La víctima y el verdugo por Joan Carel

Fotografía: Gabriel Morales (cortesía FIC)
Fotografía: Gabriel Morales (cortesía FIC)

¿Merecen compasión los crímenes de aquellos ángeles condenados a la miseria? Algo así se plantea durante el primer acto de Adriana Mater, ópera de la finlandesa Kaija Saariaho en colaboración con el periodista y dramaturgo franco-libanés Amin Maalouf. “Algo así” porque, aun cuando la situación se muestra con crudeza, hay aspectos discursivos cuestionables.

¿Dar vida al hijo concebido por una violación? A partir de experiencias de la escritora, se plantea este dilema ético, apenas opción médica para las mujeres en las últimas décadas,  pero violencia frecuente y consecuencia obligada para el género femenino desde tiempos inmemoriales.

El antagonista, si no es que el mismo protagonista de la historia de la humanidad y del presente, es la barbarie inherente al contexto bélico. A través de los elementos escenográficos, las calles con edificios derruidos dominan el cuadro durante toda la puesta en las telas traslúcidas sobre las que se proyectan, al frente y por detrás del escenario, con lo que se crean juegos visuales y transposiciones entre la escenografía fija, los intérpretes y el coro.

Una nota grave y desoladora se prolonga durante el recorrido entre los barrios y las protestas en las grandes avenidas de una ciudad universal. Luego claridad, una puerta y el azul del vestido de una joven mujer, Adriana (Mariana Sofía), quien discute con un hombre ebrio, Tsargo (Guillermo Montecino) al atreverse a interpelarla por haber bailado juntos en una única ocasión.

Después de enfatizar la imposibilidad de que él pueda “tenerla” debido a su vicio, ella se resguarda en su domicilio, donde Refka (Belén Marín), su hermana, le reprocha encararlo y le indica que la mejor estrategia para ignorar y despreciar es pasar de largo, evidencia de la nulidad de una voz que ni siquiera se percibe. Pero para Adriana, eso es tan solo un “miedo disfrazado enseñado desde Eva” y el personaje asume una postura feminista que defiende el derecho a denunciar lo que incomoda, junto con la compasión por aquel ser miserable a causa de la violencia sistémica.

“Al cerrarse los ojos de la ciudad, los sueños se despiertan”, cantan las hermanas y la proyección de la pantalla emula una visión onírica donde los rostros de las mujeres se burlan de aquel hombre. Al despertar, Refka, cual oráculo, ha presentido la tragedia: “Ya es tarde”.

Tinieblas. El siguiente acto muestra a Tsargo convertido en un líder de la guerrilla, soberbio y brutal que, sin importar la argumentación y la defensa de Adriana, la somete en su propio piso. Luego, dos corazones laten en ella acompañados por la culpa de Refka, quien lamenta no haber podido protegerla mientras intenta persuadirla para abortar.

La sangre de la víctima y el verdugo, ¿cómo derramar una sin la otra?, se cuestiona Adriana al decidir llevar a término el embarazo, aunque temerosa sobre el temperamento y el futuro de ese ser. Así, con la misma rudeza del abuso en escena, el parto ocurre en plena calle, donde el niño es recibido por los escombros.

Ya adulto, Yonas (Osvaldo Martínez Salas), su hijo, conoce la verdad sobre su origen y entonces impera la rabia y el deseo de venganza. En un duelo físico, confronta a Tsargo, ahora ciego, quien sufre ante la conciencia de sus actos: “Tenía un arma que me servía de altavoz”, enuncia y el joven se rinde al compadecerse por la declaratoria.

“Si pudiera sondear mi alma, se vería a la joven y dulce Adriana que tiembla, llora de tristeza, de miedo y se acurruca. Nada ha podido borrar lo ocurrido aquella maldita noche, ese horrible pasado que me heredó el miedo y el odio”, expresa el ángel condenado, el ciego vencido, el redimido criminal. La noche como una prisión: “Deseo la muerte, pero la muerte no me desea, la persigo y escapa, la invito y huye. Debí morir tras el único baile con Adriana”.

La frase más famosa de esta ópera se enuncia en la voz de la mujer: “Este hombre merecía morir, pero tú, hijo mío, no merecías matarlo”, al tiempo que Yonas expresa dos sentimientos antitéticos en apariencia, mas vestigios de un sentido de humanidad aún rescatable: odiar tanto y ser incapaz de herir.

Que el alba sea tranquila, que no se oiga ningún clamor, son los deseos de los personajes al acercarse el desenlace: cerrar las puertas de un infierno abiertas años atrás. “Nos hemos salvado”, dice la madre a su hijo por haber desistido de la venganza.

Entre todos los elementos teatrales, destaca la puerta en el centro del escenario, estructura giratoria que permite cambiar la escena en cuestión de segundos y transformarse en un umbral, más que físico, hacia la intimidad y lo público. Como otro personaje o proyección de su dueña, vencida solo una vez, pero firme y puesta en pie, atestigua la vida que ante ella transcurre.

Mientras contemplan la inmensidad de un pacífico cielo nuevamente claro, Adriana se apoya en el pecho de su hijo y concluye: “Ansío recostar mi cabeza en el hombro de un hombre”, con lo que la argumentación desarrollada a lo largo de la obra, sobre todo en el planteamiento, cae tal cual los edificios derruidos, aun cuando esa frase podría tener interpretaciones más poéticas y amables.

La presentación de esta ópera en el 54º Festival Internacional Cervantino es una coproducción del mismo festival con el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura y la Universidad Nacional Autónoma de México. Estuvo a cargo del Estudio de Ópera de Bellas Artes, dirigido por Marcelo Lombardero, con la compañía de la Orquesta Sinfónica Juvenil Eduardo Mata, bajo la batuta de José Areán, y el Coro Staccato, dirigido por Marco Antonio Ugalde.

*El acceso al recinto, para esta espectadora, ocurrió de manera gratuita y con una atención destacable en cuanto a cortesía y cuidado mediante el programa “Público FIC”.

Adriana Mater de Kaija Saariaho
Estudio de Ópera de Bellas Artes y la Orquesta Juvenil Universitaria Eduardo Mata
7 y 8 de octubre de 2026
Teatro Juárez

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