretaria estatal. ¿No sería mejor crear un festival específicamente para eso? La acompaña un director de teatro comunitario, el cual suma cuatro años en San Roque: “El FIC es un rompecabezas que tiene límites y no pueden estar todos”, dice. ¿Convenía que él representará al gremio?, ¿y el espacio para los proyectos independientes?, ¿y el impulso a la creación profesional?
La administración local apuesta por una “relación duradera con el público”; quieren tejer puentes y que no solo se usen sus espacios, dicen al lanzar una sutil queja sobre que el gran concierto de Denise Gutiérrez, patrocinado por el estado, merecía el escenario de la Alhóndiga (suponemos que les fue negado por la administración nacional).
Entre la audiencia, dos artistas callejeros traen por escrito sus peticiones; se les da el micrófono y denuncian, ante la evidencia de sus experiencias, el sometimiento con el que la alcaldía (y tal vez también el estado y el gobierno mexicano) se empeña en desaparecer las expresiones de calle bajo la excusa de un FIC en transformación: “Lo hacemos con pasión y cariño, pero no solo vivimos por amor al arte; reclamamos el derecho de trabajar con dignidad”.
Y, de nuevo, la cuestión con la que arrancó esta cobertura: ¿quiénes caben en el festival?
