Cuando los niños quieren volver a ser los buenos

Durante años, en México se volvió normal algo que nunca debió serlo. Niñas y niños que en el recreo jugaban a ser el narco. Canciones que convertían en épica la historia de quienes dejaban fosas, viudas y huérfanos. Series y películas que hacían del criminal el protagonista carismático y del policía, en el mejor de los casos, un personaje secundario, torpe o corrupto. Ropa, frases y estéticas que se consumían como si fueran parte de una identidad deseable.

Quienes nos dedicamos a la comunicación política, y nos ha tocado acompañar de cerca temas de seguridad, sabemos que ninguna narrativa es inocente. Lo que una sociedad cuenta de sí misma, a quién convierte en héroe y a quién en villano, termina moldeando lo que sus niñas y niños aspiran a ser. Y durante mucho tiempo, perdimos esa batalla. La apología del delito no solo ocupó la conversación pública: ocupó la imaginación.

Esto no lo digo nada más porque sí. La teoría del cultivo, formulada por George Gerbner, sostiene que lo que vemos una y otra vez en pantalla termina moldeando cómo percibimos la realidad. Un metaanálisis publicado en 2021 en el Journal of Communication, que revisó más de 400 muestras a lo largo de cinco décadas, confirmó que ese efecto es pequeño, pero se mantiene estable con el tiempo. Si durante veinte años el protagonista fue el capo, no debería sorprendernos que, para muchos, el capo pareciera el único camino. Y la disputa sigue abierta: según datos de Spotify, dos de cada tres reproducciones de música mexicana en el país vienen de menores de 29 años, y en 2025 los corridos bélicos todavía crecieron 220% en América Latina.

Por eso quiero detenerme en algo que, desde hace meses, observo con atención y con esperanza: el paradigma está cambiando.

Hoy vuelve a ser común ver a niños que quieren ser policías. Que piden de regalo una patrulla, un casco o una placa. Que imitan a los elementos que ven en las noticias, no a quienes los persiguen. Que entienden, a su manera, que no hay nada admirable en quien no respeta la vida, ni códigos, ni familias, ni nada. Ese giro, que parece pequeño, es en realidad una de las señales más profundas de que algo se está moviendo en el fondo de nuestra cultura.

Hace unos días lo vi con mis propios ojos y, la verdad, me dio mucho gusto. En una tienda de piñatas, colgados uno junto al otro, estaban Spider-Man, Hulk, el señor Increíble, Sonic… y un policía. Ahí, entre los superhéroes favoritos de cualquier niño, estaba alguien de carne y hueso que porta una placa. Puede parecer una anécdota menor, pero quienes trabajamos en comunicación sabemos que estos detalles dicen mucho. Una piñata no se fabrica para convencer a nadie: se fabrica porque los niños la piden. Y si hoy la piden con uniforme de policía, es porque algo en su imaginación ya cambió.

Y no pasa solo con las policías. En los desfiles del 16 de septiembre cada vez es más común ver a niñas y niños vestidos de soldados y de marinos, con su uniforme en miniatura, su boina y hasta su casco. Y ver a un elemento del Ejército o de la Marina detenerse un momento para quitarse un parche del uniforme y regalárselo. Ese pequeño gesto, que dura unos segundos, vale más que cualquier campaña: le dice a ese niño que el lugar al que aspira es real, que lo están esperando y que vale la pena.

Lo mismo empieza a verse en la industria del entretenimiento. Hay producciones recientes que, por fin, ponen en el centro a quienes hacen el bien: a las mujeres y hombres que investigan, que se preparan, que arriesgan todo para que quienes tanto daño le hacen a la sociedad enfrenten a la justicia. El héroe vuelve a ser el que porta la placa.

La narrativa no cambia sola

Sería ingenuo pensar que este cambio es espontáneo. Las narrativas no se transforman por decreto ni por campañas publicitarias. Se transforman cuando la realidad les da sustento.

Durante años, el crimen organizado construyó su propia mitología sobre una idea: la de ser invencible. Esa percepción de impunidad era su mejor herramienta de propaganda. Cuando el Estado parecía ausente, el criminal ocupaba el vacío no solo en el territorio, sino también en el relato.

Lo que hoy vemos es que esa idea se está desmoronando. Y se está desmoronando porque hay hechos. El trabajo y los resultados del Secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch, de la Secretaría que encabeza y del Gabinete de Seguridad en su conjunto, bajo la Estrategia Nacional de Seguridad, han puesto en el centro la inteligencia, la investigación y la coordinación entre instituciones. Cada detención relevante, cada estructura desarticulada, cada operación conjunta que llega a buen puerto le resta un poco de leyenda al criminal y le devuelve un poco de credibilidad a la autoridad.

Desde la comunicación, esto tiene una lectura muy clara: cuando la justicia actúa, el crimen deja de parecer invencible. Y cuando deja de parecer invencible, deja de ser admirado.

El poder de los nuevos referentes

Hay otro elemento que no podemos pasar por alto: la aparición de nuevos referentes. Unidades de élite como la Unidad Nacional de Operaciones, con su disciplina, su preparación y su identidad, ofrecen a niñas y niños una imagen poderosa a la cual aspirar. No se trata de exaltar la violencia, sino todo lo contrario: de mostrar que la fuerza, la valentía y el honor pueden y deben estar del lado de la ley.

Cuando un niño mira a un comando de operaciones especiales y ve en él a alguien que protege a su país, que cuida a su familia y que vela por la de todos, estamos ganando algo que ningún operativo, por sí solo, puede lograr: estamos ganando su imaginación de regreso.

Sin triunfalismos

Ahora bien, sería un error leer este cambio como una batalla ganada. El propio secretario García Harfuch lo ha dicho con claridad: aún hay mucho trabajo por hacer. Y desde la comunicación hay que decirlo también con honestidad.

Ningún niño nace queriendo ser villano. Muchas y muchos crecen en contextos de pobreza, desigualdad, falta de oportunidades y abandono, donde el crimen aparece como la única puerta abierta. Cambiar la narrativa es indispensable, pero no es suficiente si no viene acompañado de escuelas, empleo, espacios públicos, cultura y comunidad. La admiración por los buenos tiene que ir de la mano de condiciones reales para que cualquier niña o niño pueda elegir ese camino.

La dimensión del reto es enorme. La Red por los Derechos de la Infancia en México estima que entre 145 mil y 250 mil niñas, niños y adolescentes están en riesgo de ser reclutados por el crimen organizado. Un niño no deja de admirar al narco por una serie si el narco sigue siendo el único que le ofrece algo.

Por eso, el reto que viene no es solo seguir dando resultados en materia de seguridad, sino sostener y profundizar este cambio cultural. Contar mejor las historias de quienes nos protegen. Humanizar a nuestras policías y fuerzas especiales. Mostrar el sacrificio que hay detrás de cada uniforme. Y, sobre todo, dejar de darle micrófono, pantalla y glamour a quienes solo han traído dolor.

Colombia nos dejó una lección. En 2012 se estrenó allá «Escobar, el patrón del mal», una serie que se presentó como un homenaje a las víctimas del capo y que buscaba mostrar el daño que le hizo a ese país. Su primer capítulo fue el más visto en la historia de la televisión colombiana. Pero, según varios analistas, el personaje que terminó ganándose al público fue el propio Escobar. En cambio, las telenovelas que retrataban a los narcos sin glamour, como lo que son, tuvieron poco rating. La lección para quienes nos dedicamos a comunicar es incómoda, pero clara: no basta con querer contar la historia de los buenos; hay que contarla mejor que la del villano.

Lo que está en juego

Las narrativas definen generaciones. Si durante años perdimos la batalla por el imaginario de nuestras niñas y niños, hoy tenemos la oportunidad, y la responsabilidad, de ganarla.

Que ninguna niña ni ningún niño de México crezca creyendo que el crimen es el único camino. Que cada vez sean más quienes, al mirar su propia sombra, se vean con un casco, un uniforme y la convicción de proteger a los demás.

Ese, me parece, es uno de los cambios más importantes que estamos viviendo como país. Y vale la pena contarlo.

Sergio Sosa
Estratega

0 Shares:
You May Also Like

2