Cantar bajo la penumbra: resistencia drag por David Mondragón

Fotografía: Gabriel Morales (cortesía FIC)
Fotografía: Gabriel Morales (cortesía FIC)

Actuar. La condición que pide la sociedad para formar parte de ella: un guion invisible que dicta qué hacer, cómo verse y quién se supone que se debe ser. Todo queda reducido a una moral que convierte al ser humano en un simple personaje dentro de la gran obra de la existencia. ¿Nadie se atreve a mirar detrás del telón, o es más fácil perderse en el papel y defenderlo a muerte?

Arriba, la luna avanza sin prisa en un cielo vacío de estrellas. Abajo, entre las sombras de un estacionamiento, un clavecín suelta una melodía triste. Y ahí, inmóvil sobre su moto apagada, un hombre permanece cubierto por su casco y armadura de cuero negro.

El canto barroco de una drag queen acompaña su llegada y se mezcla con la melodía de fondo. Avanza caminando lento, envuelta en un ropaje blanco, con coyoleras en sus extremidades, tacones altos y una cabellera rubia. Se acerca al motociclista y, mediante movimientos de extrañamiento, comienza a rodearlo, alza los brazos y comienza una danza lenta, a veces rauda, como de aspecto ritual.

El motociclista sigue inmóvil ante lo que ocurre. A pesar de todo, ella sigue cantando, melancólica y solitaria, rondando como astro a ese hombre-noche que carece de espíritu. Entonces, ¿Qué sentido tiene esta provocación? ¿Busca despertarlo o simplemente asegurar su propia existencia? Porque si él no la mira, ¿ella realmente existe?

El piano cesa. El canto, ahogado entre jadeos, también decae. El ropaje de su torso se desprende mientras sus movimientos se tornan angustiantes y suplicantes. Rompe el espacio personal y comienza a treparse sobre la moto, a acomodar su cuerpo entre los brazos rígidos, acariciando un casco que, al subir la visera, revela unos ojos atrapados. Y aun así, el cuerpo no se mueve.

Fotografía: Gabriel Morales (cortesía FIC)

Un último canto, quizá de esperanza como refugio de aquel que no quiere morir, o que se niega a dejar de ser para encajar en el molde del otro, para ser aceptado. Un destello tiritando en la oscuridad.

No es una historia antigua, perteneciente a las edades oscuras, en la que el clero decidía que personas tenían alma y cuales no. Tampoco en la que el conocimiento fuera insuficiente para justificar la barbarie, dónde la justicia sólo existía para los poderosos del sistema.

Una realidad de las que pocas veces se habla, que nadie recuerda porque las llamadas subculturas no forman parte de la sociedad conservadora, aquella que se autoproclama el molde ideal de valores e ideales para asumirse como los “buenos” de la historia. Estructuras basadas en regímenes totalitarios, de falsas banderas, de libertades reducidas y de patriarcados arraigados. Si así lo fueran, sus manos no estarían ensangrentadas de la gente que exigió lo único que vale la pena en la vida: dignidad.

Pocos años han transcurrido en que la comunidad queer fue marginada, perseguida y asesinada. Instituciones y sociedad lo hicieron por igual. Creando entornos sumamente hostiles y discriminatorios que consolidan un machismo colectivo, una armadura invisible que aísla al individuo y lo condena a ser prisionero de su propio personaje.

Y, sin embargo, la comunidad sobrevivió. Hicieron de espacios clandestinos y oscuros su hogar, teatros, bares underground, cabarets, casas de citas, la calle misma, se convirtieron en parapetos de resistencia. El drag surgió como un acto de supervivencia para expresarse libremente, para demostrar que su arte no solo es entretenimiento, sino activismo político, creación artística, aceptación cultural y deconstrucción de género. Como esta noche, en este estacionamiento, con esta drag queen.

Una chispa enciende las luces de la moto que apunta al cuerpo indefenso. Lenta, como depredador, avanza y se planta frente a ella, la empuja, juguetea, ruge. Ella se defiende, con el cuerpo tenso intenta hacerla retroceder, lo logra unos cuantos centímetros. La máquina recupera terreno, empuja nuevamente, los tacones se doblan, sostienen los tobillos que se descarnan al aferrarse al asfalto. Cede y se mueve para evitar ser atropellada.

Esta vez, la velocidad y la violencia de la bestia dominan y acechan a la presa, al espacio y, seguramente, también a los corazones paralizados de los espectadores, que impotentes, miran cómo el cuerpo es arrastrado por la carretera. Y, tal cual sucede en la realidad, nadie hace nada. Pese al dolor, la drag queen canta hasta apagarse el fulgor que deja al cielo vacío de estrellas.

Radio, Vinci Park, performance a cargo del director Théo Mercier, con la colaboración de Marie-Pierre Brébant en el piano clavecín, Cyril Bourny como piloto acróbata y la impecable actuación de François Chaignaud, dejan una muestra de arte del invitado de honor, Francia, que consolida al drag como un símbolo nacional, de vanguardia y libertad en el marco del 54 Festival Internacional Cervantino.

Fotografía: Gabriel Morales (cortesía FIC)

Radio Vinci Park
Théo Mercier y François Chaignaud
16 y 17 de octubre de 2026
Estacionamiento San Pedro

 

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