Dentro y fuera del festival por Joan Carel y Rebeca Lsp

Cortesía FIC

La ciudad no es más que un terruño, creciente hacia el sur, pero un terruño. El armatoste de las maravillas se erige en un santiamén (bueno… en un par de días) con las manos presurosas de obreros locales experimentados desde hace décadas. El 51 Festival Internacional Cervantino (FIC) ya viene, ya está aquí, pero la gente de a pie, de diario, apenas se da por enterada cuando, de un día a otro, nota que todo ha sido instalado. No es que esta gran fiesta les sea desconocida, es parte de la agenda anual e inamovible con todos sus males; alguna vez les fue querida, alguna vez fue de ellos, pero ahora les resulta no más que un ente foráneo, invasivo, extraño… La algarabía no les pertenece, no están invitados, no se sienten invitados.

Las calles comienzan a llenarse de los colores en turno, de carteles en los hoteles y los restaurantes de las calles principales; comienzan a circular los carros oficiales, a activarse los comercios, los espacios institucionales. Pero esa gente de aquí, la de Guanajuato, identifica las señales como advertencia del estruendo y el caos inminente en los trayectos habituales, pues cerrarán las poquísimas avenidas funcionales y, cual toque de queda, tendrá que ajustar o prevenir a ciertas horas las rutas intransitables. Con fastidio, sabe que los cortes de agua, de la escasísima agua disponible (y de eso nadie habla), serán más constantes, que las calles ya asquerosas (por los orines, el vómito, la mugre) serán aun más repugnantes, que sus jardines y plazas de esparcimiento se llenarán con la fetidez de improvisados tianguis. “Pobre Guanajuato”, se oye de repente decir a una que otra señora grande, a algún viejito yendo al mercado o de regreso de la misa, “esto no es para nada lo de antes”.

El acceso a la Alhóndiga es gratuito y habrá eventos inigualables, pero a la mayoría poco le importa, o bien, no lo sabe, porque la difusión es nula para ellos, en sus espacios, en sus calles; la mayoría, aunque cueste creerlo, no sabe que ahora se hace por redes sociales. Algunos preguntan, especialmente los jóvenes, si esta vez habrá algo más afín a ellos, a sus gustos, a su pueblo, no solo esas cosas fufurufas en los espacios caros, cerrados e importantes. Pareciera que no hay derecho ni lugar para ellos en los recintos icónicos remodelados con millones de pesos del erario público, ésos que, entre guante y pompa, están recién inaugurados, porque nunca, aunque cueste creerlo, aunque caminen ante ellos, aunque sean referencia y punto de encuentro, en su vida han entrado.

Esta ciudadcita es sede internacional de la cultura, llegan a ella seres de todas partes, llega el festival monstruo con su magia apabullante, pero a los de aquí (exceptuando a los grupos cultivados o residentes foráneos) no los toca más que para la chamba, para poner un negocito callejero, para conseguirse un trabajillo de dos semanas, para bajar a darse la vuelta y ver qué se comen, qué hay interesante; a ellos no los cimbra ese mítico arte, quizá porque nunca lo han vivido desde dentro, porque nunca se han sentido parte. 

Los de aquí, los que han estado siempre, los que van a quedarse, los que siguen la vida y su trajín entre cerros y en los barrios, pagando servicios de turista a pesar del poco trabajo mal remunerado, al ver organizarse con eficacia a los elementos policiales (que también son como ellos, de a pie, de a diario) para mantener la cañada a salvo bloqueando el paso, aunque no pasa un día sin nota roja y sin daño, con justa razón podrían quejarse: ¿acaso no hay por atender cosas más importantes?


Dentro

Rebeca Lsp

Aún no son las ocho de la noche, pero en el recinto por excelencia del FIC, la explanada de la Alhóndiga, se vive la emoción expectante en los rostros de la multitud, en la vestimenta elegante de las personas sentadas en las primeras filas, energía alegre y festiva emanando de todos los que sí han conseguido hacerse de un lugar en el foro a tope para la función.

El espectáculo, Broadway va a Hollywood, con la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Guanajuato (OSUG), inicia de la mano de un jovial conductor, quien desata los primeros aplausos del público; éste presenta a las y los artistas que amenizarán la velada: Maren Wade, Doug Carpenter, Brent Barret y la reconocida Niki Scalera. Al fondo del escenario, la orquesta de la casa, bajo la dirección de Roberto Beltrán-Zavala, hace sonar los primeros acordes dando forma a “María”, la primera canción en ser interpretada. Es inevitable, como espectador guanajuatense, asiduo y fiel asistente, no sentirse orgulloso de los músicos, pues en los últimos años no han dejado de tener prestigiosas colaboraciones en ese escenario.

El evento inicia un tanto plano, mas comienza a cobrar intensidad luego de “Somewhere, somehow”, canción donde se reúnen por primera vez los cuatro artistas teniendo como resultado una ovación general entre el público. El ritmo se mantiene durante un par de piezas, pero, luego de “Chicago”, vuelve a tornarse calmado. “Embraceable me” es interpretada por la voz barítona de Doug Carpenter, la cual se desliza con suavidad hasta los asistentes más lejanos; todas y todos nos entregamos con deleite a esa cadencia tranquila.

“Someone to watch over me” fue una de las mejores interpretaciones; el profesionalismo y la experiencia de Niki Scalera son evidentes desde las notas iniciales e indiscutibles al final de la canción desatando los aplausos más eufóricos del evento. Un segundo momento destacado fue el tributo al musical El hombre de la mancha, basado en Don Quijote, en la voz de Doug Carpenter, misma que el presentador anunció como una selección especial en atención al Cervantino. El tercer momento memorable sucedió cuando el reconocido pianista Dr. Phill Fortenberry, tocó un popurrí con algunas de las mejores piezas de musicales hollywoodenses en conjunto con la OSUG, impecable y a la altura del artista visitante.

Si bien, el concierto fue ameno y lleno de talento, pero hubiera sido más satisfactorio apreciar un musical de Broadway completo, en lugar de una colección de piezas dispersas, pues las y los espectadores cervantinos estamos acostumbrados a eventos inaugurales de alta calidad y producción. Este espectáculo no cumplió del todo con las expectativas.


Fuera

Joan Carel

Desde las cuatro de la tarde, las calles aledañas a la explanada de la Alhóndiga están cerradas. Los guardias del recinto se muestran relajados, alegres y amables, invitan a los transeúntes a dar la vuelta por los callejones alternos, aunque se triplique el tiempo y la distancia. La gente intenta negociar, son solo unos metros, es temprano, al interior no hay nadie más que los técnicos, pero terminan cediendo, rodeando, preguntándose por qué no hay acceso, por qué el bloqueo tan amplio; parece que ni los policías del todo lo saben.

A las seis de la tarde ya hay fila, en la parte superior para la gradería y abajo para el área de boletaje. Poco a poco, el sol comienza a ponerse acariciando y haciendo resplandecer la funda amarilla detrás del escenario. Se encienden los generadores eléctricos, aumenta el barullo, crece inmensa la formación y surgen otras nuevas, comienzan a ser frecuentes las preguntas sobre el ingreso, las quejas sobre el prerregistro en línea (agotado a minutos de su publicación), el descubrimiento sobre esa nueva disposición (desde hace tres años) por uno que otro despistado. 

Son las siete y las filas llegan por direcciones diversas hasta el centro, hasta los cerros, mientras van entrando al recinto los artistas, las personas medio importantes que recibirán a las muy importantes. En la parte superior, los que sí tienen código QR esperan la señal de acceso, mientras organizan la protesta quienes no alcanzaron. Comienza la euforia, la decepción, la grilla, los gritos, los chiflidos, las consignas (“¡déjennos entrar, déjennos entrar!”) que, a las ocho de la noche, se quedan en eso, en el deseo, en la esperanza, en la queja y la incomprensión sobre por qué Positos, la calle lateral al recinto, donde “siempre se ha alcanzado a ver el espectáculo”, está vacía y bloqueada, por qué este año no se ha instalado en Dos ríos o Pastitos una pantalla si la demanda y la audiencia, sobre todo si es viernes, es tan grande; por qué parece privado y de élite (sí, sí… el protocolo post-Covid y de protección civil) uno de los pocos eventos gratuitos de un festival hecho con el dinero de todos; por qué esta vez ni el sonido ni la transmisión alcanzan la calle, a las personas locales.

Cortesía FIC

Broadway va a Hollywood | INAUGURACIÓN
13 de octubre de 2023
Explanada de la Alhóndiga

Fotografías: Leopoldo Smith (cortesía FIC)

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