Troca pesada por Beatriz Margarita Mejía Mérida

“…todos tienen premio, todos…”

Emiliano Pérez Cruz

 

-Se lleva la “troca más chingona”- así me dijo aquel hombre, mientras me entregaba las llaves de la camioneta que acababa de comprar. Había escogido la “Troca más grande y pesada”, para limpiar de alimañas a mi barrio, así pensé, mientras sostenía el volante por primera vez. Ejecutar y huir, tenía que ser en tiempo récord, porque en cuanto descubrieran que yo era quien había matado a esos tipos, vendrían por mí. Todos estaríamos condenados.

Ellos ya lo estaban, lo estuvieron desde que compraron su primera camisa “polo” imitando al narco de moda; lo estuvieron cuando aceptaron su primer radio para trabajar con “la compañía”; mientras las novias orgullosas, publican agradecimientos a “la santa”, por su entrada a las grandes ligas.

Uno de ellos, con el que había comenzado todo: lo había visto subir estrepitosamente su carro en la acera. Fui testigo de cómo a gran velocidad embestía a una mujer que acabaría entre las llantas de su Mustang. El mismo sujeto asustado que fuera huyendo, era el mismo que horas después sacarían de la cárcel, tal como aparecía en el periódico aun con la mirada torva por lo drogado que estaba. De la mujer nada se dijo, solo un seudónimo “N” y la imagen de un cuerpo cubierto con plástico negro, sería su último recuerdo en mi memoria, en una memoria que recolectaba imágenes parecidas de la nota roja.

Y ahora él estaba ahí, justo frente a mí, en la esquina de mi casa como cada mañana con el “cambio de guardia”. Lo sucedido no había modificado nada. Aquel hombre cruzaba la calle para echarle un vistazo a los “huachicoleros” que se apostaban en un punto de gasolina clandestina.  Debí disimular, debí dejarlo ir un poco más, de ese modo nadie se daría cuenta o para cuando lograran descubrirlo atropellado, yo ya estaría lejos. Pero no fue así, la tentación era demasiada. De pronto me pregunte ¿Por qué solo uno? Mejor dos, mejor todos.

Dos eran los tipos que se hallaban en la Ben despachando, uno de ellos desde afuera de la camioneta vigilaba por rutina. El tercero era un comprador, ¿una víctima involuntaria? Un daño colateral me dije con ansiedad. A un metro de ahí, en un carro de cuatro puertas, la mujer que acompañaba al comprador, cargaba a un niño de meses mientras se hallaba absorta arrastrando el dedo por la pantalla de su celular. Tres niños en los asientos de atrás jugaban y reían de cosas sencillas que solo los niños entienden. Aun con todo y eso tenía claro, tarde que temprano: todos estamos condenados.

Entonces todo fue más fácil. Pisé el acelerador y me fui de frente hacia el primer hombre desapareciendo bajo la defensa. La troca siguió su marcha y me estrelle directo contra la Ben; el que vigilaba alcanzo a correr, los que estaban dentro se fueron de bruces contra el parabrisas del comprador. El comprador fue el más lastimado, lo prense entre la camioneta y su carro mientras su mujer gritaba asustada, él bebe parecía como dormido y a los niños ya no los volví a ver.

A pesar del aturdimiento intente seguir con la idea de chocar mi troca contra otras personas que provocaban mi asco, pero no pudo ser la camioneta se negaba a prender. Alrededor de mí un grupo de personas intentaba comprender si solo había sido un accidente, si estaba borracho o qué pasaba.

Un hombrón envalentonado de esos que siempre abundan fue el primero en manifestar su indignación con una patada a mi camioneta; otros más comprendieron que esta era la señal para volverse hacia mí, furiosos. Entonces me pregunte un absurdo ¿Real, que es lo real? Y yo mismo respondí mentalmente: lo real es el dolor agudo cuando alguien te da un puñetazo y de pronto un puntapié en el estómago (y eso no lo encuentras en los libros), todo era más real, cada vez más, los gritos, el ulular de una patrulla intentando mi rescate. Alguien me tomó del cabello, un dolor intenso fue suficiente para sacarme de mi divagación.  Después de varios golpes y mordidas supe el significado esencial de la palabra Tupido. Pensé que se habían cansado porque sentí derrumbarse mi cuerpo.

Y entonces recordé lo silencioso que era mi patio por las tardes; los arboles crujiendo en sintonía con el viento; la luz del sol poniéndose, resaltando las letras de un libro en mis manos, un libro que te hace creer en el bien y el mal. En donde tú puedes ser el héroe al que nadie puede detener si lucha por sus ideales.

No conocía personalmente a ningún vecino, pero no importaba mucho porque mis constantes viajes no permitían muchas cercanías, había estudiado fuera y ahora era un extraño. Sin embargo estaba enterado de lo que pasaba en mi barrio y lo que pasaba en la ciudad. Y en mi impotencia me creía diferente. Esta ciudad y el sol que lastima, esta ciudad y el viento que calma las heridas, esta ciudad y nosotros simulando indiferencia.

Ahora me encuentro aquí tirado y no escucho, creo que una patada reventó mi oído. No importa, de todos modos en unos instantes estaré muerto. Lo sé porque los policías han llegado y no hacen nada por soltarme de las garras de la muchedumbre, hablan de algo gracioso que les paso en quién sabe dónde, hacen señas con las manos de lo bien que la pasaron, el compañero no le cree, el otro jura con la mano en señal de cruz. Apenas se asoman por entre la gente, pero discretamente esperan a un lado.

Lo que veo más cerca es la cara de dos mujeres, una de ellas es la mujer que estaba en el carro arrastrando el dedo por la pantalla, ahora está grabando con su celular mientras me golpean, su satisfacción es mayor a su indignación o por lo menos así parece. La otra no la reconozco de ninguna parte, pero al igual que los hombres viene dispuesta a partirme el cráneo, está alzando una piedra y entonces… Y entonces apenas tengo tiempo para recordar la calidez de mi hogar y el olor a hojas nuevas de un libro.

 

 

(Poza Rica, Ver. 1980). Lic. Letras españolas, Univ. de Guanajuato.  Publicación de cuentos y poemas en periódicos de la localidad de Matamoros, Tamps. Revista digital Delatripa y antologías literarias de Guanajuato y Tamaulipas.

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