El Órgano de Guanajuato: Entre la bonanza económica y la tecnología del siglo XVIII Por Moisés Campos

En 1766, la dinastía de los Borbones gobernaba el Imperio Español, aquel vasto dominio sobre el cual, dos siglos antes, Felipe II orgullosamente afirmaba que “no se ponía el sol”. Con territorios en todos los continentes conocidos, los virreinatos de América eran los que más aportaban a la Corona gracias al florecimiento minero. En ese contexto de opulencia, llegó a la Muy Noble y Leal Ciudad de Guanajuato un órgano monumental destinado al Templo de la Compañía de Jesús (actualmente el Oratorio de San Felipe Neri).

La obra e instrumento fueron patrocinados en su totalidad por la élite minera local, una hazaña documentada un siglo más tarde por el historiador Lucio Marmolejo. Para entender el impacto de este suceso, debemos imaginar algo sensacional en términos modernos: esto equivaldría a la instalación y puesta en marcha de una supercomputadora, financiada por la iniciativa privada local y puesta al servicio del pueblo. Un despliegue de mecenazgo tecnológico que hoy en día difícilmente veríamos sin la intervención de fondos públicos.

Pero si el ejemplo de la supercomputadora no les ayuda a dimensionar la importancia de este suceso, hablemos de la tecnología que implicaba la construcción y operación de los órganos tubulares, y por qué podemos equipararlos con el nacimiento de las computadoras mecánicas que dieron origen al código binario y a otros elementos que hoy damos por sentados.

El Órgano Tubular del templo de San Felipe Neri en Guanajuato es de escuela española, concebido mediante el eje tecnológico y de oficios Madrid-Zaragoza, en alianza con los talleres novohispanos ubicados en Puebla. Mientras que los tubos y las lengüetas de latón eran confeccionados en Europa, el complejo mueble y las estructuras de maderas finas eran elaborados en Puebla.

La primera gran hazaña logística fue transportar todas esas cajas y tubos desde el principal puerto del Atlántico, Veracruz, ascendiendo por la sierra hasta Guanajuato. Posteriormente, al ensamblar el instrumento, se requería un conocimiento avanzado de ingeniería neumática y acústica para afinar, reparar y unir cada pieza que le daba vida a esta máquina, donde un solo hombre podía comandar una orquesta entera con sus manos.

La gran frontera tecnológica radicaba en crear mecanismos silenciosos capaces de gestionar de forma hidrodinámica y neumática el aire que haría soplar esos tubos, haciéndolos retumbar con notas finamente calibradas para la acústica de aquel recinto.

Para ponerlo en perspectiva con la tecnología actual: el microprocesador del órgano radica en el «Secreto de Corredera». Esta no es otra cosa que una caja de madera sellada herméticamente donde se almacena aire a presión constante proveniente de los fuelles. Mediante un sistema de canales y varillas de madera, tracción mecánica pura, cuando el organista presionaba una tecla, accionaba una válvula física que liberaba el aire únicamente hacia el tubo seleccionado.

¿A qué les recuerda esto? La respuesta es evidente: al código binario. Una tecla accionada libera aire en un tubo específico (estado 1), mientras que los demás se mantienen en silencio esperando una orden (estado 0).

A diferencia de los órganos alemanes, diseñados con pedaleras pesadas para los pies que daban autonomía al músico en estructuras contrapuntísticas y polifónicas, la propuesta de valor de los órganos españoles era la Trompetería en Batalla. Estos tubos no se ocultaban verticalmente dentro del mueble; sobresalían de forma horizontal hacia la nave, como si fueran los cañones de un barco de guerra apuntando directamente a los feligreses. La diferencia entre el enfoque alemán y el español radica en la rigidez frente al colorido: mientras el alemán era matemático e institucional, el español apostaba por el contraste y el drama. Para operar sus registros laterales, el organista español requería incluso de un asistente en tiempo real.

Ahora bien: si los órganos responden a las órdenes que el músico les da mediante teclados y registros, ¿qué pasaría si pudiéramos programar melodías en gran formato sin la intervención humana?

Abordemos esto desde mecanismos simples, como las cajas de música: un cilindro con púas o puntos activa lengüetas afinadas mediante un motor de cuerda, generando autonomía. Los órganos que se desarrollaron posteriormente adoptaron esta misma programación. Para ver cómo esta evolución nos lleva a las máquinas autómatas que simulaban la vida, hablemos del Cisne de Plata (1773), creado por el inventor y relojero belga John Joseph Merlin.

(Video: The Silver Swan)

https://youtu.be/AOXqCuqDOiI?si=1akdo0KW4KU0rGeM

El espectáculo dura 40 segundos. Se le da cuerda y ejecuta un script (código) de altísima precisión:

  • Ilusión del agua: Tubos de vidrio rotatorios giran creando la ilusión óptica de un arroyo donde nadan pequeños peces de plata.
  • Música de flauta: Un mecanismo de relojería activa una caja de música interna.
  • Movimiento articulado: El cisne mueve la cabeza, se limpia las plumas de la espalda con el pico y mira a su alrededor con pasmosa naturalidad.
  • El clímax: El cisne caza un pez de plata en el agua de vidrio y se lo traga, volviendo a su posición erguida mientras la música concluye.

En 1867, el escritor estadounidense Mark Twain presenció este mecanismo en la Exposición Universal de París y escribió:

«Vi al Cisne de Plata… Tenía una gracia viva en sus movimientos y una inteligencia misteriosa en sus ojos; era fácil olvidar que no era una criatura viva».

A esto quiero llegar: una máquina musical que se activa mediante un script con instrucciones precisas es, en esencia, un órgano autónomo.

(Video: Órgano Programado / Autómata)

https://youtu.be/WuEJyYrzcyg?si=ps7zU8ACi9sL1UzS

El script es interpretado mediante un código; un lector traduce esas instrucciones y envía energía mecánica a cada dispositivo, ya sea liberando aire comprimido en los tubos o activando percusiones. ¿No es fascinante que un instrumento que catalogamos como «antiguo» o «viejo» represente en realidad los principios de la informática moderna?

Estos artefactos, además de obedecer a un instructivo, señalan los cimientos de la robótica: un sistema que funciona bajo el mismo principio, sustituyendo la caja de aire y madera por una tarjeta madre, y las varillas de canaleta por cables de fibra óptica que responden en nanosegundos.

No todo es tan moderno como creemos. Basta con dar un vistazo a nuestro alrededor para entender que lo artesanal posee una sofisticación técnica profunda. Para muestra, un botón de nuestra propia tierra: Don Sshinda, Don Gumersindo España Olivares (1935-2018), legendario juguetero de Juventino Rosas, Guanajuato. Creador de mecanismos simples, sorprendentes y cómicos, este artesano nos enseña que la robótica y la automatización también pueden florecer desde la madera, la creatividad popular y la tradición.

(Video: Don Sshinda y sus juguetes mecánicos)

https://youtu.be/xEmoOEnSBlw?si=Lt72tKNm2WLxzP

solemos pensar que la alta robótica del siglo XXI es solo circuitos integrados y pantallas táctiles. Sin embargo, si observamos los robots más avanzados del planeta, como los desarrollados por Boston Dynamics, nos daremos cuenta de que su corazón no es muy distinto al del órgano monumental de Guanajuato.

(Video: Boston Dynamics / Robótica Hidráulica y Neumática)

https://youtu.be/qevIIQHrJZg?si=U0zKByTefBLlJuep

Estos androides no se mueven únicamente con motores eléctricos simples; para lograr la fuerza, la agilidad y la precisión de un atleta, dependen de sistemas hidráulicos y de aire comprimido a alta presión. ¿Y cómo controlan esa energía? Mediante servoválvulas ultramodernas que abren y cierran el paso del fluido en microsegundos, respondiendo a un código digital.

Es exactamente la misma arquitectura: un flujo de aire o fluido a presión (los fuelles), administrado por válvulas (la corredera), para ejecutar una orden precisa en el espacio.

Desde los mineros de Guanajuato en 1766 financiado el «software» de madera en la Compañía de Jesús, pasando por los artesanos del pueblo como Don Sshinda animando la madera con alambre, hasta los ingenieros del MIT creando robots que hacen acrobacias, la lección es la misma: la humanidad siempre ha buscado la forma de programar la materia y el viento para darle vida a sus ideas.

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