Cortesía FIC

Reencuentro y transformación: 50 FIC por Joan Carel y David Mondragón

El espíritu de un festival
por Joan Carel

La edición de oro del Festival Internacional Cervantino llegó a su fin y en la atmósfera imperó una sensación de reconstrucción. El entusiasmo de Corea y el empeño de la Ciudad de México, invitados a la conmemoración del aniversario número cincuenta, fueron una pieza fundamental para convertir el festejo en un suceso memorable con el asombro ante una cultura de tierras lejanas en apariencia tan distinta y tan nueva, la cual, evento tras evento, se despojó de los clichés y reveló su diversa identidad; o bien, con las doscientas funciones en la plaza Baratillo a cargo de la Casa Chilanga, sin contar la reactivación de muchas otras plazas y calles gracias a su propuesta variada, como ocurría en los icónicos tiempos cervantinos que aún no se han igualado.

En repetidas ocasiones a lo largo de las diecinueve jornadas de actividad, la directora del FIC y su equipo pronunciaron que uno de sus principales objetivos va más allá de la gestión de eventos: se busca la formación de públicos cada vez más exigentes. Por ello, además de pretender restaurar la esencia del festival en las calles con oferta gratuita y para todo tipo de receptores, tanto en edad como en gusto, enfrentan el reto de actualizarse sobre la multiplicidad de expresiones artísticas actuales y el conocimiento del otro. La misión entonces resulta dual y de cierta forma antitética: restaurar el viejo espíritu a través de la modernización.

Con el #50FIC, también se celebran 290 años de existencia de la Universidad de Guanajuato y en esta edición, luego de la pandemia, las simbólicas escalinatas volvieron a ser sede con proyecciones de cine. Además, la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Guanajuato y el Teatro Universitario de la misma, fundador del festival, cumplieron setenta años y la exposiciones visuales, siempre presentes aunque a veces ignoradas, llenaron las salas de arte universitario.

Debe reconocerse la presencia diaria del festival en la ciudad sede, incluso en los días “despejados” con bastantes actividades informales. Los artistas locales se adueñaron de la Plaza de San Roque; se habilitó un escenario de calidad para artistas itinerantes en la Plaza San Fernando; las plazuelas y los jardines, por ejemplo, Allende, Mexiamora y Cantador, albergaron espectáculos de calle; Los Pastitos recuperaron la algarabía de los conciertos de música popular al aire libre y también el Jardín Unión, pero hizo falta publicitarlas, pues en varias ocasiones los artistas y los espectáculos quedaron casi en el anonimato. Por otra parte, los eventos que integraron el programa oficial, como hace mucho no ocurría, generaron dilemas en cuanto a cuál preferir por ser a la misma hora y la resolución, más de una vez, ocurrió con un volado o por una corazonada a última hora.

Esta fue una fiesta del arte, mas es innegable la cuestión política presente y evidente a cada momento. Aunque se disfrace con una careta de diplomacia, cooperación y afabilidad, se observó la tensión entre el Gobierno de México y los gobiernos locales a cargo del partido contrario. Lo mismo ocurrió con la presencia de la jefa de gobierno de la CDMX, quien, según la voz popular (y las porras a gritos en el concierto de inauguración designándola “presidenta”), lleva ventaja ante el gobernador de oposición, el cual, es bien sabido, aspira a disputar la silla presidencial en un par de años. Fue polémica la exacerbada presencia de la policía municipal (a muchos causó miedo) para vigilar una pequeña cañada, intento exagerado del alcalde por promocionar la ciudad como un sitio turístico en absoluta paz y óptimo para todo tipo de actividades; resultó irónica e inverosímil tanta “seguridad” en contraste con los índices de violencia en el estado a nivel nacional y la realidad delictiva grave casi permanente en los titulares. Otro aspecto a considerar es el énfasis con el que, tanto líderes nacionales, estatales y municipales, hablan y aplauden jubilosamente la inversión, la derrama y la reactivación económica a partir de la cultura (a fin de cuentas, los modelos de producción, las formas de vida y los modos de subsistencia también son cultura) y rondan muchas dudas en cuanto a la omisión infranqueable de los siguientes invitados (¿sorpresa o conveniencia de las relaciones político-comerciales?) habiendo ya un diseño oficial para promocionar la próxima edición.

En este Cervantino de oro participaron más de 3 mil artistas, de los cuales más de 250 fueron guanajuatenses; se realizaron 210 funciones de danza, música y teatro, 48 proyecciones de cine, 30 exposiciones visuales y 75 actividades en otros 13 estados del país mediante el Circuito Cervantino; se vendió el 75% del boletaje disponible (aproximadamente 50 mil pases), hubo un poco más de 285 mil visitantes; se realizaron 45 transmisiones en redes sociales, 49 en televisión y 42 en radio, sin contar las retransmisiones por 107 instituciones nacionales e internacionales, y el millón de interacciones con la página web. Se consolidó la creación de un Archivo Cervantino, con el que fue posible la edición y la publicación de un libro conmemorativo de lujo donde se relata la historia del FIC (“para quien lo ha vivido y para quien no lo conoce”, se presentó) y del cual se imprimieron mil copias que serán difundidas para consulta en bibliotecas. Sin embargo, una situación recurrente decepcionó las expectativas del público, quien estuvo aguardando por meses e incluso peleando su acceso a los conciertos: la falta de permisos de transmisión por parte de artistas icónicos nacionales, tales como Café Tacvba o Caifanes, y las restricciones en cuanto a la captura de imagen por parte de los medios de comunicación (según los organizadores, los permisos no se lograron obtener con las disqueras, aunque hubo negociaciones; se rumora que fue por falta de presupuesto para pagar los derechos de reproducción).

En numeralia, esta edición del FIC todavía dista de las cifras del año previo a la pandemia y aún está lejos de sus años de gloria (tristemente, la producción teatral en homenaje al fundador, Enrique Ruelas, y solicitada por el mismo festival, dejó mucho que desear). No obstante, logró reconectar con públicos que se hallaban defraudados por el elitismo de la alta cultura imperante en gestiones pasadas (y un poquito en el presente) con una oferta cuyo costo de acceso llegó a ser exorbitante para la realidad económica de la mayoría, sin ser relevantes las promociones o convenientes los beneficios para la población local. A diferencia de otros años en donde, por falta de audiencia, se regalaban cortesías a última hora o se habilitaba el acceso a minutos de la tercera llamada, esta vez, la taquilla estuvo a tope y conseguir boletos para ciertos eventos, ya agotados para venta, representó una misión imposible.

Sorpresa, descubrimiento, novedad, conmoción, euforia, conciliación, remembranza, añoranza, ilusión y hasta ensoñación podrían describir las reacciones noche a noche en la Explanada de la Alhóndiga (con Lila Downs, Paté de Fuá, Joan Manuel Serrat, Coreyah, KARD, Modmoiselle, Roosvelt, la Jazz At Lincoln Center Orchestra, la Banda de Bodas y Funerales, Seun Kuti, Francisca Valenzuela, Rosario Flores), envueltas por una atmósfera donde el reencuentro y la transformación fueron el timón guía.

Luego de todo el devenir de una ajetreada y emocionante agenda cervantina, la conclusión y el pacto es que el festival se quedará permanentemente en casa, en Guanajuato, para ver llegar ininterrumpidamente cincuenta años más.

———

La voz de un caifán
por David Mondragón

Probablemente escuché a los Caifanes mucho antes, pero el primer recuerdo que me llega a la mente fue a la edad de siete años. A mi hermano le gustaba poner sus discos cuando estudiaba; indirectamente, también lo hacía para mí mientras jugaba. La remembranza se traslada a la secundaria, la prepa y hasta la universidad, pues junto a los amigos escuchaba sus rolas en fiestas, viajes o sólo por el disfrute mismo. Un día pensé que llevaba escuchado a Caifanes muchos años y, contrario a aburrirme, me alegré porque más allá de saber que sus canciones son increíbles, sabía que estas habían marcado momentos importantes en mi vida.

Durante este tiempo he agregado a mi lista musical diversas bandas que han ido surgiendo y también han sido parte de mi formación. He notado que algunos amigos más jóvenes no conocen a Caifanes; pensé que era porque ya habían pasado de moda y, de cierta manera, ellos siguen a agrupaciones nuevas con las que han crecido y se identifican. Sin embargo, en la clausura de la 50ª edición del Festival Internacional Cervantino, mientras me dirigía a la Alhóndiga, descubrí un público conformado por todos los rangos de edades: niños pequeños, jóvenes y señores.

Saúl Hernández junto con Diego Herrera y Alfonso André, entre otros integrantes nuevos, hicieron de la noche una locura, pues el concierto duró cerca de tres horas donde canciones, una tras otra, no cesaban de sonar, de corearse y de vivirse. “Nubes”, “Sombras en tiempos perdidos”, “Ayer me dijo un ave”, “Los dioses ocultos”, “Cuéntame tu vida”, “Viento”, “Mátenme porque me muero” y “Afuera”  conformaron la primera etapa del concierto. Las luces se apagaron para que el público saliera del recinto, pero este no lo abandonó hasta que los Caifanes salieron a tocar otra que, para sorpresa de todos, se convirtió en un programa más que bien podría no haber tendido final. “Antes de que nos olviden”, “Quisiera ser alcohol”, “Aquí no es así”, “Te lo pido por favor”, “No dejes que” y “La negra Tomasa” se encargaron de dejar a un enorme público satisfecho donde nadie se atrevió a pedir más.

Saúl aprovechó los intermedios para agradecer al festival por haber invitado a la Ciudad de México y la homenajeó con el poema de Octavio Paz, “Vuelta”. Asimismo, pidió un gran aplauso por “todo el arte y la cultura que desde el [anterior] D.F. se ha disparado al universo y ha invadido todo el mundo”. También invitó simbólicamente a la cantante y activista feminista Vivir Quintana, pues en la pantalla se proyectó su “Canción sin miedo”, con lo que se reconoció la lucha de las mujeres, admitiendo la estupidez masculina y las equivocadas ideologías que nos han formado. “Hemos sido muy tontos por no entender que necesitamos más hombres y menos machos”, dijo y reiteró que el concierto, además de ser una fiesta, sería un espacio para denunciar la violencia que se vive en el país, por ejemplo, las muertes y las desapariciones que ocurren a diario, donde hizo una mención especial sobre los estudiantes. En ese momento adquirió sentido la decoración del Día de muertos en concordancia con la denuncia y por la proximidad de la fecha.

Los Caifanes, mediante la voz de Saúl Hernández, quisieron compartir un mensaje con sus palabras y con sus canciones. En el escenario, demostraron que hay mucho que cantar y mucho por hacer, pues, para ellos, el propósito del arte es convertirnos en mejores seres humanos capaces de cambiar el entorno; si no ocurre así, ¿para qué escuchar su música, para qué vivir una fiesta del espíritu sin este no hay conciencia? Demostraron que, como el arte, ellos también están en constante movimiento, reinventándose y mejorando.

Me gusta pensar que otros niños de siete años escucharon el concierto, que llegaron a sus casas y reprodujeron sus canciones. Ojalá que, como el mío, tengan hermanos pequeños a quienes compartirles la banda de rock que conocieron, pues es en nosotros donde Caifanes suena, donde vive, y en la sociedad se refleja.

Fotografía: Néstor Torres

Caifanes
Clausura
30 de octubre de 2022
Explanada de la Alhóndiga

Fotografía: Germán Romero (cortesía FIC)

 

Historia Anterior

Jazz para unos nuevos veinte por David Mondragón

Siguiente Historia

Será que eres… el amor de mi vida por Juan Mendoza