¡ME ESTÁS CAGANDO LA VIDA! por Mario Acosta

El silencio se rompió con un grito, se escuchó por todo el pasillo, hasta la puerta del frente: ¡me estas cagando la vida!, e inmediatamente después, el llanto que se empezó a esparcir como una niebla, densa, podría jurar que incluso se podía tocar.

 

Él, tirado en un rincón del baño, recargado en la pared y sirviendo de compañía a un pequeño y viejo cesto de basura que había en la habitación, sólo sostenía su mano, roja por la sangre que la cubría y débil de tanto temblar, no pudo decir más que un balbuceo del que sólo se entendió un afónico: “debes terminar con esto”

 

Todo fue cuestión de minutos, y creo, incluso, que fue algo insignificante lo que provocó su desplome. En aquel lugar, más que vivir, se dedicaba a dormir, medio comer y contemplar la parte del techo que tenía una mancha que parecía una figura animada de un programa que veía hace 25 años. Estaba prácticamente vacío, los muebles suficientes, nada en las paredes y en la alacena, lo justo para llegar al fin de semana.

 

Sin embargo, irónicamente, al cerrar los ojos podía observar todo, una colección interminable de sentimientos acumulados que colgaban de las paredes, momentos fotográficos en marcos amontonados en muebles que casi impedían el paso y te hacían tropezar, un techo con frases colgadas que marcaron de algún modo sus días. Aquella decoración invisible para todos, menos para él, era lo que convertía el lugar, en su muy singular hogar, algo que no era más que un reflejo de él mismo.

 

Y fue justo eso, todo ese cúmulo de situaciones invisibles para los demás, lo que en un momento, rebasó la cordura y rompió con su frágil estabilidad, todo aquello se desencadenó y cayó como una violenta avalancha sobre sus hombros, sus piernas se vencieron, casi cae, pero la misma incertidumbre de aquel suceso, lo hizo seguir caminando, sosteniéndose de las paredes y arrastrando los pies, que para ese entonces, ya parecían dos bloques de cemento.

 

Fue entonces cuando entró al pequeño baño que estaba al final del pasillo y lo vio de frente, ahí, viéndolo a los ojos y con una sonrisa de satisfacción, de burla, con un mensaje en los labios en los que se podía leer un claro “te vencí”

 

Él, inútilmente intentó hablar, pues su garganta lo traicionó, no dejó escapar el aire suficiente para tirar por lo menor una palabra, una de todas aquellas que estaban en su cabeza. Así que siguió, se acercó lo más posible y ya a pocos centímetros de su rostro, respiró hondo, levantó la mirada y preguntó:

 

  • ¿Por qué? ¿en qué momento paso todo? ¿Cuándo fue que todo esto se acumuló? ¿Por qué tanto? Me está matando…

 

La respuesta fue clara:

 

  • A mí no me culpes, yo sólo me encargué de que no perdieras todo esto, el rencor, el odio, el miedo, la duda… todo eso tú mismo lo trajiste aquí, tu hiciste las preguntas, tu guardaste los momentos, tu colgaste de tu techo todas esas frases, tu pusiste los muebles que no te dejan caminar,  yo sólo los mantuve dentro.

 

Ahora, crees que soy yo el que te hizo daño, pero yo, yo sólo logré mi objetivo, guardar todo lo que tú trajiste. Y ¿sabes algo? Nunca lo voy a dejar salir, así que, el problema es tuyo, o aprender a caminar aquí dentro con el peso en tus hombros, o terminar con todo esto. Tú sabes lo que debes hacer. No hay nadie más, estás sólo.

 

Fue entonces cuando ya no pudo más, pero entendió la situación, una situación que se repetía noche tras noche, cada vez que llegaba a casa, y por lo que buscaba cualquier excusa para estar fuera. Entendió que tenía que acabar con todo, que en efecto, no había nadie más, que era él, sólo él.

 

Pasó de la confusión a la determinación, y en seco, lanzó un golpe al rostro de aquel sujeto en el baño. Su mano se cubrió de sangre casi de inmediato, pues varios pedazos de aquel espejo se clavaron tan profundos entre sus dedos y en los nudillos que casi no podían percibirse.

 

Aquel sujeto se había ido, pero quedaba la carga, cada vez que cerraba los ojos, llenos de lágrimas y unas gotas de sangre que se mezclaban en su rostro, sólo pudo dejarse caer, hacer caso a sus piernas sin fuerza y azotar contra el piso, recargado en la pared, a un lado del cesto de basura.

 

“Debes terminar con esto”, pasó por su mente y salió a través de su voz, y así fue. Tiempo después, sus ojos se cerraron y ya no se veía nada, ni sentimientos en las paredes, ni momentos enmarcados, ni pensamientos colgados, nada, y sus ojos, permanecieron así, cerrados…

 

Nunca sabemos que es lo que pasa realmente en el interior de las personas, nunca todos somos lo suficientemente abiertos para hablar de lo que pasa en nuestros días, para decir en lo que se está convirtiendo nuestra propia vida, es más, ni nosotros mismos sabemos en ocasiones, en que se convierte.

 

No todos tenemos una solución para los demás, o para nosotros mismos, así que sólo nos queda no juzgar y seguir. Estamos pasando por un momento diferente para todos, cambió nuestros días, nuestra dinámica. Para muchos, nos obliga a quitar escudos que aparentemente nos protegían, para otros, ha servido para abrir su mente pero a pesar de todo, seguimos sin comprender que caemos y debemos levantarnos, si es que así lo decidimos.

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