El Cervantino de hoy, un eco traído por extraños por Joan Carel

Fotografía: Gabriel Morales (cortesía FIC)
Fotografía: Gabriel Morales (cortesía FIC)

Cual míticas figuras, existen dos Cervantinos: aquel ser generoso que despierta y llena el alma con la belleza –y la agitación– del arte; y el otro, un ente burocrático, menos loable, que busca someter al primero bajo la proclama de los derechos culturales.

Hace tanto que el Festival Internacional Cervantino (FIC) ha dejado de ser aquel por el cual se volvió legendario, que ya ni recordamos cuándo se convirtió en este títere institucionalizado ―cabría aquí ir a buscar un reportaje de periodismo de datos―.

Por supuesto que es una proeza que siga ocurriendo y en este lugar, en Guanajuato, aun cuando para su gente, la que le dio vida, sea apenas un leve eco de lo que contaban los abuelos cuando atestiguaron sus albores; ahora un monstruo caótico, traído por una comitiva de extraños.

La tradición y la leyenda

La primera vez que escuché del FIC fue en la voz de mi tío, universitario leonés, apasionado por la parranda y las artes como buen egresado de la capital el estado, mientras veíamos un espectáculo transmitido por la televisión o tal vez escuchábamos un concierto por la radio, pero era bastante niña entonces y en mi conciencia quedó la idea de una gran fiesta cultural en algún lugar mágico y lejano.

Su nombre reapareció para mí años más tarde, cuando mis amigos de la preparatoria se amontonaban en un cochecito para ir a embriagarse un fin de semana, con la ilusión de conocer a guapas mujeres extranjeras.

Al llegar a Guanajuato para estudiar la licenciatura, mi primer Cervantino se limitó a observar el espectáculo de luces en la inauguración desde la punta del cerro donde me hospedaba, pues ya mi casera y mi papá me habían sembrado el miedo, recién llegada, sobre las noticias y los episodios de delincuencia entre el zafarrancho. (Recuerdo unas mariposas canadienses).

Un año después, el azar me sumó a esta cobertura y abrió ante mis ojos un tesoro que siempre estuvo tan cerca, un hogar que nunca imaginé, aunque lo soñaba, y, desde entonces, he amado.

Más de diez años han transcurrido de esta aventura cervantina. En mi transición a la adultez, mientras aprendía el oficio, formaba un criterio y procuraba realizar una labor ética, ese magnífico espíritu, cual deidad tribal, me ha permitido conocerlo en diversas aristas: desde la voz de quienes siempre han estado dentro, sus memorias y sus registros; desde los ojos de quienes llegan de fuera, mas lo tratan como un viejo amigo, lo celebran, lo evalúan y lo critican; desde las manos de quienes lo administran, figurines que cambian de colores, lemas y banderas; desde los pies de quienes lo habitan, ya sea con júbilo, con desagrado o con indiferencia.

La ajenidad y el desencanto

Actualmente, soy reportera, correctora, profesora, universitaria y habitante por adopción propia de esta “Capital cervantina”; eso también me ha permitido vivir el crisol de este fenómeno con sus luces y sus sombras.

Por ejemplo, conozco la perspectiva de los residentes foráneos ―adoptados como yo―, quienes se quedaron aquí, entre otras cosas, por la efervescencia de la “Fiesta del espíritu”, para quienes el FIC lleva un par de años tornándose decepcionante; mientras que, para la mayoría de la ciudadanía local, representa cuestiones de otra índole que poco tienen que ver con el arte.

Desde la calle, la academia, la institución y el aula, hablar del FIC se desdobla en experiencias tan distintas… Pero, este año, todas parecen coincidir en la extrañeza, la incertidumbre y el desapego, a pesar de la nostalgia y el deseo de aferrarse a un legado.

Triste, quizá incomprensible, pero cierto: en la última década, puedo contar con los dedos de las manos a los estudiantes en mi clase que han tenido alguna experiencia estética en el festival; ni siquiera en su ciudad que tanto se proyecta como epicentro de la cultura, a pesar de los programas de “inclusión” y formación de públicos que se presumen en el discurso oficialista.

La opinión de aquellos fieles amantes del FIC, distinguidos por su lealtad año con año desde el origen, tanto en redes sociales, charlas de café y chismecito callejero, perciben, en esta simulación de festival, tantos puntos a debatir y denunciar, como la gentrificación y el elitismo, aunque el pregón hable sobre la apertura y el alcance ―también cuestionables según los datos―.

Ya sea porque la edad los ha alejado de las nuevas tecnologías, los precios son demasiado altos ―incluso con los descuentos y los programas de acceso gratuito que poco se difunden, sino hasta que la audiencia, casi nula, amenaza con una nota de ridículo―; porque ya no se confía en la grandilocuencia de la publicidad, mientras que apenas hay unos cuantos letreros afuera los recintos; porque moverse aquí es complicado, aunque la sede quede a unos pasos, además de peligroso, incierto y caro; porque la ciudad ya no es de ellos ―quizá de un par de familias―, aunque en el micrófono inaugural se agradezca su servilismo al “compartirla con el mundo”.

El anhelo

Polémica que, más bien, es costumbre: la disputa entre las instancias que gestionan este festival, aunque en la foto se presenten como “amigas queridas” y eso determine el tono y el recelo ―legitimado con estrictos procesos de registro que parecen nunca haber existido― en cuanto a quién se permite la entrada.

¿Vale la pena sumar a la prensa local?, ¿a los artistas de la universidad que dieron origen y esencia al festival?, poco importa si estos son los más emocionados por su llegada.

“Sin ustedes, el festival no tiene impacto ni visibilidad”, se dice a los medios de comunicación ―se sabe que el mensaje está dirigido a unos cuantos nacionales ¿con sinceridad?―. “Creemos en nuestras creadoras y creadores guanajuatenses” y el protocolo contempla entregar un par de premios para que no quede duda.

Francia es el país invitado a la 54ª edición, aunque su maison se resume a una exposición fotográfica de sus calles en una salita solitaria y su primer evento, con acróbatas suspendidos en cables a metros de altura sobre una plaza, fue opacado por el espectáculo de inauguración ―sin permiso para transmisión en redes― de un artista estadounidense interpretando covers de pop italiano ―magnífico evento, por cierto, pero ¿congruente?―.

Ante el telón rojo de la inmensa armatoste cervantina, Mike Patton se despide con expresiones de la jerga mexicana, acompañado por una orquesta y un mariachi mientras interpreta, totalmente a su estilo, una canción de Juan Gabriel. El público, tan diverso en edades, orígenes y preferencias, se desborda en aplausos. El gran espíritu cervantino está ahí, despierto, imponente e inmortal, mas esta vez no resulta suficiente para apaciguar las interrogantes.

Fotografía: Gabriel Morales (cortesía FIC)

¿Qué sentido tiene continuar reportando un festival para el cual tener un permiso de cobertura es una labor titánica y llena de restricciones?, ¿para qué seguir reseñando, si la esperanza con que este proyecto busca despertar la curiosidad difícilmente se transformará en una experiencia real, verdaderamente accesible?

Al final de cuentas y sin importar los circuitos, los programas, los pronunciamientos eufemísticos, las plazas abiertas, los cruces intergeneracionales y un largo etcétera, este FIC no parece ser para todos, ni recíproco para quienes lo aman con tanta sinceridad y entrega.

Fotografía: Gabriel Morales (cortesía FIC)

Epílogo: a pie y por amor al arte

Fuera de esta cobertura quedarán tantos de los eventos que se anunciaron como imperdibles: el cabaret francés, la actualización de la tragedia griega, las producciones operísticas, un montón de conciertos, los pocos eventos para niños, el prometedor teatro disidente, ensayístico y experimental…

Pero la ansiedad y el amor al arte ayudaron a tomar precauciones, por lo que algunos eventos con registro gratuito en la Explanada Alhóndiga ―mas no de libre acceso― podrían figurar en este historial de reseñas, además de un par de espectáculos con asistencia en carácter de “público FIC” en el Auditorio del Estado y unas cuantas funciones gratuitas en las plazas que encontremos en nuestro andar. También iremos al cine, pues hay mucho y muy bueno, aunque tal vez no escribiremos sobre ello, ni de nuestra exploración por las numerosas galerías de la ciudad.

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