Hablemos del ímpetu de la juventud, contradictoria y perpetuamente juzgado. Sin importar la época, casi por tradición, se escucha la queja de las generaciones maduras sobre la moda, las diversiones, las inquietudes y los desafíos de quienes les suceden, la mayor parte de las veces minimizados por “su experiencia”. En realidad, envidian esa energía vital que se han permitido reprimir; es rencor por lo que a ellos les fue quitado; de eso se trata “crecer”, dirán…
Sin embargo, es precisamente esa actitud “desenfadada”, quizá carente de “visión” a largo plazo, la que ha movido masas a lo largo de la historia y se ha dado el derecho de tomar la rebeldía como una bandera libertaria, creativa y renovadora (para bien o para mal, eso lo decide el futuro).
Las juventudes son reconocidas o menospreciadas conforme conviene al discurso político. Si bien se aplaude una vez al año su vigor e iniciativa con coloridos premios y algunos programas sociales, también se le denigra y se le abusa; basta con mirar el estado ambiental del planeta y las estructuras económicas que asfixian su bienestar y crecimiento, esas grandes ideas y decisiones que la gente adulta impuso para su propio beneficio o por estupidez.
Así, un mundo en ruinas es lo que muestra la escena abierta, una horda juvenil entregada a la decadencia en un rave al interior de un edificio de mármol a punto del colapso.

La gente accede al recinto y, tal cual como ocurre en la calle, en la televisión y en las redes sociales, apenas percibe el estruendo, ni siquiera por la vibración que sacude los oídos y las butacas. Es tarde y buscan sus asientos con prisa, pues se dice que esta es una de las mejores propuestas en el 54 Festival Internacional Cervantino.
Ya en sus lugares, y solo porque la iluminación obliga a enfocarse en la escena, ponen atención, confundidos, al baile feroz que lleva minutos desarrollándose. En ese pequeño cubo abierto para el espectador, la muchedumbre baila en torno a una mesa de DJ desahógando frenéticamente los demonios y rindiendo su admiración al músico, cual tribu, elevando el altar y la imagen de su dios por el aire.
Parejas de todas las preferencias se relacionan dentro y fuera de la fiesta, sobre y debajo de los muros del inmenso edifico, hasta que la violencia llena el cuadro sobre la duela y Rone, el DJ desde las alturas, contempla la barbarie humana que se activa con el desenfreno.
Las luces aportan nuevos matices a la construcción, que asemeja, por momentos, un barco con su capitán en la proa. ¿Se dirige hacia alguna parte?
Desnudos y violaciones se distinguen, entre el humo, por símbolos simples, breves y explícitos; punto de quiebre e inflexión. Un buen número de asistentes salen indignados con sus vástagos (no leyeron la reseña ni la clasificación en la entrada… como si no vieran cosas peores en sus telefónitos, porque así es la realidad en la que caminamos, aunque no le demos la cara).
Los que eran violentados se desnudan y toman en sus puños el castigo de sus agresores. Colapso retumbante del inmueble y descenso entre los escombros; el DJ y su música luminosa. Mientras unos pocos parecen masturbarse con sordidez, (¿acaso por los efectos del éxtasis y otras drogas?), otros limpian los escombros.

Con un efecto de cámara lenta, la horda avanza, pero ya no con la misma energía, sino con una vibra esperanzadora, como un colectivo donde adquiere un armónico ritmo la lucha y el encuentro. La base sonora es un clavecin barroco más un sintetizador de cuyo estruendo emana el alentador ímpetu: el cuadro se mueve en un abrazo que contrasta radicalmente con lo anterior.
Claridad sobre el edificio de tonos beige y naranja; la fiesta se retoma fuera de él, tal vez en la calle, hasta recuperar el derecho y la seguridad de bailar y ser felices todos los días y en todas partes, como un círculo dichoso de energía vital, confianza y libertad.
Impulso, euforia, arrojo. La juventud nunca será un problema, sino lo que se hace con ella, si tiene una motivación y una causa que anime y eleve, o si es el reflejo del abandono y las limitaciones impuestas a sus circunstancias.
Hace apenas unos meses, las redes sociales se sacudieron con una tendencia juvenil que fomentaba la socialización en los espacios públicos a través de la expresión de las mejores “auras” y poses corporales. Esto erizó a más de una persona venerable (y ni siquiera tan mayor), olvidando que, en sus tiempos, la misma acción existía con otras formas y otros códigos; anulando que, en sus tiempos y si se habla de moral, los discursos de odio, misoginia, acoso y peores males se exaltaban bajo etiquetas como “cortejo” y “balada”, lo que, en las generaciones crecientes, poco a poco tiene menos lugar (algunos diferirán).
¿Podrá la juventud encontrar un nuevo sentido y rumbo? Lo está logrando; bien o mal, siempre lo ha hecho; a veces, desde la paz y la armonía de la protesta vuelta canto; otras, desde la furia de la horda ante la bota que pretende aplastar su garganta para silenciarla, donde la destrucción no aleja ni divide, cohesiona.
La fiesta adquiere otro tenor: el avance en colectivo de una coreografía que provoca el deseo de sumarse. Qué ganas de ser un poquitín más jóven, con más entusiasmo, más ilusiones, menos traumas y menos miedos, para ser parte del rave.
“Mmm, mmm, mmm…”, tararean 17 jóvenes mexicanos sobre la duela, dirigidos por el equipo creativo del Ballet Nacional de Marsella y la guía sonora de Rone (Erwan Castex, clave de la música electrónica francesa y partícipe de proyectos escénicos y cinematográficos), como una declaración de principios y un exhorto a la audiencia, quien, ya iluminada, prolongan la escena y la voz con un merecido aplauso.
Lo dijo Pablo desde el principio del milenio y está en la Biblia: “Ninguno tenga en poco tu juventud”.

Room with a View, versión México 2026
(LA)HORDE/Ballet Nacional de Marsella y Rone
17 y 18 de octubre de 2026
Auditorio del Estado