Enferma, agotada… por Joan Carel

Fotografía: Carlos Alvar (cortesía FIC)
Fotografía: Carlos Alvar (cortesía FIC)

Un zumbido ensordecedor y cinco mujeres presas de sus vestidos, prendas de mangas holgadas, cinturas ceñidas y faldas largas. En línea y con la vista al frente, las manos en puño limpian sus lágrimas al atravesar sus rostros vertiginosamente. La congoja impera en el gesto. También sellan sus bocas cumpliendo la orden que dicta silencio y sus cuerpos reflejan la angustia, la ansiedad y la urgencia de romper cadenas invisibles, las que más sujetan, las que matan el alma.

Maldonne es la propuesta dancística de la artista francesa Leïla Ka en el 54º Festival Internacional Cervantino, nominada al Premio Internacional de Danza en Sadler’s Wells, de Londres. ¿Quién habita a quién, el cuerpo al vestido o viceversa?

No es solo movimiento. La coreografía contempla el sonido, el espasmo y el ritmo de la respiración, por momentos jadeo, por momentos suspiro, por momentos sollozo y, aunque ahogado, también grito. Agonía y tensión, la opresión en el pecho y una búsqueda desesperada, aunque fallida, de descanso. Los ojos que observan saben bien cómo se siente ese llanto tan físico y la garganta se cierra, aunque no sea protagonista ni esté sobre la escena.

Las mujeres caen al piso sobre sus antebrazos; sus caderas se elevan, las faldas se deslizan sobre sus espaldas y sus glúteos quedan expuestos, desnudos por no más de dos segundos, como una captura instantánea que se impregna en la memoria y, en el corazón, una vulnerabilidad tan profunda. Caen, se levantan, caen, vuelven en pie y, juntas, se derrumban entre las sombras.

Nuevos vestidos, telas ligeras, estampados dinámicos. En un movimiento primitivo, bestial, limpian los pisos con su indumentaria. Tallan, tallan, rugen, saltan… ¿Alguna vez has fregado con furia la loza de una casa? Y el baile deviene en sensualidad: golpes con los puños contra el suelo al compás de las caderas, un meneo suelto de la cintura hasta la pelvis.

En el frenesí de esa danza, enrollan los extremos de las faldas y los tensan rectos, perpendiculares a sus cuerpos; ¿tal vez falos? Los mismos se transforman en trapos con los que sacuden desesperadamente sus muslos ¿para castigar y limpiar la suciedad de la desinhibición?

Furia. Yo limpio cuando me lleno de furia, como un desahogo productivo ante lo que no tiene remedio, ante lo que no se puede gritar. Me pregunto si por eso limpian obsesivamente “las mujeres de antes” y muchas en la actualidad.

Fotografía: Carlos Alvar (cortesía FIC)

“Je suis malade”, canción de Alice Dona compuesta en 1973, resuena en la voz francesa de Lara Fabian: “Estoy enferma, completamente enferma, como cuando mi madre salía por la noche y me dejaba sola con mi desesperación. (…) Estoy cansada, estoy agotada de fingir que soy feliz. (…) Derramo mi sangre en tu cuerpo y soy como un pájaro muerto. (…) Me has privado de todos mis cantos, me has vaciado de todas mis palabras; sin embargo, yo tenía talento antes de tu piel”.

“Je suis malade, complètement malade”, gritan las mujeres durante las últimas estrofas con una rabia que atraviesa a quien observa hasta los huesos. Después, se ajustan los vestidos rindiendo reverencias y radiantes sonrisas a los aplausos cada vez más intensos a causa de su euforia, una audiencia que no se percata de la farsa hasta que la mueca cambia.

Nuevos vestidos, ahora festivos y llenos de olanes. ¿Recuerdan a aquella rana auténtica de Monterroso que se dejaba arrancar las ancas para escuchar, con amargura, a otros decir que era una buena? ¿O a la princesa de Darío, presa en sus oros, presa en sus tules, que no ríe ni siente?

Se levantan las faldas para cubrir sus rostros. Sobre la escena, cuelgan cinco cables con ganchillos, donde atoran las muchas capas de telas que las aplastan. En la esquina y de negro, rinden luto a los vestidos que penden, cual cuerpos, hasta desaparecer en lo alto. ¿Cuelgan ellas?

Una alegre y, al mismo tiempo, nostálgica balada resuena: “Dance Me to the End of Love”, en la voz de Leonard Cohen. “Báilame al son de tu belleza con un violín en llamas, báilame a través del pánico”, dice mientras una mujer reposa inerte sobre la duela y las demás salen una a una. Otra más continúa bailando, envuelta en un camisón blanco y trayendo, otra vez, ese doloroso espasmo. Luego llega el regaño y la exigencia de cubrirse con un traje floreado.

Así, entre tejidos delicados, margaritas, rosas y música barroca, transcurre la parodia de un embarazo hasta el parto y un vestido es lanzado al centro: el enemigo contra el que se lucha, al que se desprecia y rechaza.

Al frente, las cinco figuras y aquel asfixiante sollozo bajo prendas cubiertas de humo. Las manos en puño trazan violentos círculos sobre el rostro; con una rutina robótica y compulsiva, parecen lavar sus caras.

“Soy un fue, y un será, y un es cansado” dicta un verso español en mi memoria. Sí, ser mujer es cansado, tanto…

Penumbra.

Fotografía: Carlos Alvar (cortesía FIC)

Maldonne
Leïla Ka
10 y 11 de octubre de 2026
Teatro Principal

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