Sal que purifica y cura por Joan Carel

Fotografía: Jacqueline Reynoso (cortesía FIC)
Fotografía: Jacqueline Reynoso (cortesía FIC)

Pulso y respiración. Así inicia la vida y así se sobrevive a ella. Respiración y pulso. Así abre la escena también de un Mar de silencio, propuesta de la artista uruguaya Tamara Cubas, donde siete mujeres recorren historias personales en una danza migratoria sobre toneladas de sal.

Una raíz suspendida atestigua el ritual y el periplo. Una primera mujer, al centro del escenario, da comienzo al canto, que es, más bien, un lamento tradicional acompañado por la congoja de la contorsión física. La voz es tan profunda y, con el empleo de algún micrófono, su sonido crea la sensación de escucharse desde el interior del cuerpo, habitando la vibración de los resonadores y la angustia que impera, luego de un silencio desolador, en una juventud que carga la violencia de miles de años.

Poco a poco, en un cuadro que bien podría corresponder a una danza butoh, se integran otras seis mujeres. Sus nacionalidades (uruguaya, brasileña, chilena, egipcia, indonesia, mexicana y nigeriana) tienen como punto de encuentro la búsqueda de sus ancestras, el entendimiento de sus identidades y el derrocamiento de las ideologías impuestas a su género.

Sus ropas son blancas y traslúcidas, cual sirenas, a medida que emergen de la sal y transitan sobre ella. “Que me abracen mientras cruzo este mar”, se distingue entre la polifonía de un discurso plural, donde el protagonismo se alterna y se configura como una sola voz amplia y diversa, mismo que domina la atención y el sentir de quien contempla.

Ofrenda de sal: “Si te entrego todo lo que soy, ¿será suficiente? Oraídes, madre de mi madre, te entrego este cuerpo mío, aunque te tengo siempre sosteniendo mi espalda. Vengo del mar, de la tierra de la sal. Te ofrezco mi canto, mi don, nunca más mi cuerpo, mi sangre, mis huesos. Que sea el cantar la cura, las ramas, las hierbas, la semilla pura. Que la historia se extienda hacia atrás”.

Este ritual escénico llama a las abuelas para anular la maldición de ser mujer: “Yo no existo, mas fui y no soy; soy la vergüenza de quien no soy; soy la sal, la que purifica, la que cura”. ¿Cómo poder mirar atrás cuando el árbol se ha arrancado, cuando su tronco se ha talado y su raíz ha quedado sin un lugar donde asirse?

En colectivo, las siete mujeres se atavían con más telas blancas, collares y aditamentos propios de su raza, de las tradiciones de sus pueblos. En un cuadro dinámico, juntas avanzan y la coreografía marca un ritmo poético, el de un viaje para descubrirse, para hacer preguntas: “¿Cómo me conozco si no sé sus nombres ni la historia detrás de ellos?”.

“Si tú me miras, yo me vuelvo hermosa. Tengo vergüenza de mi boca triste y de mi voz rota. Ahora que me miraste, me encontré pobre y me palpé desnuda” y duele el corazón en la escena y debajo de ella. Si tú me miras, yo me vuelvo hermosa…

“Soy mi propia historia, yo soy la historia”, se afirma antes de imperar el silencio, lo único que queda y acompaña la marcha infinita.

Entre las muchas voces que transitan por el canto, el discurso y el lamento —quizá por la identificación lingüística del escucha y su autora—, destaca el verso uruguayo y el ritmo latinoamericano de la protesta, esa que agita el pecho y la mente mientras devela el sentir del alma.

“Un grito ancestral y un cuerpo que insiste. La amorosa rabia de esta vida que siempre nos dice no. (…) ¿Hay que tirarse, borrarse o nacer de nuevo distintas? ¿Has deseado nacer distinta? Siente el grito de mi vergüenza. (…) ¿Y si, después de estas preguntas, no hay nada? Mi nombre y mi cuerpo me son ajenos. Estoy hecha de pedazos (producto de la violencia); ¿para cuándo ser humano? Soy un cuerpo que insiste”.

Una diosa viene conmigo, una diosa hay dentro de mí, una diosa soy, enuncian las mujeres, pero el discurso comienza a sentirse propio: “Fui silencio, el silencio es una decisión”.

Las siete figuras se dispersan en danzas individuales y la escena inicial se replica, pero con un sentido transformado. Aquella primera mujer, al centro del escenario, entona una canción en las lenguas maternas de todas. La resonancia se activa nuevamente de manera tan cercana, pero no por los micrófonos, sino porque las voces se han instalado entre las butacas, mientras sus rostros, tersos y hermosos, gritan la indignación de un pasado y un presente que todo lo arrasa.

Al formar un círculo que envuelve también al público, el ritual baja de la escena para integrar a todos con la belleza de las armonías vocales, los acentos de los dialectos hispanos y el sonido de las lenguas originarias alrededor del mundo. La tempestiva marea del viaje interno discurre en un delicioso ritmo, entre el gruñido, el canto y la palabra.

Fotografía: Jacqueline Reynoso (cortesía FIC)

See of silence, de Tamara Cubas
Co-producción de Campo Abierto (Uruguay), Comedia Nacional (Uruguay), Festival d’Avignon (Francia), Fundación Teatro a Mil (Chile), Tanz in August/HAU Hebbel am Ufer (Alemania), Teatro Línea de Sombra (México) y Zürcher Theatre Spektakel (Suiza)
7 y 8 de octubre de 2026
Teatro Principal

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