13 de agosto Por: Mariana Perea

13 de agosto de 1521, cayó la Gran México-Tenochtitlán. Si nos referimos a Bernal Díaz del Castillo, se armó la comilona en Coyoacán. Así que el 14 de agosto, buena parte de los combatientes victoriosos, probablemente tuvieron que curarse la resaca.

 

Aclaremos una cosa: las huestes conquistadoras estuvieron constituidas en su mayoría por indígenas (entre ellos cempoaltecas, texcocanos y tlaxcaltecas) que apoyaron a los castellanos. La conquista de México-Tenochtitlán fue liderada por Hernán Cortés, pero nadie fue forzado a combatir en nombre de nadie.

 

¿Qué representó la toma de la ciudad mexica por parte de los ejércitos que la habían sitiado desde 90 días antes? Nunca podremos responder con total certeza, pero me atrevo a afirmar que ninguno de los presentes asumió que en ese momento surgía una entidad sociopolítica que se extendió desde California hasta Panamá. Mucho menos un trauma nacional, que aún maman los políticos mexicanos.

 

En el imaginario colectivo de los grupos indígenas (al menos en Mesoamérica, Aridoamérica y Oasisamérica) la caída de México-Tenochtitlán debió pensarse desde la perspectiva de cada uno. Sin embargo, no puedo concebir que alguno de ellos se asumiera como “la resistencia”. Henos ahora con una colosal maqueta por la conmemoración de los “500 años del inicio de la resistencia indígena”.

 

Cosa curiosa son los sucesos “trascendentales”. Usualmente le importan un comino al tiempo y aún menos a la existencia colectiva. Quisiéramos pensar que aquellos momentos que “nos cambian la vida” o son “parteaguas en la historia”, le valdrían al flujo temporal pausarse por unos segundos y a todos los seres humanos del planeta pasmarse para denotar la importancia del momento. Pero no, el agua del río sigue corriendo, el planeta continúa girando y el tiempo no para su inexorable paso.

 

Retomando la maqueta y el festival de luces que se presentan en el Zócalo capitalino ¿me molesta? Siendo completamente honestos, no tanto. ¿Me parece apropiado? Tampoco. Mucho menos en medio de una crisis económica y una pandemia que ha matado a casi 250,000 mexicanos. Mi problema no es el colosal trabajo escolar que encargó el gobierno de la Ciudad de México, ni las luces que lo acompañan. Resalta que Ocesa (la empresa que firmó) recibió una condonación fiscal y se permitió absorber los gastos del proyecto ¿por qué eso no se ha hecho con las empresas fabricantes de indumentos sanitarios para combatir el COVID-19? ¿o a empresas para la elaboración de medicamentos contra el cáncer infantil? ¿o simplemente para los micro, pequeños y medianos empresarios que se han visto afectados por la pandemia?

 

Encima, López Obrador y transformadora compañía, se aprovechan para dar tortilla y agua al pueblo. Mientras la escala de rojos de Pantone no basta para categorizar los niveles de violencia, pobreza, corrupción, desabastecimiento, falta de apoyos. En estos días vi una caricatura política que representaba a dos personas lado a lado, una observando la maqueta mayor (que dicho sea de paso, se quedó corta con respecto del Templo Mayor de México-Tenochtitlán) y la otra viendo un tzompantli…y no se refería al que había previo a 1521.

 

Entonces ¿por qué tanto alboroto? ¿Por qué lo que hace 500 años terminó en un banquete de épicas proporciones en que se sentaron a la mesa tanto indígenas como castellanos, hoy causa escozor? Seguro no es por el origen del presidente, pues, como él nunca se cansa de repetirlo, es tabasqueño.

 

En mi pequeña opinión, el alboroto tiene que ver con lo que pasó después de la caída de México-Tenochtitlán, con los procesos sociopolíticos y económicos que derivaron en los problemas que enfrentamos hoy en día. Nuestro problema con la caída de México-Tenochtitlán está en la idealización del pasado indígena como uno glorioso y sin defecto. El Edén en la religión patria que nos han instruido a profesar. En el imaginario de los mexicanos modernos se asume que entre los indígenas no existió discriminación, racismo, segregación, pobreza, abusos de poder o violencia; porque el antónimo de bueno es malo, y de indígena es español.

 

De todo lo anterior pecan buena parte de los políticos mexicanos, no con poca retribución. Los discursos de “ellos” vs “nosotros” son la manera más simple y efectiva de hacer empatía con el público, especialmente aquel que ha sido históricamente agraviado. Aclaro una cosa: pedir perdón es un primer paso, pero no el único, pues el perdón de nada sirve sin resarcimiento. Aunque, por alguna extraña razón, el presidente ofreció perdón a las víctimas, no lo pidió.

 

A pesar de todo lo negativo que pueda interpretarse de los hechos pasados, erguirnos como jueces desde nuestra perspectiva moderna o pretender que la historia es un cuento de hadas con héroes y villanos es algo que no podemos permitirnos, si queremos superar el trauma que parece habernos surgido de la toma de México-Tenochtitlán. He aquí el quid.

 

Por alguna razón, asumimos que los castellanos y los indígenas de aquel fatídico 13 de agosto ya sabían el final de la historia. Los tlaxcaltecas actuaron como tlaxcaltecas, los castellanos como castellanos, los cempoaltecas como cempoaltecas, los mexicas como mexicas y ninguno como “mexicano”. Imagínense que, Dolaronia y Pepeslavia entran en disputa, y la República de los Cocos decide apoyar a Dolaronia por convenir a sus intereses. Años después en la República de las Bananas, resultado de la guerra, en dónde de una manera u otra se mezclaron dolaronianos, pepeslavianos y habitantes de los Cocos, alguien se toma la molestia de analizar los sucesos ¿sería agradable que se juzgara como traidores o vende patrias a los ciudadanos de los Cocos por haber apoyado a Dolaronia? ¿quiénes serían los malos del cuento? ¿Dolaronia o Pepeslavia? ¿se pediría a Su Excelencia, el embajador López ofrecer perdón a las víctimas? ¿Los bananeros considerarían una catástrofe la derrota de Pepeslavia?

 

Se nos olvida que nadie sabe cómo acaba el cuento, puesto que es la historia sin fin. Ésta se escribe día a día y es el más excelso ejemplo de improvisación colectiva del que somos capaces las sociedades. Tómese de ejemplo la pandemia por COVID-19, el día que se decretó como oficial fue porque ya había cientos de miles de infectados y muertos. No hubo una fecha única y definitiva de inicio, tampoco hay una fecha límite para que esto termine. Nadie sabe cómo se sucederán los hechos, aun así vivimos.

Fue 13 de agosto. Y hoy es…

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