Desde mis ojos con esta agua salada empieza el mar. Rojos cuencos que pican; sigue siendo por tanta sal. Esa sal que si no sale, hincha, enferma, asfixia. Que se calcifica y de pronto, haciéndose piedritas, se atora en el lagrimal y ya no te deja llorar. Y si no lloras, no fluyes. Y si no fluyes, tu destino está condenado a la ciudad. Esta ciudad calcina donde conocí a EME radiante y donde lo dejé desalmado. Lo dejé porque yo quiero llegar al mar. Así que lloro. Lloro de distintas formas y en cualquier lugar. Lloro atragantándome con mi propio dolor. Lloro quedito. Lloro hasta quedarme dormida, para tener fuerzas y llorar al despertar. Lloro camino a la escuela, cubriendo mi cara con un libro. Lloro con las cejas bajas poniendo de pretexto cualquier película. Lloro con las manos cubriéndome los ojos avergonzados, con el maquillaje corrido o el rostro recién lavado. Para ser honesta, también lloro cuando estoy en el trabajo con el mismo método que cuando estoy en un café, un bar, un restaurante o en la casa de cualquier amigo: un ratito encerrada en el baño. ¿Qué creerán que hago tanto tiempo en el baño? Prefiero cualquier creencia a que noten que lloro por largos minutos mirándome fijamente en el espejo y sintiendo que quien llora allí no soy yo, sino el reflejo. Porque mi llanto también, a veces, culmina en carcajada desquiciada. O en sonrisita de lo muy ridícula que me he de ver. Lloro, incluso, pensando en el fondo musical que me acompañaría. O en el tipo de toma o corrección de color que mejoraría la escena. Lloro escurriéndome en el teclado de mi computadora o ensuciando el papel donde esté escribiendo o dibujando. Lloro de día, pero lloro más de noche. Lloro hasta cuando hago ejercicio, aunque intento no hacerlo porque aprendí que así me canso más y que mis lágrimas pierden impacto al fundirse con el sudor. Lloro con el puño apretado, con la mano suelta, con los dedos cruzados. Lloro acordándome de mi amado EME, lloro para alejarme de mí y reencontrarme en todo lo bonito que me dejó él. Lloro porque mis lágrimas me hacen menos pesada. Me liberan. Me hacen flotar. Y si floto, con este río de lágrimas quizás llegue al mar, donde deseo volver a ver a mi EME para no dejarlo jamás. Total, si he de estar condenada, quiero que sea eternamente con él en el mar, porque estoy segura de que allí ya no habrá lágrima que llorar.
You May Also Like
La Flama de Amor y Vida Por Moises Campos
- octubre 14, 2021
Hollywood nos ha acostumbrado en muy poco tiempo a los finales felices, pero llevamos años generando tragedias. La…
En mi familia están los 7 pecados capitales en mi familia Por Patita Rasgada
- septiembre 29, 2018
Mi nombre es Gabriel y soy de una familia numerosa, una familia que cuenta con hazañas no…
Divagaciones sobre Coyle. Estef Ibarra
- enero 14, 2021
Boston de 1970: gánsteres, asesinos a sueldo, traficantes de armas y ladrones de poca monta. Este es el…
Oda a la vida, Oda a la alegría Por Moises Campos
- junio 13, 2022
Beethoven es seguramente el compositor de música clásica más conocido en el mundo, ha contagiado y evocado diferentes…
ADENTRO Y AFUERA. Parte I Karen Rodríguez (Versiones de Aleqs Garrigóz)
- septiembre 19, 2020
JARDÍN Verde triángulo centrado en esta corrugada sábana de ciudad, desnudez anidando entre fachadas que se elevan, más…
Caricias ajenas y estrellas fugaces por Emilio Torres
- mayo 19, 2017
Evaristo tomaba café mientras leía uno de los poemas robados que coleccionaba. Un verso anónimo se hacía espacio…